22.8.10

MURIO "QUIQUE" FOGWILL



MOTIVOS POR LOS QUE EL POETA HIZO LA PERA EN VIVO Y EN DIRECTO A LA CITA EN SU ALDEA NATAL

por Amílcar Romero


Esta mañana, al cumplir el ritual diario, insípido como todo ritual, de abrir el mailing con las últimas noticias, me encuentro con el para nada amable moquete del titulito que anunciaba textualmente, lo más orondo con toda esa rotundidad que suelen tener las palabras, sobre todo las impresas:

A los 69 años, murió el escritor Rodolfo Fogwill

Primero que nada, Rodolfo Enrique, si vamos a las puntualizaciones documentales de un mundo donde a los chicos se le ponen dos nombres y al segundo se lo tiene para joderse la vida cada vez que se debe llenar un formulario o una solicitud de crédito. Además, si vamos a una decisión personal que tuvo alguna repercusión pública en su momento, siempre sospeché que por razones más urticantes que las frívolas o epatantes que querían demostrar, Fogwill a secas. Había decidido cagarse en cualquiera de los dos primeros, una decisión que no lo había tenido como protagonista, mucho menos como creador. Una especie de circuncisión nominal no demasiado habitual en un país recurrentemente demasiado habitual.
Por lo demás, como si fuera poco que escribir tonteras es gratis y no hay que pedirle permiso a nadie, me acabo de meter en la red para dar cuenta que Quique, ni Rodolfo, ni Rodolfo Enrique, ni Fogwill pelado no van a estar más. Es de una simpleza que espeluzna. Me acuerdo cuando lo conocí a Bioy y sin un terror para nada aparentado se llevó por delante con la idea de la muerte y concluyó con que al fin y al cabo era eso, no otra cosa: nunca más todo. Al inventario precario, improvisado le agregó versos de Shakespeare y los pechos de una mujer. Me preguntó si recordaba el cuento de Horacio Quiroga, creo que A la deriva, donde el protagonista agonizante se va acercando a ese punto. Bioy terminó sumamente angustiado.
Pero por otro lado, tranquilizaos, no voy a hablar de literatura. No piesno. No soy quién a pesar de que tengo un mínimo de conciencia de lo que significa este hecho íntimo, normal, biológico, socrático, como es morirse y que a mí todavía no me ha ocurrido, lo que le habría evitado a la red cargarse con más gansadas de las que tiene multitud de caños rotos, arroyos maldonados con torrentes de boludeces y redes sociales. Ya habrá voces autorizadas, mejor dicho, socialmente consideradas autorizadas para hablar sobre el tema y de paso salir en la foto a upa del prestigio del otro, del que crepó y no puede decir más ni pío. Mi relación con el hecho consiste, primero que nada, en lamentar muy francamente que se haya producido casi 24 horas antes del regreso de Quique vivo a su pago natal, a nuestro pago natal, a leer poesías en lo que durante toda nuestra vida fue el Palacio Municipal de Rivadavia y Sarmiento, hoy sede de un museo y de la Casa de la Cultura, dependencia oficial que sabe disimular bastante bien una tara genética de ese tipo. Los dos hechos están ligados y estúpidamente por razones personales sospecho que hay más de una causa. Lo voy a decir sin anestesia ni más meandros: Quique se murió sin volver a su Quilmes natal, vivo, se quiere decir, como hecho postrero, dato que a los universalistas de la literatura, estoy seguro, les produce un gesto de asco, por lo menos de desdén que se saque a relucir semejante pelotudez. Y cursilona, como si fuera poco. Hasta con cierto tufito freudiano, si se quiere. Pero ocurre que el Quique al que aludo, visión totalmente barrial que tengo de Fogwill, no la puedo ni quiero eludir porque buena parte de nuestras niñeces transcurrieron más o menos juntas, o por interpósitas, algo que no se puede y no tengo por qué arrumbarlo. Y además fue a ese Quilmes al que no podrá llegar de vuelta mañana por sus propios medios se debe a que no ha sido justamente por una decisión propia, aunque sí, que si antes no había vuelto, fue por decisión propia. En primer lugar, pienso, porque le importaba un carajo y haber nacido en Quilmes o en Calamuchita le debe haber dado lo mismo, jamás debe haber tenido importancia alguna para su historia personal y una carrera que hoy lleva a hablar públicamente de su trascendencia sin que el pago chico haya tenido algo que ver porque creo que a lo largo de toda su obra ni siquiera lo nombra o si lo hizo fue tangencial. Quique Fogwill se circuncidó el lugar en que nació muchísimo antes que el Rodolfo Enrique. [No es tanto así. Sin desfallecer en el rastreo y leyendo de través, como dicen hoy en las editoriales que él tanto odiaba, hay un TXT donde aparece una mención por lo menos explícita y tenía que venir por el lado del agua, como no podía ser de otra manera: "El sabalero entra al cuartel contando como propia cualquier historia que le sintió decir a un marinero o a un peón de muelles que como él mismo nunca tripuló nada más allá de los playones de Quilmes, o de la Banda Oriental del Uruguay en el mejor de los casos", una referencia más que tangencial y aludiendo a una pesca que se hacía en busca de ese aceite denso, con un tufo rechazante, asqueroso, que rezuman los sábalos, a los que se arrastra con redadas de fondo, combinando botes y caballos justamente por lo poco que siempre calaron esas playas desde nuestra Rambla hasta el Boca Cerrada, en la Selva Marginal, pasando por lo más hondo de la bahía, a la altura de Hudson.]
Me consta. Este verano, en una cabaña de Mar Azul, con uno de los responsables de este (ahora) abortado retorno por medios propios, quilmeño paladar negro, integrante de uno de los grupos organizadores, mentiría si de Araca la Poesía o El Ojo de la Ballena, aunque creo que del primero, de sobremesa y botellas tres cuartos entre nos, salió el asunto de la quilmeñidad, mejor dicho, de la ostensible no quilmeñidad de Fogwill. Los que recordábamos hechos puntuales de la infancia, más allá de las fechas, un poco concluimos que Quique en realidad nunca fue quilmeño. Ni tampoco de su aparente antagónico, el internacionalismo proletario que por unos años se extendió tipo sarampión. Estuvo signado por algo que equívocamente podría ser descrito como una universalidad para uso personal, quizá para refugiarse de tanta soledad que siempre le costó cargar. Para los que estábamos allí, bastante antes de terminar con el stock vinífero, definir la singularidad de nuestro lugar de nacimiento, el comienzo del entretejido de nuestra identidad social, como le hubiera gustado decir al Licenciado en Sociología Rodolfo Enrique Fogwill (UBA), estaba inevitablemente asociado a una niñez con un reloj colectivo, no de los que usa el común de las gentes: a las 07:00 y a las 11:00, a las 13:00 y a las 17:00 la sirena de la cervecería cruzaba el aire con su sonido de remiscencias marinas y un aluvión de 5 mil obreros, a pie o en bicicleta, era absorbido o vomitado por los portones que daban a la calle 12 de Octubre, la de los corsos de carnaval y la de las vías del tranvía 22 de Retiro que iba hasta la costa y que allí se desviaba para de noche en tranways planos, con verdaderas jorobas de cajones, camellos traqueteantes con la campanilla de alarma, llevar el líquido elemento a la Santa María de los Buenos Ayres. Como si fuera poco, no había semana que el viento del este y del sudoeste no impregnaran el aire del aroma denso, tibio, hasta pringoso, de la malta y la cebada. Son signos imborrables, más allá de la inserción social desde donde nos tiraron al mundo, nivel cultual y aspiraciones. Porque la palabra sudestada, para nosotros, nunca fue una palabra, a lo sumo canoas tiradas por mancarrones, cargadas de mujeres tapadas con lonas y las pocas pilchas que querían salvar, más el olor a perro mojado que adquiría la gente y esas caras de mansa tristeza y resignación.

Mañana lunes, en un recital de poesía a las 20:30 para el que se rogaba puntualidad, como reza el afiche que se reproduce a la cabeza, un edificio con toda la pompa francesa de nuestra mejor etapa de tirar manteca al techo, está en lo que los lugareños, mitad en joda y mitad en serio, llaman La Manzana de las Luces de Quilmes, pegado a la Escuela Nº 1 Bernardino Rivadavia donde Quique cursó la primaria por la época que Evita fue a reinaugurarla en un revoleo que sacó a toda la ciudad a la calle a pesar de ser día laborable de semana, y el otro edificio, dejando a la espalda al Río de Solís y yendo para el poniente, en la esquina está la Catedral consagrada a la Inmaculada Concepción, patrona del distrito, por lo que todos los 8 de diciembres o tomábamos la comunión o la sacaban a pasear cada más esmirriados cortejos de veteranas empobrecidas en número y empobrecidas de mantillas que en algunos tiempos supieron ser suntuosas, tipo parapeto en la plaza de toros, y que hoy la mayoría de las veces son reemplazadas por democráticos y pobretones pañuelos. Enfrente, sobre la plaza principal que denota el origen pueblerino que Quilmes se niega a abandonar a pesar de sus 700 mil habitantes actuales, todavía no se había montado una feria de artesanías donde resaltan las velas de todos los colores y los precios. Ahora, las cursilerías turísticas para folleto municipal se terminan cuando se saca a la luz que a la Catedral la levantaron los idólatras quilmes que fueron desnaturalizados y traídos a pie en 1666 por don Alonso Mercado y Villacorta, por orden del vasco Juan de Garay el arzobispo de la entonces Santa María de los Buenos Ayres. Allí, en esa manzana donde Quique no alcanzó ni alcanzará nunca a leer algunos de sus poemas, como tampoco a cumplimentar el rito quizá huero que alguna canción popular consagra que siempre se vuelve a los lugares donde se amó la vida, abajo de la Catedral, de la escuela donde fue de guardapolvo blanco y el Palacio Municipal creo que Art Noveau, están enterrados los quilmes, entre ellos la cacica de caciques Isabel Pallamay, única en su género al sur del Río Bravo e hija del mítico don Martín Iquín, quien el lunes 26 de octubre de 1665 por fin se tuvo que rendir incondicionalmente al sitio que la había impuesto Mercado y Villacorta para doblegarlo por hambre y sed en el pucará y así capear la temible guerra de guerrillas con la que le había resistido tantos años. A la red he subido por otros motivos, pero viene a cuento, un parte de guerra colonial del susodicho que es bastante ilustrativo sobre nuestro pasado, al que seguramente Quique conocía más de lo que uno puede presuponer prejuiciosamente y a la mayoría le importa un comino, que es lo más juicioso. Como sería terriblemente injusto, debido a todas las cosas que dejamos de saber, que ignorara después de dedicarle la vida a tratar de comprender la sociedad y su funcionamiento, como también las multiplicadas connotaciones de las palabras, como sentenciara Borges, que al día de hoy no se sabe qué quiere decir quilme, no quilmes, porque a la ese la trajeron los gallegos, ni en qué idioma porque se ha perdido todo rastro y, como ironiza alguna catedrática tucumana, vaya uno a saber en qué museo europeo nos vamos a encontrar algún día, de casualidad, con las claves, si es que las encontramos y no las tiraron como trastos inútiles de tan vetustos. Como tampoco su origen porque los quilme nunca fueron de los Valles Calchaquíes, lo más cerquita Copiapó, del otro lado de los Andes, como lo dejó anotado el jesuita Lozano (ir a la referencia), y más que probablemente todavía del otro lado del Pacífico, la Polinesia o China, con diez mil años de cultura, como dejaron apuntado Felipe Nieva de la Universidad del Tucumán, o el autodidacta Roberto Bravo, de Cafayate, quien comenzara con estos menesteres de escarbar la tierra en Aimaná, cuando con Quique recién nacíamos o estábamos en trance de hacerlo. Para uno de los poetas de los grupos que organizaron el ya abortado recital de mañana, "la tragedia de los quilmes es uno de los secretos mejor guardados en la historia de América" y que es el único caso de paraje, población, pueblo o ciudad "que lleva el nombre de los vencidos". Ver el prólogo de Marcelo Marcolín a La huella de los quilmes, libro de Carlos Patiño, donde también insiste en que eran del sur del Perú.

Para los cabuleros queda cómo se van a cruzar estos orígenes y la muerte de Quique. Cada cual que abreve de donde guste. De todas maneras, la fundación de la Reducción de la Santísima Trinidad y los Indios Quilmes, sobre unos bañados de más de 10 mil hectáreas que le compraron y canjearon a don Juan del Pozo y Silva, abuelo de Cornelio Saavedra, obedeció a más que cristianos y loables propósitos: aprovechar las excepcionales condiciones de la dureza y extensión de los bancos de arena de las playas que también van a atraer a los ingleses para desembarcar la primera vez y que en una de esas le trajeron a Quique más de un dolor de cabeza jineteando uno de los tantos veleros que tuvo, pero en aquel entonces no era para solaz y esparcimiento de los practicantes de yatching sino para introducir contrabando de artículos suntuarios burlando la desde siempre pobre custodia y control oficial, matizado con el negocio de los esclavos africanos negros que regenteaba en el entonces imperio holandés. Ese lecho excepcional por lo poco que cala, cuando un poco más adentro, en el Canal Internacional mantenido a dragado puro anda por los 26 metros, fue decisivo para que el irlandés charteado como almirante de la independencia, Guillermo Brown, con dos cascarrias que apenas si se podían mantener a flote, pero con gran capacidad de maniobra y algunas otras cosas, se metiera por entremedio de los formidables cruceros de los siempre odiados ingleses, que no podían maniobrar porque o panceaban contra el fondo o se quedaban medios varados, y ahí les daban hasta con las alpargatas, inagurando lo que bien podría constituirse en la primer guerrilla flotante, y la batalla de Quilmes gozar de los sobrados méritos propios que tiene para figurar como una proeza inmaculada. Ver detalles.

En los '90, el primer relevamiento arqueológico, a poncho como siempre, debajo de los pies donde iba a leer poemas y donde concurrió a hacer los primeros palotes, salieron a relucir las osamentas, la orfebrería de metal con que se adornaban los pechos sobre todo las mujeres, licores europeos escondidos de las requisas, cerámicas que reconstruyeron con la arcilla blanca de esta orilla la original de los valles ya que alcanzaron a levantar entre seis y ocho hornos para cocinarlos luego de pintarlos con su iconografía heredada a través de la tradición oral y abajo de la principal librería céntrica, la de El Monje, a menos de dos cuadras de la catedral y a 9 metros de profundidad, maxilares con los molares gastados hasta el borde del hueso, lo que para los antropólogos forenses de la Universidad de La Plata es de sobra demostrativo de las hambrunas, de que trataban de saciarse el hambre chuponeando los cueros de vacunos y caballares hasta dejarlos como una badana.

Caja chica, le dirían después, de la que andaban escasos Su Eminencia Reverendísima, el vasco y Mercado. Ahora ocurrió que las volteretas que da la historia hizo que en esa catedral se llevara a cabo la primera reunión de las Viejas Locas, cuando la cosa ardía en serio, pero a cargo de la diócesis estaba monseñor Jorge Novak, no el sotanudo colonial y colonialista que asentaba su sebosidad frente a la Plaza Mayor y el Cabildo, posiblemente también de la orden de los mercedarios catalanes.

A Quique, si tuviera que resumir con toda la irrespetuosidad de lo improvisado, más en un momento así, lo conocí desde siempre porque eran esos años de la infancia de los que se tiene memoria, pero no conciencia. No sé si era exactamente su casa natal, pero él vivió siempre en la mitad de cuadra donde Nicolás Videla se hace cortada entre la avenida Hipólito Yrigoyen y las vías, a dos cuadras de la estación y a la vuelta de la casa de mi abuela donde de forma inconsulta me llevaban casi todas las benditas tardes casi a la rastra. Mi primo hermano, mucho mayor, después médico y también habitué del Club Náutico, paraba con la barrita que se había formado en esa cuadra y que como un contrapeso me tenían que aguantar porque es una época donde la diferencia de edad traza abismos y es motivo de esgunfios varios. Quique, por los mismos motivos, estaba justo en el medio: era el jamón del sánguche. Recordaríamos, ya un poco más grandecitos, pertenecer con legítimo orgullo a esa secta universal de La Soledad de los Hijos Unicos. Quique estaba entre esos otros pibes por un motivo meramente geográfico. Era tan rancho aparte que hasta vivía en el único edificio de departamentos de dos plantas de la cuadra en una época en que vivir en un lugar así, caro y paquete para los valores de la época, era poco menos que ser marciano. El suyo era el del primer piso, con un gran balcón a todo lo ancho, y su pieza daba a la calle. Sus padres eran dos seres sumamente elegantes, sobre todo una madre que bordeaba lo esplendoroso, más que nada en unos maquillajes de camerinos y un vestuario no impecable sino que parecía siempre de estreno, más un aroma que era un halo con un rango considerable de acción, pero ambos resultaban muy ajenos a nuestro ambiente algo más suburbano y marchito. Ellos resultaban casi extranjeros, más esporádicos que visitas del campo. Que cuando mucho, como en el caso de la madre, permanecía a la mañana en la casa, no aparecía hasta el mediodía en el balcón, generalmente en batas que veíamos en los figurines con hojeaban nuestras madres con esos suspiros ante lo vitalmente inalcanzable, y a la siesta, en un auto que la pasaba a recoger religiosamente por la avenida, partía con un rumbo que sospechábamos Buenos Aires, es decir, otra galaxia a pesar de las escasas tres leguas que durante años, ida y vuelta, a pie, Isabel Pallamay se hizo para reclamar por sus derechos reales a la máxima autoridad de su nación y de tener en contra la desconsideración del género, su condición de salvaje idólatra y como si fuera poco el estigma de lo indómito. El padre, en cambio, impecablemente vestido, se sabía apenas que era empleado de lujo de algo que sonaba o se llamaba en extranjero, lo recogía todas las mañanas más o menos temprano un auto con chofer y era el menos visible. Se iba con ese primer sol que sólo tienen las mañanas por muy escasos minutos. Es la imagen más adecuada. Y era un tipo macanudo, agradable, de un trato tan refinado como cariñoso, con el que nos sentíamos instintivamente solidarios y que, llegado el caso, sentíamos que había que ayudar de cualquier modo.

La institución patriarcal ahí, sin embargo, era la abuela. Aquella señora algo rechoncha y de unas canas de un blanco puro como sólo la idealización puede concebir, fue la que realmente lo crió a Quique y las veces que nos invitó a merendar, aunque en realidad, para decir lo correcto, no merendábamos, nosotros tomábamos la leche mucho antes que Piluso, y la agradable señora que siempe había sido casi anciana porque no era vieja en lo que nosotros entendíamos por el término, y ofrecía con absoluta naturalidad un trato tan exquisito como las masas, masitas y dulces con que alfombraba una mesa con un mantel de un blanco tan impecable como sus cabellos. Resulta imposible borrar recuerdos de este tipo y características. Tampoco hay motivo alguno para hacerlo, menos que menos en estos momentos.
Quique hacía la suya. Casi siempre andaba solo. Muy raro que se trenzara en uno de los escasos picados que se armaban en ese trecho de Nicolás Videla. Y además era lo que ortodoxa y futboleramente se denomina un tronco. Mucho más de lo que supo ser por méritos propios el autor de esta bitácora, lo cual si ya no es mucho decir, como que está todo dicho. Aparte, era un potentado: no sólo era prácticamente el único que tenía patines, sobre los que rodaba como una alondra haciendo lo que se llamaba La Palomita, sobre un solo pie, torso inclinado adelante y los brazos abiertos como alas, sino que hasta me parece que eran Made in USA o algo así, cosa de oligarcas, aunque en esa cuadra el poder adquisitivo no se caracterizara justamente por lo esmirriado, pero no eran tampoco gente del centro centro histórico de Quilmes y menos de los chalets coloniales de las barrancas o del barrio inglés que circunda al Saint George.

Después que volví a Buenos Aires para estudiar en Filosofía y Letras el encuentro con Quique fue otro. A decir verdad, yo ya no era yo ni Quique tampoco el mismo. El me proveyó generosamente de toda la bibliografía de primer y segundo año para sociología, sobre todo un mamotreto carísimo, impreso a rotrapint, recopilado por Jorge Graciarena, un TXT de TXTs fundamental e iniciático donde, por ejemplo, un aprendía que en las sociedades hay un orden normativo y un orden fáctico. De lo dicho al hecho hubieran dicho nuestros antepasados, pero acá era una nomenclatura más académica, para ocultar lo zafio que resulta desayunarse con que nuestro país es simplemente fáctico y lo normativo, a lo sumo, tangueramente, una herida absurda. Lo habían titulado De la sociedad tradicional a la sociedad de masas y se completaba con selecciones enjundiosas de la disciplina nacida al calor del positivismo (Spencer, claro, y Durkheim con la anomia y todo eso que le sucedía a otra gente por haber alcanzado el geriátrico de la civilización, la vieja Margaret Mead metida entre salvajes que mandaban a menstruar a los techos de las chozas a las mujeres cuando había que dormir y muchos otros, salvo argentinos, argies por ningún motivo).
Quique ya navegaba, todavía vivía en Quilmes, perdón, porque quizá solamente dormía, algo que asocio de esta manera porque fue para la época en que le conté lo del Negrito Funes, integrante de la barrita original que en la vida termina siendo la única, aunque el diminutivo llama a engaño porque había sido desde la cuna un juanón del tamaño de un placard y carnes flácidas. Conocía los detalles del final porque mi primo había sido parte de la tripulación encargada de rastrearlo con los bicheros, por el canal de los barcos grandes, para el lado de Hudson y Punta Lara hasta que las trancadas no fueron camalotes, troncos del fondo y algún otro obstáculo. La hinchazón del cadáver volvió chica la cubierta del velero que no era de los grandes y las horas en el agua habían hecho que el Negro Funes, aparte del hedor, adquiriera algo así como una coloración cercana a los tizones sobrantes de los asados, con algo de hiriente en lo opaco de la textura, cuando llevan varios días expuestos a la intemperie.
No hizo referencia a si ya le había tocado alguna peripecia semejante en los cruces del Río de Solís. Lo que sí me acuerdo es que no hizo comentario ni esfuerzo alguno en disimular que la historia, tétrica de por sí, le había pegado en una parte honda que no tenía exclusivamente que ver con el cariño y la profundidad que hubiera alcanzado con su amigo de correrías de otrora, aquel Funes que le danba el changüí de unos patines batata, Made in Sarandí, sobre todo a la hora de hacer El Trompo, en cuchillas, estirando una pata como un cosaco ruso en una balalaika con mucha cuerda y mucho vodka, o saltar limpito el cordón de la vereda y darle por el serrucho de las baldosas hasta hacernos estrilar la mollera. Aparte dejamos de vernos un tiempo por ritmo, estilos y objetivos de vida bastante disímiles, hasta que la pandemia de las revistas literarias de los ´60 me llevó a pedirle si no me daba algo para publicar. Conocidos en común me sorprendieron con la novedad que curtía el vicio de la poesía y no lo hacía en forma recatada, menos que menos a escondidas. Nos pusimos a tomar café en la que seguía siendo su habitación de la infancia porque a no ser por alguna foto y los libros universitarios conservaba todo el ambiente que yo le conocía de siempre. Me desconcertó totalmente cuando a la hora de la elección final, como usaba para copia un papel muy traslúcido y croqueante, se puso a contrastar a través de la luz de la puerta-ventana lo que podía ser el perfil orográfico del margen derecho que la poesía no respeta como premisa sine qua non para aspirar a tal condición y en un momento, para colmo, me sacude: “¿Cuál te gusta más?” Me dejó atónito porque no sabía qué escala de valores tomar, si un poema es más bello o profundo porque es más parejito, en cuyo caso tenía que elegir la ortodoxia de los endecasílabos o los alejandrinos, cosa que no ocurría, le daba al verso libre de corrido, desblocaba estrofas, hasta que al final decidió no darle ni cinco de bola a mi ignorancia topográfica y eligió uno que, a mi modesto parecer, era lo más parecido a lo que después la vida me llevaría a conocer como un electrocardiograma vulgar y silvestre.

Lo que sí me viene fácil a la memoria, seguramente relacionado con esto por alguna hilacha bastante debilucha, enclenque, y es que una vez que nos encontramos, cuando había echado una racha buena, lo que se dice buena sin exagerar, la más esplendorosa que tuvo, lo cual era mucho decir porque desde el nacimiento había residido siempre muy lejos del Reino de la Necesidad, llegué a donde en ese momento vivía y lo interrumpí en el frenético desenfreno de romper la paqueta envoltura de un envase muy grande. Cuando quedó al descubierto el contenido no pudo reprimir la más infantil, regresiva de las sonrisas placenteras. Era un gato en la primer relamida después de la sardina. Sacó el traje de agua pieza por pieza, se lo exhibió a cuanto le daban los brazos, se lo puso sobre el torso como hacen las mujeres con los vestidos y por fin me preguntó: "¿Qué te parece? ¿Te gusta?" Era margarita a los chanchos. Lucía inmejorable y caro, por lo pronto. "Siempre quise tener uno y por fin lo conseguí", anunció. Ahí me enteré que era un traje de agua, que se llamaba así, imposible recordar la marca y el Made in, cómo conservaba la temperatura del cuerpo casi milagrosamente y que le causaba un placer inmenso. "Che, disculpá la intromisión: eso tiene pinta de caro. ¿Es sólo la apariencia?" Casi se entristeció; lo amaba y no hacía nada por disimularlo. Además, si había algo más lejos de la fanfarronería y la ostentación ése había sido siempre Quique. "Mirá, en lo de la guita no quiero ni pensar. Porque si lo pensaba no lo compraba nunca y yo quería tener uno y ahora lo tengo, es mío y lo voy a disfrutar." Tenía un velero de no se cuántos metros de eslora y cuántas cuchetas, supongo que el más grande que tuvo, porque después vino el debacle de ir en chirona, acusado nada menos que de malversación, una figura leguleya que en el caso de Quique a mí se me ocurrió de manera rupestre que el juez había contrastado los cheques sobre alguna ventana y no le caído en gracia los dibujitos que hacían los ceros y las firmas. "Voy a ver si mañana o pasado me rajo del laburo, consigo alguno que me haga pata y cruzo el río", anunció sin abandonar esa regresión de chico goloso, encantado con el chiche nuevo. "No veo la hora de usarlo. Me cago en los clientes, burgueses de mierda. Incluso no sé si esta noche voy a poder aguantar y soy capaz de llenar la bañadera y meterme adentro para probarlo."
Nunca volvimos a hablar del agua, que yo recuerde. Los encuentros se hicieron más esporádicos. Había de por medio casamientos más o menos legales y constituídos, hijos y esas cosas. Incluso en pleno Proceso, aunque lógicamente abortó, hubo el registro a nombre de los dos en Marcas y Patentes del nombre Identikit, una idea editorial que él iba a financiar y yo dirigir. En asuntos de marketing le iba muy bien o quizá mucho más que bien, la idea original era hacer un obvio Identikit Policial, otro Identikit Artístico y algo a lo que él le atribuía singular valor, sobre todo comercial: Identikit Político. “Esta forrada de los milicos no aguanta”, vaticinaba. “No saben ni dónde están parados y van a terminar volviendo a tocar timbres en los comités.” La idea que nunca ni siquiera llegó a arrancar porque para variar el nombre estaba registrado en todo rubro y amenazaron con acciones legales, se completaba con que cada tema elegido y bien documentado se le daba a un escritor, a un prosista, para que novelizara y los datos adquirieran una vida que la llamada prosa periodística, con suerte, embalsama.

El primer título que le puse sobre la mesa, con autor y todo, alguien que había estado desde el primer minuto en el asunto, llegó realmente a entusiasmarlo: el Caso Penjerek. El responsable estaba tan caliente con el asunto que hasta se había dado el lujo hasta de redactarme oralmente el comienzo del informe: "Me desperté ansioso, diría que hasta contento. Había soñado que estaba viva, que había estado con ella en un kibutz cerca de la frontera más beligerante y se había convertido en una judía tetona y fea, en una idish mame del montón." A continuación venía lo de la guerra solapada de solicitadas entre las colonías judías y árabes en Argentina, algo que había pasado desaopercibo para el 99% de la dichosa Opinión Pública, y ni qué decir la variante del delirante republicano comunista gallego casado con una pendeja a la que se montaba su hijo de 20 años, pero también Pedro Vechio, el zapatero de enfrente de la estación Florencio Varela, torturado hasta hacer saltar los tapones para que se hiciera cargo y al que públicamente le cargaron el sambenito de todo. Como es obvio, el zapatero odiaba al gallego como todo peronista odia a un bolche, sentimiento que era la reversa por parte del gallego comunista que no podía concebir a un peronista que no fuera facho y, en este caso, encima, mojaba también el pancito en su plato joven, cosa que era científicamente cierto, todo aderezado con el blindaje de los mecanismos de negación que le permitieran sostenerse en el dogma necesario que al principal quintacolumna lo tenía adentro de la casa y encima le daba de comer porque era de su propia sangre.

Semejante puterío en semejante historia lo hizo sonreír con aquella cara netamente europea, pecosa, de rasgos chicos y finos, relamiéndose. "Ponete contento, Quique: desde el vamos se nos va a venir toda la colectividad encima con el Mossad a la cabeza", le anuncié. "Los otros datos que hay son ají quitucho en ayunas." Ni se inmutó: "Ojalá. Pasaríamos a ser gente importante, qué te parece." Por lo que me acuerdo, pero no de los motivos, en materia del Identikit Político lo tenía marcado a Paco Manrique como algo muy, pero muy suculento, y había que pensar muy bien y elegir mejor a quién se le daba el tema porque para él la cosa daba cerca, cerca de La Comedia Humana en versión argentina, ya que el término sudaca no estaba aún acuñado. Y el Artístico también lo desquiciaba, algo que me dejó perplejo en un personaje como él, evidente que tenía de su imagen un clishé algo prejuicioso. Sobre todo se le puso entre ceja y ceja un título: el Identikit de Mirtha Legrand, por aquellos años toda fruncida, frívola hasta el relajo y rositas rococó. Lo anunciaba y mentalmente lo disfrutaba como un gato maula. Le tenía anotados unos resbalones de antología, a la altura de las circunstancias, pero de los que son muy difícil reponerse.
Sin embargo, ahora aparece que hubo un tiempo, algo anterior, cuando vivía con una chica modelo en un departamento medio antiguo, pero más que nada umbrío, de la calle Paraguay al fondo, cerca de las Bodegas Giol, a principios de los ’60, donde fui a verlo una tarde y sobre el escritorio había, si nos atenemos a la época, una inquietante y desgastada 45. Lo desteñido parcial del empavonado era lo que más resultaba chocante. Vio que la miré, se me debe haber notado la reacción: “Hay que vivir acorde a los tiempos”, comentó con esa sonrisita algo cínica que solía tener. Y sacudió sobre el pucho, más que perentorio: “Che, ¿y vos no andás en nada?” En colectivo, a veces en subte, y no se ahondó más en el tema porque si nunca había sido saludable hacerlo, menos que menos en esos tiempos que a mí me han quedado como un hueco, máxime cuando una de las partes es un paracaidista y la información queda flotando de manera torpe y peligrosa. Como diez años después, enterado de mi casamiento con una exiliada chilena, ofreció sus buenos oficios de contactos que podrían llegar a servir en una época en que se no se sabía qué podía y qué no podía ser útil, aparte por supuesto de zafar y por lo menos sobrevivir.

Le toqué el timbre mucho antes de lo esperado. Como peludo de regalo yo había caído en un operativo en la esquina de mi casa, en Almagro. Me habían allanado durante tres horas y con un bebé de 23 meses estábamos durmiendo en casa de amigos. El flanco débil era entonces mi mujer, a quien la contingencia de amistades de su país habían llevado a que figurara en una de las primeras planas de El Mercurio, por razones alfabéticas, encabezando una lista de Elementos Peligrosos. Traducido a lo que desde este día parece casi la era de los dinosaurios: equivalía casi, casi una sentencia de muerte. El dichoso EP que tiraba el visor de la terminal electrónica con que iban dotados todos los patrulleros una vez que le tipeaban el número de documento y le daban ENTER. El encuentro sucedió en las oficinas de la marketinera que tenía en un piso de la avenida Santa Fe, estoy seguro que pasando Pueyrredón, y el gancho corría que en el edificio en que estaba viviendo, por ahí cerca, porque era también en el Barrio Norte, tenía el privilegio de compartir varias veces por semana el ascensor con un encumbrado jefecito de Coordinación Federal. Lo más bicho, sin esperar respuesta, el tipo le había sacudido un día que si necesitaba algo estaba a sus órdenes: “Lo que sí le pido, y confío ciegamente en su responsabilidad, es que no me vaya a traer a un guerrillero hecho y derecho, señor Fogwill”, le había aclarado. “Llamame pasado mañana”, me dijo. “Si tengo algo solamente te voy a decir que pases por acá a esta hora o si se me embola el día, esperá, te pido por favor. ¿Tuviste alguna otra novedad?”
Yo fumaba como un escuerzo y le hice pata en el asunto. El tipo le había dicho que lo de mi mujer no era tan grave, pero estaban los viajecitos por países socialistas, que aunque nada del otro mundo en los hechos, siempre les despertaban inquietudes y fantasías de entrenamientos militares, especializaciones en explosivos sofisticados y de control remoto, etc. El cusifai consideraba lo más prudente que una vez bien bañado, afeitado y vestido, yo me presentara como si nada en el Departamento Central a pedir una renovación de pasaporte: “Además, con la situación que vivimos y en la situación que está esta gente nunca se sabe cuándo lo puede realmente necesitar en serio”, le había dicho muy cirujano este Boogie El Aceitoso de vecino. “Como es obvio, señor Fogwill, cuando le digan que lo vaya a retirar, no va a ser un trámite digamos de los comunes, ¿se entiende? Le van a decir que hay algún extravío u otro problema, que espere y lo van a llevar aparte, a una oficinita que hay ahí, al costado. No va a pasar nada. Pero tiene que ir; no hacerlo puede levantar otras sospechas o suspicacias inútiles. Que para su tranquilidad, dígale a su amigo, el día que tenga que ir que ponga a buen reparo su familia, que avise a abogados y periodistas por si hay alguna complicación, que no la va a haber. Por lo que a mí me dejaron saber están algo intrigados por lo de los viajes y en uno o dos días de conversaciones, en una de esas antes, se puede aclarar todo y santo remedio.”
Se quedó mirándome. Creo que nunca le había visto y que no volvería a verle esa seriedad en el gesto: “¿Qué vas a hacer?”, preguntó al final. “Primero me gustaría saber tu opinión y qué harías vos en mi lugar”, contesté. Puso cara de que le resultaba difícil trasegar semejante boludez: “Son decisiones personales, muy personales, querido, y yo no manejo todas esas variables", contestó contrariado, más que de mala gana. "Hagas lo que hagas, por favor te pido, te ruego que me tengas al tanto.” Lo último que vi fue el gesto desolado que le quedó en la cara.
No fui. Cantidad de razones que no vienen al caso me hicieron tomar la decisión que si tenían algo de qué hablar me vinieran a buscar ellos. Yo no tenía realmente nada que contarles y que no supieran. Dejamos bastante de vernos. Era solamente lo ocasional: la redacción de alguna revista, un negocio de computación donde arreglan impresoras, el segundo patio de entrada donde está la radio de las Madres. Me había regalado, en su momento, una primera edición de Los Pichiciegos, dedicada, que he tenido a bien extraviar o por lo menos no encontrar. Durante esos encuentros no había demasiada materia de diálogo, lugares comunes recurrentes, sobre todo la salud de mi primo hermano, sana y coherentemente ultraconservador, católico y poseyente, alternando el juramento hipocrático con el engorde de novillos para redondear unos ingresos suculentos, una mujer tradicionalmente quilmeña y radical que los nuevos vientos habían llevado, como es lógico, a ocupar una judicatura en un fuero lo menos comprometido posible, y nada más.
Si tuviera que rescatar alguna charla por lo suculenta fue la de un día cuya fecha no puedo precisar ni por aproximación, en que personalmente se le notaba que no estaba nada bien. Alguna de esas crisis, más que seguro, a las que solemos ser propensos con los años encima. Estaba singularmente ácido, por lo menos, o con mayor grado de alcalinidad que cuando abordaba este tipo de temática. “En este país no hay nada más barato que el talento”, sacudió porque sí, me acuerdo perfectamente que a santo de nada. “Lo que vos no tomás en cuenta es que se ha formado una costra, más que una clase social, basada en la tecnología de gestión de esta etapa del desarrollo capitalista y les importa un carajo la ideología del dueño. Son eficaces. Trabajan para un Comité Central como para un Estado Mayor. Les da lo mismo Nueva York que La Habana. No hay valores ni sentimientos.” Sí es seguro que fue hace bastante más de veinte años, que nunca lo pude olvidar porque tiene algo ulcerante y que es algo, como ahora, que vuelve a erupcionar y que vaya a saberse en qué estrato del inconciente me sabe a dispepsia. Quique tenía una versión globalizada de la realidad antes que nos vendieran el globo que nos volvió más aldeanos. Teorizaba lo universal desde la manija del pocillo de un café y un día, en otro depto donde pernoctaba otra etapa de soltería circunstancial, se despachó no sólo que había empezado a estudiar alemán sino que entró a leerme con todo entusiasmo el My english book de Molinelli Wells pero en deutsche. "Che, parala, ¿querés? Eso es gutural, no es humano". Hubo un poquitín de desprecio en la réplica: "Tenés tapiados los oídos, tesoro. ¿Por qué te creés que los grandes genios de la música son alemanes?"
Y ahora las noticias dicen que Quique ha muerto. No pudo dejar el cigarrillo y el cigarrillo lo dejó a él. Bastante aislado del mundanal ruido no supe nada de lo que normalmente se deja saber en estos casos, normalmente cuando comienza la cuesta abajo irreversible, salvo cuando unos días atrás el mailing de estos grupos de poesía de nuestra Patria Chica me hicieron saber que por fin Quique iba a volver al pago que nos vio nacer. Para el humor que curtía hubiera sido bueno chicanearlo que iba a leer poesía en el lugar que supo ocupar el primer alcalde de Quilmes, un coronel llamado Ciriaco Cuitiño, Aníbal Fernández que tuvo que partir desde el mismo trono en el baúl de un auto con el aliento de la DDI local en la nuca y donde la esmirriada mitología lugareña tiene instalado el mito urbano del intendente de turno, del mismo palo en la interna peruca, pasado de rosca en ingestas varias, que se llevó puesto a un boliviano con el auto, lo envolvieron en diarios, lo pusieron en el baúl y con ayuda oficial lo metieron adentro de un freezer y lo enterraron en alguna parte de la pampa húmeda. (Ver la crónica de una asqueante secuela en La Nación.) También, por qué no, ya en el colmo de lo pueblerino, con lo indeleble que son los recuerdos de la infancia, si se acordaba de aquella noche de agosto de 1950 (tenía que tenerlo registrado, él vivía más cerca que yo y tengo claras todavía las ráfagas en el frío cortante del invierno), cuando se inauguraron las Zonas Blancas y los parapoliciales de un comando de la bonaerense mataron a Jorge Calvo y al casero del local del PC. De vez en cuando, como la semana pasada, me metía en la edición online de Perfil y le leía la columna. Una prosa ascética, concisa, impersonal con respecto a esa imagen inamovible que tengo de él. Hará cosas de diez días me hizo sonreír con una que anunciaba indirectamente que estaba rengueando para ese viejo vicio de la sociología que nunca había abandonado. ¿Cómo saber que iba a ser su TXT postrero, su testamento en bytes para que de ahí en más sea un clic con un nudo en la garganta? Por eso la elección del video que añadí al final, con el mismo tema, recurrente, que alguna vez nos juntó para tantos cafés y cigarrillos al cuete.
Por que aunque lo veía poco, a las perdidas, de ayer en más Quique ya no está. Ni va a hacerlo más. De en serio, como decíamos cuando éramos chicos. En el formato alondra arriba de sus patines importados ni como Rodolfo Enrique, poniendo al trasluz el serrucho de los poemas como una estética de la topografía literaria, pero tampoco como Rodolfo, menos que menos como Fogwill, de lo cual va a quedar una importante cantidad de volúmenes impresos con lo cual por lo menos le ganó a la perra mortalidad a la que estamos condenados y de lo que tendrán en cuenta los que saben.

En un momento de frivolidad para uso oficial y exclusivo se me ocurrió pensar que hasta había sido capaz de mandarse una de las de él. Que entre las cosas que había dejado ordenado por escrito, presumiento el fin estaba cerca, que lo enterraran en el Quilmes en que no había vivido y había tenido la precaución de poner tierra de por medio. Una guachada, en suma, porque era como tener noción exacta de la muerte: el cementerio que tiene la entrada principal por la calle La Guarda, si hay algún cementerio que se puede calificar de lindo, este es una especie de quintaesencia de lo feo. La muerte no puede haber elegido mejor compañía que ese lugar tétrico, desolado, más plano que la pampa húmeda, con la brisa constante del lado del Río de Solís, esa chatura tan excesiva y la falta de densidad demográfica que lo agobia. No hay finados menos visitados. La soledad está garantida a rajatabla. A sus recurrentes rengueras sociológicas no le hubiera disgustado mandarse un muestreo y demostrar que los fiambres locales tienen un 0,0003 de visitas que los de menor raiting en el rubro. Cuaolquiera que ande con la pálida o con algún sentimiento tanático y quiera tener una avant premiére de lo que es La Parca que vaya se dé una vuelta por el cementerio de Ezpeleta. No lo va a molestar nadie. A Simon & Garfunkel jamás se les hubiera ocurrido escribir ahí The sounds of the silent. Sus vecinos más ilustres, el ya mencionado Jorge Calvo y su camarada, el obrero metalúrgico Angel Zeli, casero del local del PC, al que bajaron como buen bolche tratando de atrincherarse con un armario lleno de libros y lo calzaron de lleno con un balazo en el corazón, que tuvieron a bien inaugurar las Zonas Blancas con los parapoliciales, el bombero voluntario José María Sánchez, un héroe para uso local después con calle propia y todo, que una jabonosa noche de diciembre de 1956, se levantó después del primer bombazo en las vías, a veinte metros escasos de su casa, al segundo caño de la Resistencia Peronista lo encontró él y lo puso como corresponde en un balde con agua y con la rosca para abajo, pero nunca falta el mamerto omnipotente que de macho lo agarró para demostrarle al conglomerado de vecinos que se había amontonado que a La Parca no hay que tenerle miedo y al ponerlo de vuelta, lo hizo al revés, y los diez minutos, cuando la explosión remeció hasta las encías, fue con tanto infortunio que la tapa a rosca como escupida de músico y lo pescó a Sánchez en la carótica, desangrándolo sobre las vías ascendentes a Plaza Constitución. Quique debía necesariamente conocer ambos incidentes, aunque sea de oídas, porque vivía más cerca que yo cuando los parapoliciales ametrallaron comunistas como se caza conejos y lo de los caños fue a una cuadra de donde yo vivía y a dos de su casa. Le completa el Cuadro de Honor un decolorado jefe de barra brava, en su tiempo amparado por el presidente del club y luego intendente del Proceso, raleado tardíamente del Comité Olímpico por esos espasmódicos ataques de democraticismo que solemos tener y todavía sigue como camarista en los tribunales locales.

Los mecanismos de asociación libre, aparte de incontrolables, son insanablemente mogólicos. Se me dio por pensar que la prensa pueblerina, prácticamente house organ del intendente de turno, ni siquiera se daba por enterada de su muerte y que como si fuera poco era capaz que Quilmes va y gana justo este domingo. Que mañana, en vez de disfrazado de poeta y dar el recital en la Casa de la Cultura se pone la mortaja y encara por la avenida Mitre al sur, a buscar algo olvidado de lo materno en esa altiplanicie muda, más que sorda. Incluso como sacándome la lengua frente al espejo o jugando allí conmigo mismo al ajedrez y ser capaz de perder la partida que iba el intendente, la gente de Cultura, apolillados poetas inéditos de los que hay legión y hasta algún pánfilo que había visto la brecha y escrito un discurso pomposo. Pero que de la tevé y la prensa gráfica no iba nadie. Ni siquiera un periódico mural escolar.

Una boludez sin atenuantes que entre sus últimas voluntades estuviera que lo enterraran en Quilmes, en nuestro Quilmes. Típico producto del bochorno y estupor que la muerte nos sigue produciendo, sobre todo a una edad en que los balazos pasan cada vez más cerca. Encima, tras cartón, este domingo 22 de agosto está abatogado, conmocionado porque los 33 mineros que habían quedado enterrados en la mina de Copiapó estaban vivos cuando después de 18 días sin ningún signo nadie daba cinco guitas por ellos en una profesión por la que nadie nada cinco guitas, salvo usufructuar lo que le extirpan a la tierra, y según el jesuita Pedro Lozano los quilmes serían de allí, quizás corridos de más al norte por los incas porque de esos valles los sacaron también carpiendo los araucanos, cruzaron a pie la cordillera y se terminaron instalando en los Valles Calchaquíes, como pretende otro de los poetas que integra uno de los grupos que mañana, si a los recitales de poesía no va nadie, algún paspado y desubicado que no se entere va a quedarse con la ñata contra el vidrio porque es a una hora que al lado de ni Cristo atiende, la catedral está cerrada y por la peatonal quedan los sin casa, algún mamado, chicos recogiendo cartones.

El pálpito seguro era consecuencia que no debía ser sometido al examen de lo probable y lo insólito y fuera de libreto siempre fue lo que caracterizó a Quique. Es la muerte de otro, es cierto, por más que nos hayamos conocido y tratado, pero como que el cementerio de Ezpeleta a todas luces resulta demasiada muerte para Quique. Y esa clave incordiosa que dejaría volver al pago de origen, pero a ese lugar, cuando por horas no lo pudo hacer vivo y dar el recital de poesía en la Casa de la Cultura. La prensa local, cosa que no digan que Quilmes sigue siendo un pueblo con hipertiroidismo, no se dieron ni por enterados que se le había ocurrido ir hasta el intendente, menos que menos que acababan de enterrar en el lugar que lo vio nacer a un escritor incluso más renombrado fuera que en el propio país.

Pero ya no más. Y pensar que lo único que yo tenía que decir, que se me ocurrió que podía decir y que por lo menos lo intenté era anoticiar a algún cristiano que pueda estar interesado en el cartoneo de lo existencial, giraba en torno a que Quique mañana tampoco va volver a nuestro pago chico. Menos que menos muerto, homenajeado en silencio por las autoridades del municipio al que nunca perteneció y llevándose toda la soledad a la sordidez silente de Ezpeleta. De todos los misterios que deja un ser humano, de este otro, tan pequeñito, hubiera sido bueno enterarse si para él tenía alguna importancia. O si había decidido hacerlo porque sabía de la inminencia del otro final, del común, del más democrático, que terminó con él enterrado en un lugar donde lo único que hay es muerte y en un día en que festejaban que de donde dicen que eran los quilmes los mineros enterrados habían dado signos de vida y todas las gentes, en todo el mundo, Internet de por medio, hablan de milagro, hay vida, por lo menos se le ganó un round a La Huesuda, como la llamaba el Cuchi Leguizamón.

A la Patria y a la madre no se las elige. Ellas nos eligen a nosotros. Y en nuestra proverbial soledad de hijos únicos Quique sabía muy bien de esto.

Eso sí que me consta.

18.8.10

"SI VAS PARA CHILE..."


Chile es un país singularmente trágico. Marino, minero y vinero por excelencia está prácticamente asentado sobre una placa geológica en constante desplazamiento del océano hacia el continente desde todos los tiempos. En el llamado Círculo de Fuego del Pacífico tiene el triste honor de encabezar mundialmente las estadísticas con las dos más grandes catóstrofes sísmicas de la historia del hombre: mayo de 1960 y febrero 2010. Hace medio siglo, en el término de 36 horas el sur chileno fue sacudido por más de 300 terremotos en el tramo Temuco-Puerto Montt, tres de ellos los de mayor magnitud que se llevaban registrados. Un maremoto se encargó de poner el broche al malestar del planeta. En la zona carbonífera de Lota-Schwager, con socavones submarinos, los derrumbes no asfixian a los atrapados con polvo, piedra y roca, sino que los ahogan en agua salina. Estaban en huelga con la patronal multinacional como se empezó a llamar con el neoliberalismo a las corporaciones norteamericanas prosiguió mientras se rescataban los cadáveres, se los velaba y bajo la llovizna negruzca se los llevó a pulso envueltos los féretros en pabellones tricolores y rojos. Al frente del cortejo, con la manija del primer cajón, iba un hombre más bien bajo, el pelo más ensortijado por la humedad: el senador socialista Salvador Allende. Cumplidores de las formalidades a muerte, como siempre, también a la cabeza, pero sin portar ningún cuerpo, iban los directivos nacionales del yacimiento, entre ellos su máximo jerarca. En medio del silencio sepulcral del momento se alzó una sola voz, solitaria, segadora, para ponerle nombre y apellido a la historia. Fue uno de los mineros sobrevivientes el que le gritó al máximo burocratón:
-Es dura, pues, la vida, señor González.
¿Para qué más?
Una tradición oral, basada en un humor un poco tétrico, aseguraba hasta 1973, dada la regularidad institucional, que gobierno que asumía el poder era saludado por un movimiento telúrico. En setiembre de ese año el desastre no vino de abajo, sino de arriba, en forma de misiles arrojados por la precisión de los Mirage de fabricación francesa. El remezón tuvo la magnitud suficiente como para sacudir al mundo. El Chacal se mantuvo casi dos décadas sin que el popular presagio se cumpliera hasta que por allí, a mitad de los '80, las energías tectónicas se encargaron de hacer saber que estaban remolonas pero no dormidas.
La gestión de la doctora Michelle Bachelet no fue saludada sino despedida por una catástrofe atroz. La asunción del multimillonario Sebastián Piñera se produjo entre despojos y con la cuenta de platos rotos impaga. El en la siesta del jueves 5 de agosto por fin se derrumbó parte del socavón de la mina San José, cobre y oro, un poco al norte de Copiapó, en el llamado Norte Chico. 33 trabajadores no pudieron salir y al momento de estarse escribiendo esto no se tienen noticias y los mejores augurios dicen que si las sondas llegan van a llevar varios días más y el acceso definitivo hacia donde están puede tardar varios meses, si es que lo intentan. Ya hay un proyecto de convertirlo en santuario.
El capitalismo no necesita que se le derrumbe más ninguna careta. Hace tiempo que no le queda ninguna. En los últimos tiempos lo signa el cinismo y la obscenidad. Los tardíos informes sobre la seguridad reinante en San José escuetamente se resumen en que el emplazamiento no podía estar operando. Era un ruleta rusa. Pero con los seis proyectiles puestos. La impecable instantánea registrada por un cronista gráfico de la agencia noticiosa española EFE, que es la que ilustra esta entrada, da cuenta de la historia singularmente trágica de Chile y los chilenos. Son su banderita al viento, en los comienzos del desierto de Atacama, donde de día hierve el suelo y a la noche la camanchaca, una neblina verde que se aposenta sobre lo arenoso, hace tiritar de frío hasta las piedras, el hombre espera al Claudio de la T-Shirt crucificada. Así suceda el milagro que se espera y desea la naturaleza intrínsecamente inhumana, antihumana del capitalismo, no va a cambiar. La desolación de los recursos, el no escatimar en gastos y explotación tuvo su representación lúdica en el primer videojuego con el boom informático de los '80: el insaciable PacMan. Y esta puñalada artera, que muchos todavía querrán atribuirle a una mala alquimia de sucesos incontrolables, sucede en momentos en que está en auge, muy cerca de allí, de los dos lados de la cordillera, la megaminería, la vuela montañas enteras con toneladas de explosivos, demuele el paisaje y lava los restos con agua pura de las napas subterráneas, reserva para la sed de los que ya se comieron todo en esta parte del mundo, mezclada con cianuro, cosa que lo que quede sea contaminado. Ya hay muchas miradas sobre Santa Cruz y lo que allí la minería significa.
Los anteriores a la conquista española ya tenían sabido y advirtieron que con la Pachamama no se jode. Menos que menos se la manosea y ultraja. Y el chileno solitario, esperando en el desierto con una bandera y una remera, ni es símbolo ni es emblema: es apenas un signo de lo que el apetito productivo ignora. De la consolita puesta inmediatamente abajo, que el siseo del viento no va a dejar escuchar con claridad, apenas un poquitito de música para acompañarnos en tanta soledad porque lo sucedido en Chile es chileno solamente para lo noticioso contingente en unos tiempos, empezando por el soporte donde estamos ahora asentado, fagocita datos e info en una carrera desesperada por la inminencia del final.
El Cuchi Leguizamón decía que "la canción es la única eternidad que tienen los pueblos". También lo único que por lo menos no se van a poder robar, aunque ya vengan haciendo a dos manos con los derechos.

13.6.10

PERMUTO VUVUZETA POR PERRO DE CAZA NARIZ PARTIDA

Hoy a la mañana anunciaron que si las cadenas de tevé así lo solicitan la gente va a tener que meterse las vuvuzetas en alguna parte que haga rima. Estuvieron prohibidas mucho tiempo, las habilitaron para el Mundial, hicieron el negocio y ahora se dieron que son peor que mosca de letrina y que encima meten un barullo que es como ponerle bafles de recital de rock a docenas del colmenas.
Nos hicieron. Por turistas, futboleros y babiecas. Encima traerlas de vuelta es todo un embrollo porque molestan en maletas y bolsos. Revendérselas a los aborígenes va a hacer igual que tratar de ofrecerles cubitos a los esquimales. Tenemos la sospecha que la Sociedad de Consumo no es todo lo honesta que parece.

29.9.09

AL GRAN PUEBLO YORUGA, SALU

Se mandaron otro Maracanazo. Que todos los educandos de la escolaridad primaria, cualquiera sea el lugar y el pelaje, tengan su maquinita es una proeza. Y en dos años. Y bajo un gobierno que es una coalición popular presidido por un socialista. Y donde la canción proselitista es El violín de Becho, del gran Alfredo Zitarrosa.

Felicitaciones, hermanos. La bronca por el fulbo seguirá hasta las últimas, pero la del fulbo de Obdulio Varela, que cuando se enteró para que estaban utilizando los políticos la proeza futbolera del 50, dijo: "Si lo sabía, hacía un gol en contra."

Nos gustaría ser un poquito como ustedes, ahora, en estas circunstancias en que apostaron a los chicos, el futuro y al conocimiento.
Abrazos mil, che.

13.7.09

MANUBENS CALVET, LOS NIETITOS Y EL ADN

El Señor de Traslasierra: vacas, millones y política.


Este domingo, por fin, el matutino cordobés La Voz del Interior salió al cruce con un informe especial sobre la situación actual de la meneada herencia de Juan Feliciano Manubens Calvet, que aparte de rondar los 300 millones de dólares y no tener una resolución final, su administración corre por cuenta de los nombrados sobrinos y sobrinos nietos, últimamente asociados a los hijos del ex gobernador Angeloz para la explotación de la soja.

Dividido en tres partes, el informe hace un raconto histórico, ubica al origen de la aparición del apellido Guzmán ya en 1983, como se adelanta acá, en la entrada anterior, y publica el testimonio directo del responsable del hallazgo de Blanca Rosa Guzmán, la verdadera hija natural de Juan Feliciano, la que ahora, si se cumplen las aspiraciones de quienes dicen ser nietos y son avaladas por el ADN ordenado para después de la feria judicial, pasaría a ser sobrina.

Lo que estaría un poco mejor sería que no se tomen otros 29 años. La tardanza no es sólo injusticia; es también negocio para algunos. Si quedan dudas, constate en vivo y en directo los coletazos de esta herencia interruptus en las dichosas leyes del mercado. Pero apúrese porque en este caso nunca se sabe. No por nada tuvo hasta el mismísimo Papa en cuestión y a un presidente de la república. La Guzmán que apareció en 1983, por obra y gracia del ADN, resultó sobrina, no hija natural. Informe. Aunque si nos dejamos guiar por todas las rarezas que están pasando en La Docta sobre estos particulares hay lugar para las dudas. Si hubiera resultado hija dejaba culo para arriba a casi medio centenar de herederos. Desde este modo, es un decir, podía ser más salomónico y conversando la gente se entiende.

En marzo de este año se cumplieron 30 años de la muerte de El Señor de Traslasierra y de la siesta de su herencia en un juzgado civil de Córdoba capital. ¿No es mucho? Bueno, depende cuánto es el monto de la administración del acervo hereditario y entre quienes se lo reparten. ¿Se entiende?


29.6.09

EL PERIODISMO COMO BORRADOR DE LA HISTORIA

Reproducción facsimilar de la edición en 1993 de Planeta, colección Espejo de la Argentina.
La muerte física de Juan Feliciano Manubens Calvet, el Señor de Traslasierra, se produjo en marzo de 1981, en pleno Proceso militar. Pero ya desde antes se habían hecho aprestos para apoderarse de una herencia calculada en unos 300 millones de dólares. Por lo pronto, el año anterior, con el general Jorge Sasain al frente del temible IIIer. Cuerpo de Ejército que tan eficazmente supiera comandar el general Menéndez, hubo un operativo con cobertura mediática de Tiempo Argentino y todo sobre la estancia de Pinas, la más grande de un paño de toda Sudamérica, que supiera ser de Lisandro de la Torre, y luego de su quebranto económico, político y suicidio la adquieriera Juan Feliciano, por un tiempo con la ayuda de dos socios.
Todo fue a consecuencia de la valiente denuncia de un maestro primario, a cargo de la escuelita del establecimiento, quien había encontrado que hacía cuarenta años que había peones que dormían envueltos en ponchos encerados, a cielo abierto, en las sierras, el personal ojalá que en negro porque cobraban en especies del almacén de ramos generales del patrón y contaban hasta un cementerio propio, sin registro alguno, aunque para nada con los destinos siniestros de la época.
La capataza Luisa Ester Vera y Juan Feliciano fueron procesados por reducción a la servidumbre. La primera se pasó dos años en la cárcel del Buen Pastor, donde iría a parar por el mismo tiempo la paraguayita que quiso ser pasada como hija natural para quedarse con todos los bienes. Por la edad y el derrame cerebral el Señor de Traslasierra transcurrió sus últimos días en su casa particular de Villa Dolores desde donde podía, con el pulso tembleque, correr el visillo del living y verle la espalda al vigilante que celosamente evitaba cualquier intento de fuga del feroz malhechor.
El paso siguiente, para algunos de una lógica implacable, fue que el testamento del que en en vida no había tenido descendientes por haber quedado estéril a los 18 a consecuencia de una parotiditis desapareció de la misma forma y junto con todas las otras que desaparecían, en especial seres humanos. El 92% de la fortuna tenía como destino el pueblo de Villa Dolores. El 8% restante se prorrateaba en algunos particulares, entre otros, dicen, para Margarita Woodhouse, (a) La Machaca o La Inglesita, casi medio siglo reducida a la condición de concubina porque Juan Feliciano amaba tanto al casamiento como a los curas.
El tercer manotazo fue hacer aparecer una paraguayita que encima de no tener documentación alguna (no es metáfora ni exageración: era una IN-DO-CU-MEN-TA-DA) la patrocinaba nada menos que Guillermo Antonio Borda, prócer del Derecho Civil y funcionario de dictaduras militares. Las declaraciones del mencionado, en la tapa de La Nación de entonces, afirmando a rajatabla que si bien momentáneamente la pobrecita carecía de cédula de identidad, algo que bien mirado es un detalle de morondanga para reclamar semejante fortuna, todavía siguen impresas y el juez que la mandó en galera, después de aceptar el escrito de eximición de prisión de sus abogados, se ve que no lo leyó o no tuvo tiempo porque ya estaba estudiante cómo defender al general Menéndez cuando se produjera el retorno de la institucionalidad.
Las irregularidades del llamado Caso Manubens pueden llenar más tomos que la Espalsa. Ahora, si algo demostró la paraguayita es no haber sido miserable: en una tarde donó el 160% del 100% de la herencia a cambio de un piojoso millón de dólares y su alma pía la llevó a regalarle hasta un porcentaje a monseñor Picci, que había sido mano derecha de monseñor Plaza, y otro 10% al nuncio apostólico monseñor Calabressi, para que se lo hiciera llegar al Papa. Ha sucedido, se puede probar y no sólo cuesta creerlo, sino escribirlo...
Los sobrinos y sobrinos nietos Manubens, que en vida se habían prodigado con el tío, ida y vuelta, tanto cariño como el perro y la cebolla, se quedaron formalmente con la admnistración de semejante cantidad de bienes, rodeados de un verdadero ejército de abogados cuando al mismo tiempo varios de ellos lo eran. Más allá de cualquier otra opinión que se pueda formar sobre su actitud y procedimientos, que la corajear, la corajearon. Se fueron en un avión cualunque al Paraguay de Stroessner y se consiguieron no sólo los documentos truchos de la supuesta heredera, sino que encima certificaron la falsedad de la firma de Juan Feliciano con peritos oficiales paraguayos. Y digan lo que digan, Juana Gonzàlez Civils, nombre real de la susodicha, tiene un récord imbatible: su nacimiento está anotado en un Registro Civil de Asunción, el mismo donde a los 18 tuvo que ir a trabajar, allí mismo se casó a los 21 con un compatriota y a los 23 anotó como corresponde a la hijita nacida de la unión de ambos. A los 26 realizó un trámite que excede el surrealismo: volvió a nacer bajo el nombre de Dolores Manubens. Sus compañeros de trabajo y vecinos la empezaron a llamar Juanita Manubens, sobre todo a partir de haber salido en la primera plana del tabloide color Patria, órgano oficial de Stroessner, acompañada de un cura y sus socios argentinos. ¿Alguno puede siquiera equipararse o conoce de otro ser humano por los alrededores del planeta que haya hecho algo semejante?
Con Alfonsín en el gobierno, los Manubens radicales desde Juan Feliciano que fue intendente en Villa Dolores ganándoles mano a mano a los conservadores en 1940 por primera vez en la historia, un mínimo de normalidad institucional les auguraba cierta velocidad por más que al aparato administrador de justicia del país se le escapen las tortugas, se le ahoguen los pescados y se le vuelen las gallinas. Estaban en lo mejor cuando se le da por aparecer en Córdoba al misionero Antonio Maidana, asegurando también ser hijo natural como consecuencia de la amistad de Juan Feliciano con el dueño de la estancia cerca de Posadas donde su madre había sido servicio doméstico casi toda su vida. Se traía el ADN en un frasco y ya para entonces, un elemento mucho más nocivo: la parafernalia mediática.
No duró mucho. Misiones está muy cerca de Paraguay para ser verdad, por estos días se encadenó a la catedral de Posadas con uno de sus hijos, se hace llamar Manuel Manubens y tiene pendente en La Docta una causa penal que en cualquier momento los jueces actuantes encuentran en algún cajón, no tienen nada que hacer y lo meten en cana. Por las dudas, como el abogado que tenía prefirió renunciar, unos días antes de las elecciones lo nombró letrado al desde hace pocas horas senador nacional Luis Juez, un elemento telúrico cuya envergadura jurídica nadie pone en duda, tampoco que le va a sacar el sayo de encima, pero es una garantía que va a hacer cagar de risa a todos los Tribunales.
Tras que éramos pocos, desde este último otoño, en algo parecido a una campaña mediática con epicentro en Río Cuarto, han hecho su aparición quienes aseguran ser nietos naturales de don Juan Feliciano. Son tres, andan entre los 40 y 60 años y se traen una prueba de ADN al 50% que según el estudio riocuartense que los patrocina, uno de los más importantes, es una y otra gota de agua con el del multimillonario. Ahora, no la pregunta del millón, sino la de los millones: ¿dónde está el ADN de Juan Feliciano? Respuesta leguleya: lo consiguieron extraoficialmente.
En medio de estos elencos y hechos que superan de lejos al peor culebrón, nadie puede evitar pensar al unísono: otro curro, estos se van a caer más rápidos que los anteriores. Y si hay alguien que hay que tener cuidado por dónde puede saltar la liebre es el cazador más avezado. El responsable de esta bitácora, en marzo de 1983 trabajando para la Revista 10 de Editorial Perfil, se trajo a toda tapa y foto a toda hoja a Blanca Rosa Guzmán, presentándola sin ningún remilgo como la VERDADERA HIJA NATURAL DE JUAN FELICIANO MANUBENS CALVET en unión ocasional con una adolescente que trabajaba de doméstica para su familia, de nombre Rosalinda. Los pueblos no saben ni se enteran de lo que no quieren saber ni enterarse. El rastreo para llegar a esa modesta casa de Río Cuarto, muy cerca de la cancha de Estudiantes, había sido una carrera de postas por todo el Valle de Traslasierra, arrancando de punteros radicales de Juan Feliciano, flamentes viudas de estancieros recién suicidados, transportistas de hacienda, amigos personales, etc. Cuando la señora abrió la mirilla de la puerta al porch de la casa de la calle Ituizangó, a las 3 de la tarde, el sacudón fue inevitable: estaba ya cansado de ver fotos de Juan Feliciano en todos los ángulos, pero eso no era una foto sino una voz imperativa que me interrogaba acerca de lo que quería, no muy elegante que digamos, 500 kms. en el último tramo, lleno de polvo, sin afeitarme y con una facha ni para hacer casting en Río Cuarto, ni soñar Hollywood.
Su abogado, el hombre que nos llevó, el fotógrafo, el yerno, la nietita, su hija, algún que otro vecino curioso, se nos hizo la hora de la cena y estábamos verdes de tomar tanto mate. Lo dijo más de una vez lo de su hermana ya muerta, el cariño por el primo que para ella había sido un hermano y que también estaba muerto. Ahora, rastreando los apuntes, hay muchas cosas que coinciden. El rencor de Blanca Rosa contra su padre estaba a flor de piel y dijo con gesto acre que por lo menos José Manubens había venido a buscarlo a su hijo y se lo había llevado a trabajar a unos obrajes que tenía en el Chacho. Algo hizo que en semejantes horas de charla, que se recuerde o haya quedado grabado, no esté el nombre de su hermana ni la su hijo natural Manubens. Sí bastante clarito que cuando lo había necesitado por lo menos, sin darle el nombre como hubiera correspondido, lo había venido a buscar. Ahora en las versiones a los saltos como galope de gusano que están corriendo, si cometió un homicidio, si estuvo dos décadas a la sombra, si murió poco más que cuarentón, como afirman reiteraamente las coincidencias son varias: los nietos serían nietos naturales del doctor José Manubens Calvet, varios períodos senador radical por Córdoba, no del terrateniente Juan Feliciano, y se cerraría el círculo gestaltiano en cuanto a la duda de aquellos primeros momentos en torno a si Blanca Rosa había mentido. Era tan coherente su historia de vida que la única alternativa era que no fuera hija natural, sino sobrina, hija de José. En todo caso, el apellido Guzmán ha vuelto a aparecer en Río Cuarto, hay una causa abierta para aspirar legalmente a una herencia e historias de vidas no sentimentaloides porque los de la Torre, los Manubens Calvet, los Guzmán y tantos otros conforman el friso de una historia que es del país, del país feudal, de los despojos y de una administración de justicia cada vez más decadente, a tal punto que el Martín Fierro ha pasado a ser vanguardia garantista. Porque ya ha pasado un cuarto de siglo largo que se hizo público que la herencia natural de Manubens Calvet estaba en Río Cuarto. El viejo Lisandro solía decir que no hay peor sordo que el que no quiere oir. [AR]

27.4.09

ARRIBA EL TELON EN EL CUARTO OSCURO

Nacha Guevara, evitizada, en la remake actual de su espactáculo de hace un cuarto de siglo.

LA VIDA COMO UN GRAN ESCENARIO

El lanzamiento de Clotilde Acosta, (a) Nacha Guevara, nacida en Mar del Plata el 3 de octubre de 1940 (ver dossier completo), ha desatado otra tormentita de verano en el vaso de agua del país espasmódico y sin pasado. La hiperfutbolización y farandulización de la vida pública no son ninguna novedad y la funcionalidad, legalidad y ética que se siguen exhibiendo hasta con no poca asquerosidad tienen los mismos soportes y rigor del tenor de una cavilación profunda sobre un River-Boca a las luz de los cánones de la física cuántica. Se dice que Nacha/Clotilde va a ir en la boleta con su seudónimo artístico y luego, entre paréntesis, con su nombre real del DNI. Luego se hizo un altito para verla a la Cristina, ésta le dijo "gracias por ser como sos" (sic) y luego la diva que tuvo que salir arando en 1974 por tener el raro honor de integrar la primera lista de las Tres A, otros peronistas, declaró que se siente capaz de hacer algo por la Patria y se fue a descansar unos días a Tahití, seguramente a encontrarse con el dengue, la gripe porcina y cantidad de villeros que fuman paco, jubilados y trabajadores que pululan por esas zonas exóticas gracias a la bonanza de El Modelito de la Caja. A los que busquen en esto el sarcasmo barato y fácil se les ruega recordar que el lugar figura dentro del itinerario del Camino del Gólgota peronista. Allí fue donde en su momento aterrizó el Tango 01 para que descendiera el Chango de Anillaco a hacerle un service de urgencia a la vedete Yuyito González, ex de Guillermo Coppola, epicentro de un sonado episodio de jarrones, cocaína, putas de todo calibre, el Conejo Tarantini, jueces federales surgidos del nuevo Mercado de Frutos y demás, todo a pedir de boca del duhaldismo imperante. Los 150 integrantes de la comitiva tuvieron que esperar en sus asientos la hora y chirolas que duró la gentileza. Eran las épocas de Xuxa, pero no para candidatearla, sino para dormirse una siestita en el microcine del Polideportivo de Olivos.

Los escandeletes de la oposición, en un país donde nadie muere mocho y tampoco hay manera de sobrevir virgen, olvidan que la renuncia de Gabriela Michetti en Buenos Aires le dejó el camino libre a un Santilli que cuando su padre era presidente del club, los dos eran peronistas y el benjamín integraba, blindado por la impunidad correspondiente, las huestes de Los Borrachos del Tablón. Después, por cuenta propia, en el 2001, se alineó en la lista encabezada por Cavallo-Beliz, detrás de Alberto Fernández (sí, no hay otro, y venía de un paso tan crudamente nacionalista como el Comandante Pepe o el Loco Galimba de las primeras horas), Silvia María Eva Gotardi, la viuda del Abuelo Barritta, el teniente Licastro y la veterana actriz Elena Cruz, virtual presidenta del fans club de Jorge Rafael Videla, sobre la que armaron flor de quilombo cuando le tocó ocupar la banca que dejaba libre Fernández en el momento en que el Pingüino lo llamó para ser jefe de gabinete. Hasta entonces nadie se había acordado. Como han olvidado que la lista la encabezaba Martha Oyhanarte, la de Poder Ciudadano, junto al ex fiscal Moreno Ocampo, y viuda del Sivak dos veces secuestrado y asesinado por la Banda de los Comisarios de la Federal, el de Buenos Aires Building.

El país, más que desmadrado, da toda la sensación de estar desconchado. La soltada de zorro en el gallinero que tan brillantemente llevara a cabo el Chango de Anillaco, y que contó con millones y millones de adherentes fervorosos que se fueron al mazo ni bien vieron que el bote hacía agua, fue superado con creces por la ráfaga patagónica que descolgó los cuadros del indulto menemista, abulonó para siempre al peronismo como un enquilombado conservadorismo populista y legará para la historia el haber convertido el exclusivo y excluyente sistema presidencialista por uno de dos plazas con sede el ex Polideportivo de Olivos. El hipersexualismo, las vedetes de cuarta, los autos exóticamente sports, aviones y helicópteros han sido reemplazados por la exclusivdad de carteras y valijas, también aros sumamente exclusivos, todo como muy caro, y botos como juanetes hasta en los dedos de los pies. Evidentemente todas estas irrelevancias, por lo menos frívolas, salen a la superficie cuando no hay fondo.

El cinismo con que hace rato se vienen dando poderes extraordinarios sancionados en la Constitución aparentemente vigente como delito de lesa traición a la Patria, sólo puede resultar comparable a la concentración del unitarismo del Gran Puerto en el 80% de los dinerillos coparticipables, el acogotamiento del Poder Judicial, el uso discresional en la aguada condición de Ciudad Autónoma que le dieron a Buenos Aires para que no sea nada y que la Policía Federal siga siendo el peti ejército del Ministro del Interior de turno, ahora mudado a la hiperconcentración, de la Seguridad, los Derechos Humanos y la Justicia. No es la única exigencia constitucional a la que le han pasado como alambre caído.

El adelantamiento de las elecciones parlamentarias al 28 de junio, transformadas en plebiscito de vida o muerte porque las cuentas que no le cierran al oficialismo que se las ve venir muy livianita en un país ya muy alarmante porque encima no hay nada peor que la oposición, todos compartiendo en la simpatía de las caras y el carisma de los nombres la ausencia total de ideas, las que no se exhiben para un clientelismo político ejercido de manera despavorido y descarado con bolsas de dinero que reemplazaron al par de zapatos de la antigüedad, uno antes de votar y el otro después de haberlo hecho correctamente, por supuesto es exhibido por el caradurismo de turno como otro tour de force que en los 90 nos llevó al más crudo neoliberalismo y ahora nos empuja como frenada de colectivo el desplome (FMI dixit) del capitalismo mundial. Argentina está excenta del despatarro gracias a la Tercera Posición del General, un capitalismo vergonzante y oportunista que hace más de 60 años le viene permitiendo camuflar cada vez con menos éxito su esencia netamente feudal.

Acosta/Guevara no es el único caso de farandulización ni va a ser el último. Otra ex comunista, la cantautora guaraní Teresa Parodi también se ha alineado en las huestas kitchneristas. Durante el menemismo un compatriota correntino suyo hizo patéticos papelones al respecto. En Santa Fe, uno de los integrantes del trío cómico Midachi, que se separó y se volvió a unir, Miguel Del Sel, amenazó poner su cuota ante el ofrecimiento del PROmacrismo, pero el final prefirió quedarse en el molde: es más fácil el trasvestismo arriba del escenario. El imitador Nito Artaza, desde que El Corralito le hizo perder 2 millones de dólares que tenía cuidadosamente depositados en una entidad bancaria, intentará otra vez tener un puesto electivo por radicales. El ex futbolista Claudio Marangoni, por cuyo pase de Independiente a Boca, dada su inveterado y público apoyo al alfonsinismo, motivó a que el Pato Pastoriza, DT técnico de los zeneizes por entonces, tuviera que arreglar con El Abuelo como corresponde, dada su inveterado peronismo de las 62 Organizaciones del Loro Miguel, ingresa ahora al campo pero sin pantaloncitos cortos.

Lo que colma el colmo de los colmos en un país con el medallero olímpico repleto de oro en la disciplina tenía que ser Córdoba. Ya el peronismo del ultraliberal Schiaretti, mano derecha y culo y calzón con su coterráneo Domingo Felipe Cavallo, está sentado en el lugar gracias las turbiedades que hubo en las últimas elecciones en la provincia, donde así y todo le ganó por un pelo al folclórico Luis Juez, un desengañado del kitchenerismo y un sketch cómico preciado por todos los shows de información general. No contento con eso, en la lista de su propio partidito, añadió a la lista nada menos que a Fabián Gómez, un nombre que no dice nada si se desconoce que su seudónimo también artístico es Piñón Fijo, un payaso que supo hacer furor gracias a las veleidades del joven zar televisivo, el Chueco Suart, antes de tirarlo a la cuneta, pero dejando para la memoria su marcial y militarizado Chu chu huá Chu chu huá. (Mandarse al sitio del yosapa en plano éxito, muy interactivo, y cantarse con él algunas de sus exitosas y pegadizas canciones.) A este ritmo, ojalá hagan a tiempo y alcancen a incorporar a la Mona Jiménez, Cacho Buenaventura y el Negro Alvarez, para hacerlo todavía más multimedia y reidero.

Ahora, si se trata de lo chancho, es la postulación de Luis Abelador Patti, el ex subcomisario cómodamente alojado en el presidio de Marcos Paz por un espacio duhaldista bautizado Frente con vos Buenos Aires. El torturador y asesino, que ya no pudo asumir en el 2005 por tamaña currícula insiste, porque los abogados de los resquicios del derecho argentino han encontrado que es absolutamente legal que alguien se postule si no está con condena firme. Claro, aunque no lo dicen, si es un desvorganzado caradura y que la legitimidad huele igual que los cadáveres del picana fácil y ex intendente de Escobar.

Este vivir al día, al minuto que se vive, ha pateado la pelota al día 29 y al agujero negro que se abre en los seis meses venideros, es decir, el 10 de diciembre, que es cuando se va a hacer efectivo lo resuelto por las urnas a fines de junio. A todo esto, una por supuesto ex izquierdista capaz de putear al público y bajar del escenario para meter un cachetazo a algún salame pequeño burgués que se había sentido con derecho a ejercer la libertad de expresión y no bancarse las agresiones tan gratuitas, como la irascible Clotilde Acosta de principios de los '70 en el Margarita Xirgu con Las mil y una Nachas, venida a ecologista y al control mental al unísono con lo que Jean Paul Sarte llamó la edad de la razón, ha convertido en el 2008 un éxito rimbobante la Evita que estrenó en 1986 y la crítica trató piadosamente en virtud de sus estupendas condiciones de cantante y actriz. El pavoroso vacío de una sociedad decapitada y por momentos al garete, algo que disimulan los gritos y arrestos de autoritarismo, la puso como a tantos otros en una lista de Candidatos Testimoniales, según reza el titulito oficial. Con índices abierta y canallescamente falsos de inflación, pobreza, indigencia y verdaderas reservas en el Banco Central los argentinos volvemos a mostrar que protestamos un poco, sí, cuando nos tocan el culo. Pero ya van demasiadas veces para seguir disimulando y tratar de hacerles creer a los demás que no nos gusta. Nadie puede ignorar que la pareja que gobierna, junto al hijo mayor que regentea un nucleamiento de un clon de la JP, tiene el desparpajo de tener blanqueada una consultora para emprendores privados con información obtenida dada su calidad de gobernantes. Y también los hoteles de El Calafate, zono que turísticamente se reprodujo y creció mucho más que la pálida Anillaco de La Rosadita, merced a una desenfadada publicidad oficial a cargo del erario público y la compra de terrenos fiscales por chirolas y levantar hoteles faraónicos por un valor de 9 millones de dólares y que son ocupados, cuando mucho, en un 30% de su capacidad.

Hay cantidad gente que no nos cree. El mundo, más precisamente.

13.10.08

LA INSOLITA POESIA DEL HORROR

Portada del ejemplar realizada sobre una foto en acrílico sobre papel de Diana Dowek, que data de 1977, y el diseño de Miguel de Lorenzi.
En la contratapa Luisa Valenzuela proclama, de arranque, que "este libro arrasa con la barrera de las imposibilidades." A decir verdad, estos TXTs, como los de las solapas, adolescen de no ser muy creíbles ni prestigiosos. Normalmente son amistosos y laudatorios. Pero ocurre que si a lo largo de las 150 páginas de Procedimiento - Memoria de La Perla y La Ribera, el volumen muy difícil de encuadrar de Susana Romano Sued, psicoanalista y catedrática de la Universidad Nacional de Córdoba (El Emporio Ediciones, agosto 2007), no ocurre exactamente lo anunciado, el suceso no lo hace por lo transitado que puede ser el hecho de escribir un libro y editarlo. De movida, la inquietante tapa del dueto Dowek-De Lorenzi no vuelve a las expresión artes gráficas un lugar común. Es un hecho estético que se acopla, a veces el troquelado de manera hasta molesta, a lo que contiene.
La misma Valenzuela, a punto seguido, se encarga de exhumar a Teodoro W. Adorno y recordar que "no se puede escribir poesía después de Auschwitz." En algún momento, Jean-Paul Sartre sentenció que la estética siempre se aparea a lo revolucionario y que ningún reaccionario, mucho menos si es nazi, puede incurrir en la belleza. Hizo una sola excepción para confirmar la regla: Ezra Pound. Los dos centros de detención que menciona el subtítulo, que la autora fue obligada a conocer y padecer, porfían en erigirse en cualquier cosa, menos en apacibles y románticas musas. La abundante literatura en todos los formatos que promovió la Guerra Sucia trataron de afilar el lápiz hacia la exactitud del testimonio o apelar a los sentimientos o a lo que el imaginario colectivo pretende implantar como un ideal más o menos de lo humanitario, no de lo humano, que no son sinónimos aunque suenen parecidos.
Y no se puede negar que el de Procedimiento es un terreno más que resbaloso. La menor vacilación conduce al abismo como lo más cercano. Por otro lado, apelar a lo más socorrido, como es la necesaria catarsis de quien ha sufrido todos los paroxismos del horror, curiosamente empaña los logros de lo literario.
El singular ángulo de abordaje conseguido por la autora cordobesa es lo que la ha eximido para poder sortear un terreno minado, lleno de miguelitos, espinos y algunas otras piedras para tropezar hasta bordear lo deportivo de dar el hocico contra el suelo. El costo no es una pichincha. Y si se debe celebrar el talento y el ingenio para superar todas estas barreras, no se puede menos que por lo menos dejar constancia del precio de lo sufrido para lograrlo.
Procedimiento, en suma, es un libro de un tratamiento incierto, ondulante, ocioso discurrir si prosa o poesía, despreciando los géneros como hacía Borges para rescatar a la literatura a secas, que hay que ver cuánto y desde dónde se puede se puede allí celebrar. Por lo pronto, si hay algo seguro es que el lector no lo sobrevive del mismo modo que lo abordó, mucho menos ileso desde lo cognitivo y se es mínimamente fiel al autor de Los caminos de la libertad para quien lo estético necesariamente debe comprender al fenómeno del conocimiento. [AR]

12.1.08

6.4.07

SIEMPRE DESPUES DEL FUTBOL

Juan Carlos, en la cocina de la que era su casa, una instantánea familiar.
ASESINAN A UN DOCENTE NEUQUINO

A casi diez años de la dada de baja de Teresa Rodríguez, también durente un conflicto con maestros, la policía del Nequén, comandada por el aspirante a la presidencia de la republica, gobernador Sobisch, un ultraconservador al garate, el miércoles un suboficial neuquino le reventó el cráneo por la espalda con una granada de gas lacrimógeno a Juan Carlos Fuentealba, 41 años, casado, dos hijas, profesor de química en un establecimiento de la capital, en medio de una de las refriegas de las protestas del gremio por mayores sueldos y mejores condiciones de trabajo.

El hundimiento del cráneo, la gran pérdida de masa encefálica y la inmediata entrada en muerte cerebral hizo que al día siguiente se le desconectara la respiración asistida y se certificara la muerte clínica. Todo parece indicar que las aspiraciones presidenciales del ultraconservador Jorge Sobisch, que había derramado cantidad de dinero que habría que averiguar de dónde salió, aunque se sospeche, en locales partidarios en Capital Federal, empapelados, verdaderas giras por los canales con programas pagos a tanto al minuto para llegar a la presidente de la república, coqueteando principalmente con Macri y López Murphy ha tocado a su fin. No así el consabido espectáculo de los buitres políticos, tironeando de las entrañas para ver quién saca mejor provecho de la desgracia, marcha que tuvo el honor de encabezar el gobierno.

Aunque nunca se sabe en un país que olvida tan rápido como comete las tropelías.

Ayer, luego de una conferencia de prensa lamentable, donde le faltó argumentar a la hora de los hechos estaba rezando, la indignación de la gente en la plaza frente a la gobernación fue tal que tuvo que salir disfrazado de cana. Así y todo, los cagaron a cascotazos.

El automóvil en que viajaba la víctima fatal, un Fiat 147, cuyo conductor, al producirse el hecho, entró en pánico, dejó el volante y salió en pánico corriendo campo adentro, era el último de la caravana y muy sobrecargado porque alzaba a cuando manifestante podía y que venía a pie en medio de la defenfrenada represión de los uniformados, su marcha era lenta cuando un testigo de cargo vio como un efectivo, desde unos diez metros tiraba a mansalva sobre la lunetra trasera y le impactaba en la nuca a Fuentalba. La granada produjo destrozos en la calota craneana, pero sin explotar, cosa que hizo minutos después, volviendo ímbproba la labor de los compañeros para tratar de sacarlo y brindarle ayuda.

La ambulancia de estos casos, alineada entre los vehículos de los represores, permaneció impasible, porque su verdera función es auxiliar a los que apalean y matan, no a los seres humanos sin distingos.

Los últimos anuncios oficiales dicen que el autor del disparo había sido detenido y que se trata del cabo 1º José Darío Poblete, con condenas ya cumplidas en el mismo rubro, que por lo tanto tiene antecedentes de cazador de semejantes, pero en la Argentina jamás la cadena de mandos se hace cargo de estos disparates criminales. Seguro que se le escapó el tiro o era policía sin cuenta propia, sin superiores jerárquicos, sin órdenes para reprimir, vio el despelote y se trenzó aprovechando que llevaba puesto el uniforme. De ser acusado formalmente, el peregil, otro ciudano casualmente de la misma condición social que el muerto, va a ser el pato de la boda de la clase dirigente pusilánime.

Los maestros neuquinos decretaron un paro general, para el lunes 9 de abril, inmediatamente se adhirió la reginal local de la CGT y en un hecho hasta si quiere tan insólito como histórico, la cúpula de la CGT nacional decidió un paro total de actividades de las 12 a las 14 del mismo día, como acto simbólico de repudio al ciudadano vilmente asesinado.

18.8.06

UN POQUITO ANTES QUE GALILEO, POR FAVOR

Reproducción facsimilar del aviso aparecido este último 17 de agosto.


AHORA, A SACARLO DE ALLI

Ayer, en la página 63 del matutino Clarín, títulada Fúnebres, por primera vez (que nosotros sepamos), se puso por fin a la luz del día, negro sobre blanco, que Francisco José de San Martín, como era su nombre real, efectivamente pertenecía a la Logia Masónica Urartu N° 442. Debido a este motivo es que la mausoleo donde supuestamente están sus restos mortales se encuentran en una dependencia apartada de la nave central de la Catedral de Buenos Aires. No podía ser de otra manera: se trata de un hereje y no puede estar a la vista de lo que la iconografía señalan como el hijo de Dios y su madre María.

Sobre este particular hay un trabajo más que interesante de Ricardo E. Brizuela, del que rescatamos apenas este pasaje:

Repatriados sus restos en 1880, el asentamiento de los mismos fue un tema complicado: la Iglesia planteó la imposibilidad de acogerlos porque según los cánones apostólicos romanos, estaba prohibido el depósito de los restos de un masón en un lugar consagrado. La cuestión se zanjó cuando se construyó un mausoleo al lado de la Catedral, pero fuera del recinto, aunque con la cabeza del cajón inclinada como símbolo de la predestinación al infierno de aquellos que mueren fuera del seno de la Iglesia.

Esta posición fue producto de primitivos enfrentamientos entre la masonería y la Iglesia (uno de ellos y no el menos importante fue la expulsión de los jesuítas del Rio de la Plata) aunque los mismos masones reconocen la existencia de Dios en su afirmación de respeto al Gran Arquitecto del Universo.

Volviendo a la circunstancia de la repatriación de los restos del Libertador, la misma Iglesia cambió de criterio. Claro que en ese entonces entraron en vigencia múltiples y generosos créditos para reparaciones y refecciones de la Catedral con el argumento que allí se hallaban los restos del héroe.

Las autoridades eclesiásticas encontraron la forma de conciliar las prescripciones canónicas con criterios más terrenales, convencidas por argumentos de peso: así descansan hoy los restos del Libertador en la Catedral de Buenos Aires. [Los resaltados en color no pertenecen al original. Para el resto del trabajo de Brizuela click en el subrayado]

Nos permitimos, con todo el respeto del caso, un reencuadramiento, más que una corrección: al costado, fuera de la Catedral está San Martín, con una continuidad y cercanía que se presta para un fregado y para un barrido, pero ambos sumamente irrespetuosos, intolerantes e inconcebibles. Si se creen dueños de la verdad, que la patenten.

Lo que no parece más apropiado, sin dramatismos cursis como la memoria, el respeto y otras cosas por el estilo, es que los restos de San Martín estén en ese lugar. En Chile, tanto Pablo Neruda como su última mujer, Matilde Urrutia, fueron sacados especialmente de sus tumbas y llevados al pie del banco de piedra de la casa de Isla Negra, donde en los últimos años de vida la pareja contemplaba a diario la caída del sol. Esos fueron sus amores, sus creencias, sus goces, su manera de estar en el mundo y sus compatriotas, empezando por el gobierno, entendieron que el máximo poeta se lo merecía y allí los llevaron, apareado lo que queda de sus cuerpos.


Aunque obvio y perogrullesco, San Martín hubo uno solo y merece estar aparte, no tener que pasar por la nave principal de un templo católico y persignarse los que son creyentes o llevar cientos de párvulos por día y que les entre la confusión en cuanto a algunas ideas, una bruma que permanece y lleva a más que un lamentable equívoco. Un lugar que podría ser cualquiera, como la plaza que lleva su nombre, sobre el Retiro, y no sería para nada delirante El Plumerillo, en Mendoza, aunque difícil que los porteños se dejen quitar algo porque creen que todo les pertenece. Pero el lugar más apropiado sería justamente aquel donde dio comienzo real la epopeya que lo instaló en la historia y ganarse los honores que supo ganarse.


Pero en la Catedral y raleado porque no era del palo, no. Hay que empezar a terminar con todo atisbo de intolerancia. Nadie, desgraciadamente, tiene el monopolio o la patente de víctima. Es cierto que a miles de cristianos se los mamullaron los leones romanos, pero después la Inquisición llenó el cielo de humo con las fogatas de los cuerpos que para ellos no habían sido tocados por la Gracia de su Dios. Hitler argumentó querer mejorar la raza aria a costas del holocausto del pueblo judío y en nombre de semejante barbaridad hay algunos que se creen vacunados de errores, se tiran al suelo clamando por velados brotes de antisemitismo y achicharran palestinos y libaneses como si fueran ratas o piojos.

San Martín tendría que estar por encima de confesiones, logias secretas y otras menudencias que nos han llevado a este estado poco menos que al borde del colapso y la disolución. Por algo se fuera a morir lejos, como Borges. Aparte, como ahora lo confirma el aviso que se reproduce, él había elegido libremente ser masón, como casi el 90% de todos los patriotas que al sur del Río Bravo encabezaron las luchas independentistas contra el colonialismo español que realizó una civilizadora tarea evangelizadora con el genocidio hasta ahora más grade de la historia y el saqueo despiadado de tierras y riquezas, civilizaciones y culturas, con trabucos, lanzas y espadas a la cabeza, píamente escoltadas por la cruz que simboliza la religión de la redención por el amor.

Han venido tiempos de sinceramientos y de poner la paja con la paja y el trigo con el trigo. Si el actual gobierno obligó a bajar los cuadros en los cuarteles de ciertos personajes nefastos, mesiánicos, que instauraron la Industria de la Muerte, los católicos sinceros, los que con fervor pregonan y practican la redención por el amor y amar al otro como a sí mismos, no se pueden permitir esta humillación propia y a sus hermanos de cualquier pelaje.

Es posible que una prueba de madurez cívica del país sea que el día que crea que puede darle las llaves de la casa propia al Padre de la Patria. Y no tiene que ser un acto contra nadie. O, en todo caso, contra las intolerancias del pasado. Si es que pasaron. Porque acá, en El Tío Sol, no somos tan optimistas o tan otarios. Así que ha a empezar, y por el principio, que suele ser lo más aconsejable porque por el lado de la plaza de San Pedro los nubarrones son cada Papa más negros.

14.8.06

SIEMPRE JIBARIZANDO LA HISTORIA

William Henry Gates III°, de perfil y de frente.



¿PRIMEROS? SEGUNDOS, Y GRACIAS

La semana pasado, acompañados en el mundo por la prensa alcagüeta y alquilada, en segundo plano porque sabe que se quema, los muchachos de Seattle pretendieron festejar el 25° aniversario de la primera PC, cuando en realidad se cumplió un cuarto de siglo de la primera PC del Operativo Capricornio, una idea por entonces lanzada en secreto por la todopoderosa IBM asociada a Microsoft para contar con un sistema operativo único, un logro de Paul Allen, en aquellos años socio de Bill Gates, que pichicateó el código fuente del PC/M de Gary Kildare y sacó un engendro llamado MS-DOS. Obviamente, en medio de un zafarrancho de casi 200 PCs diferentes, cada uno con sus sistema operativo, a cual peor, el poderío de la entonces ultrapoderosa IBM, lograron imponerla en el mundo.

Recién en la versión 3.3 de este sistema operativo se puedo hablar de que había tal cosa adentro del hardware que como pan caliente imponía en todo el mundo el Big Blue Brother. Pero la primera PC fue, es y será la Altair 8800, diseñada por Edi Roberts y difundida por el Popular Electronic que editaba Leslie Solomon, The Uncle Sun (El Tío Sol), en enero de 1975.

Este patoterismo cultural, aparentemente anodino y para el chiquitaje, típico de los imperialistas, ya se cobró varias víctimas con el Encarta cuando se equivocaron y cuando pusieron que la raza aria era la superior en realidad no quisieron decir tal cosa y lo mismo cuando vendian una versión inglesa de la batalla de Waterloo, sin mayores variantes, porque ahí ganaban los del Duque de Weelingthon, pero con el mismo desparpajo, por problemas de marketing, pretendieron deslizar otra francesa donde el ganador era el corso Napoleón Bonaparte.

Las adulteraciones de esa famosa (por lo vendida, como siempre) enciclopedia multimedia en lo que hace a adulteraciones del atlas que siempre coinciden por pura casualidad con la visión geopolítica del Departamento de Estado han sido abundamente denunciadas como para insistir.

La primera PC no puede haber sido jamás la primera en su género, en 1981, porque en 1976 ya estaba la Apple I, de Wozniak y Job, que resultó un fracaso, y en 1978 la Apple II, que sigue siendo considerada la mejor que se vaya a hacer jamás. Pero al mejor estilo Goebbels ellos insisten y el periodismo lacayo repite porque los premian con mendrugos de avisos y a los más olfas con viajecitos, alguna notebook y otras regalías.

Así suele empezarse, continuarse y apoderarse. Lástima la cantidad de borregos babiecas que andan dando vuelta y compran cualquier cosa, junto con los jueguitos y las papas fritas.