En homenaje al periodista Leslie Solomon, editor del Popular Electronics, a quienes los jóvenes le decían The Uncle Sun, y que fue el alma mater de la Altair 8800, la primera computadora personal, aparecida en enero de 1975. Se acaban de cumplir 30 años. Todos sus colegas lo han olvidado. El Tío Les no puso nunca avisos ni figuró en la revista Forbes. Se conformó con revolucionar la modernidad. Ahora, el acceso a todas las noticias a 35 años del inicio.
La intrepidez y el aventurerismo no tienen nada que ver con el coraje y la valentía. Un poco se parecen, pero nada más. Para un país entrenado para vivir en una crisis crónica el momento, sin embargo, es delicado. El gobierno no necesita oposición porque se tiene a sí mismo. Y la oposición no necesita gobierno porque están lo más entretenidos en el Don Pirulero, donde cada cual atiende su juego y busca las mejores localidades para las elecciones del 2011. El discurso de anoche de Néstor Kirchner, en medio de la maratón oral que con su mujer han lanzado a diario, vapuleando por enésima vez a Daniel Scioli e intimándolo a que dé nombres y apellidos a los que le tienen las manos atadas en su lucha contra la inseguridad bajo ningún punto de vista resultó una novedad cuando lo tuvo los primeros tres meses de gobierno, en el 2003, como vicepresidente, y ni siquiera lo atendía por teléfono. Pero ya es demasiado.
Cuando algunos índices de consumo, recaudación fiscal y comercio exterior indicaban cierto respiro para la gestión Kirchner II, una ola de salideras bancarias a cargo de motochorros, el baleo de una embarazada a punto de parir y la pérdida del bebé, una verdadera maratón a cargo de colectivos como superpetroleros matando gente todos los días y unos medios masivos de comunicación tan o más desaforados se han agregado a una ofensiva gubernamental contra el Poder Judicial que cuesta creer. Después de exhibir el logro de haber acabado con una Corte Suprema menemista de 9 miembros y mayoría automática, puestos en sus lugares algunos miembros por una prestigiosa currícula académica, el redoblar los esfuerzos en el tema de los derechos humanos aunque con treinta años de tardanza hizo sapo con el Síndrome Blumberg en el 2004, con movilizaciones masivas contra el garantismo que le hicieron temblar la pera a todas las autoridades y ahora, anoche, el mismo Kirchner, abogado, se tira de frente contra los jueces que dejan salir a los delincuentes por la otra puerta de la ingresaron. En el medio, claro, instauró un Consejo de la Magistratura aprovechando el tiempito que tuvo de viento de cola y poner en los lugares vacíos personajes a su gusto y semejanza, sin contar con que cualquiera que se quisiera retobar tenía una pistola apuntándole que iba a ir a parar al banquillo de los acusados.
Si hace seis años el clímax se alcanzó con el asesinato del joven hijo de un ingeniero que resultó no ser ingeniero y se convirtió en referente del proverbial miedo de las clases medias, base social de cuanta fachistonada ha tenido lugar en el país, ahora resultó ser el mortal resultado de una salidera bancaria en La Plata, donde una joven embarazada fue seguida desde el banco donde retiró 10 mil dólares, atracada en el momento de llegar a su casa, casi en pleno centro de la capital bonaerense, y baleada en la boca, cuando estaba en el suelo y había entregado el dinero. La cesárea con que se indujo el parto no pudo hacer nada para que el bebé muriera antes de una semana y el Caso Píparo se convirtiera hasta ayer, en que a la mujer de 34 años le dieron el alta, en primera plana de todas las noticias. Hay siete detenidos ya con prisión preventiva y muchos más interrogantes de fondo. Primero, semejante cantidad de gente para tan magro botín y segundo que un marcador al que le dicen Pimienta, cuando cayó porque lo buscaban hasta los bomberos, lo primero que hizo fue buchonear las conexiones policiales de su jefe. La mujer es empleada del Ministerio de Seguridad de la provincia, nada menos, y a pesar de lo conmocionante del hecho no dejó de llamar la atención el despliegue que incluyó al propio gobernador, el ex motonauta Daniel Scioli. El marido se negó a mantener todo contacto con la prensa hasta que su mujer no saliera de terapia intensiva y cuando eso sucedió dijo al aire, nada menos que en Canal 13, del Grupo Clarín, que la máxima autoridad provincial le había confesado que no podía hacer nada porque tenía las manos atadas. El baldazo de nafta en medio del incendio se hizo sentir. Ayer la víctima fue dada sorpresivamente de alta, no volvió a su departamento con el argumento del impacto de encontrarse otra vez en el lugar de los hechos y con tantas otras cosas hirientes, como la habitación que iba a ser para el chiquito, la ropa, etc., pero antes de las dos horas la tevé interrumpía las trasmisiones ordinarias para dar cuenta de un operativo policial en el lugar ante la denuncia anónima que el agua de la casa estaba envenenada... Todo esto casi simultáneo con las órdenes perentorias del ahora diputado Kirchner al gobernador para que dé los nombres de los que le tienen atadas las manos. La línea argumental del Poliladrón era mucho mejor, tenía mayor jerarquía y sobre todo, verosimilitud y credibilidad.
La modalidad salidera bancaria a cargo de jóvenes motochorros constituyó a lo largo de este último mes una verdadera ola multiplicada por las facilidades de las cámaras de seguridad y la entrega del video a los canales de tevé. Inmediatamente los paneles contaron con especialistas, las cifras acumuladas eran alarmantes y anteayer, luego de cabildeos y retaceos de la banca oficialista, la Cámara de Diputados aprobó un proyecto de ley para dotar a las entidades bancarias de algunas medidas preventivas, pero donde es más el ruido para la única realidad vigente, como es la mediática, que para los hechos. Del mismo modo, los paralelismos con lo sucedido en 1985, cuando el asesinato policial de Adrián Scaserra (15) en la cancha de Independiente desató una maratón jurídica para tapar el supuesto bache legal y por unanimidad dieron a luz la célebre Ley De la Rúa que iba a acabar en poco menos de 48 horas con el flagelo, que se sepa, ni en el TXT ni en la reglamentación, se contemplaba el charteo cuasi oficial de unos 300 al Mundial de Sudáfrica bajo el formato de una ONG palanqueada desde el oficialismo sin tapujos. De entonces a hoy salieron dos leyes especiales más y hay cuatro proyectos durmiendo el sueño de los justos en algún cajón del escritorio de sus autores.
Sin temor a las exageraciones ni generalizaciones se puede decir que jamás en la historia contemporánea, desde el Martín Fierro, los jueces han recibido semejante garroteada. Violadores con condena a los que les da prisión domiciliaria en la casa de al lado del menor sodomizado, homicida quíntuple, nacido en España, condenado a perpetua, que aparece a los 13 años volviendo de su país natal y comienza a amenazar al único sobreviviente de la masacre sin que nadie atine a contestar por cuál motivo lo dejaron salir y, más todavía, cómo pudo entrar con semejantes antecedentes, cárceles y comisarías rebalsando de detenidos, juicios orales que terminan en batallas campales por la disconformidad de una de las partes ante irregularidades manifiestas y otras perlas han irrumpido como si fueran un caño roto. El telón de fondo son las manifestaciones, sobre todo el conurbano, a la hora de los telenoticieros, reclamando justicia sobre todo por la muerte y/o violación de menores.
La policía ya ni siquiera es cuestionada. Ni siquiera nadie se toma el trabajo de recordar que el encubramiento de uno de los nuevos zares de la tevé, el actor, director y productor Adrián Suart se debe a la teleserie Poliladrón cuando tenía nada más que 26 años y corría el año 1994. Desde el título nomás no necesita un ensayo semántico y semiótico para explicarlo, menos que menos que uno de los sesudos críticos intelectualosos del género. El subtítulo, ahora, visto desde el tiempo, es revulsivo: Una historia de amor... Para colmo, en un tire y afloje en las administraciones nacionales y ex municipales, la negativa a dotar al nuevo estado autártico de una policía propia llevó a la creación de una nueva que debutó con una PyME de escuchas clandestinas y a exonerar nuevos miembros casi como los que tomaba, dado que los antecedentes que sacaban a relucir eran, en el sentido estricto del término, antecedentes.
Es bastante parecido a la dislexia un gobierno que entre los megaindicadores del crecimiento industrial se regocije con la industria automovilística cuando es la mayor causal de muerte, un verdadero autoexterminio argentino, y el trazado de calles, avenidas y autopistas ha colapsado de tal modo que los canales de noticias tienen servicios informativos especiales no se sabe para qué, ya que ningún modelo de auto viene con televisor y si está prohibido usar el celular, lo cual no quiere decir que se lo respete, menos un modelito con acceso a Internet y mirar de reojo, por allí, tevé en vivo. Con gobernantes que han hecho un estilo hablar de inundación cuando el agua ya está en la cumbrera del rancho y reaccionar a todo con discursos, ser curadores de palabras, enojarse con la prensa no sin asistirles algo de razón, pero los caracteriza a ellos ser ponedores de titulitos, no cumplir y cualquiera se atiene a la propaganda oficial hay una Nueva Argentina paradisíaca montada por un equipo de especialistas en comunicación a costos siderales. El pobre Guy Debord nunca pudo pensar hacer 40 años que la mejor representación de su anunciada Sociedad del Espectáculo iba a tener su escenario en un país del fondo a la derecha, si se mira el mapa desde París.
Los dibujos del INDEC se van a pagar caros no tanto por los costos económicos que van a acarrear, sino por las hijuelas socioculturales que va a dejar. La mentira oficial con desparpajo no es moco de pavo. Hacerse una costanera de 6 kms. a orillas del lago Argentino para revitalizantes caminatas que saquen el estrés del poder, a un costo de 50 millones de dólares, deja la pista para Jumbos que el Chango de Anillaco hizo para exportar aceitunas a la altura de una travesura adolescente. Sería hasta gracioso si en el medio no se hubiera producido semejante ensanchamiento de la brecha entre ricos y pobres, la concentración del capital y la riqueza en pocas manos, sobre todo algunas nuevas de los amigos del Poder, y la droga se haya enseñoreado como un artículo de consumo diario, accesible a cualquier borrego del conurbano y en las últimas elecciones no hayan aparecido cheques provenientes del Delito Organizado.
La coyuntura es grave. Pero precisamente porque no es coyuntura sino estructura. La característica esencial del fenómeno, como es lo invertebrado, las reacciones disparatadas e inesperadas, se completan con la ubicación de la doctora Cristina Fernández como una de las diez mejores líderes del mundo. El aserto corrió por cuenta del último número del semanario Time y no hay por qué dudar de su honradez intelectual. Lo que sería bueno es que pusiera a la luz del sol los criterios utilizados para evaluar y llegar a semejante conclusión.
La exasperación, los insultos, el descrédito reemplazando al razonamiento, la facción a la tendencia o al disenso, el pasionismo a la elaboración crítica, indudablemente, remite a la primera etapa de la gesta peronista. Ahora es sabido por todos que la historia no se repite. El mayor problema es que se parece.
El título de esta entrada esta tomado de una frase textual de un barra brava de Vélez Sarsfield definiendo a la violencia futbolera y recogida por Ernesto Vadini, fallecido hace poco más de un año, en Crónica de una hinchada (1982), la única obra de ficción que mira el fenómeno desde adentro y nunca lo premiaron con viajes y entradas gratis.
Ayer, poco antes de las 14:00, se cumplió exactamente un mes del derrumbe de la mina de oro y cobre San José, cerca de Copiapó, en el Norte Chico chileno, donde comienza el desierto de Atacama. Lo tan temido, tan anunciado tantas veces, por fin se producía. 33 hombres, de 19 a 64 años, quedaron allá abajo, las primeras cuatro horas en medio de una nube de polvo que casi los asfixia. Pasado el sofocón, mineros de toda la vida, buscaron la chimenea de ventilación para salir de ese pozo a casi 700 metros por debajo de la entrada al socavón y a 100 metros sobre el nivel del mar. La ortodoxia dice que es el escape lógico. Pero a poco de trepar, la escalera se terminaba quizá por un simple cálculo de costos y beneficios y por más que trataron de seguir como las arañas, a los pocos metros ya no había nada que hacer. Allá arriba, a 500 metros sobre sus cabezas, un pequeño orificio luminoso, color celeste, les marcaba donde estaba el cielo y la salvación.
Tuvieron que bajar. Es estremecedor solamente pensar aquella primera noche, con 36º de temperatura, agua hasta las rodillas y la frugalidad que se impusieron de dos horquilladas de tenedor con jurel -el pescado más barato, una caballa sosa, para los pobres-, y medio vaso de leche en polvo disuelta en esa agua no potable cada 48 horas como festín para sobrevivir lo máximo posible. Las diarreas fueron el primer flagelo. Y, por supuesto, aunque ahora menos, la total oscuridad paliada en algo por los focos de los vehículos que habían quedado con ellos.
La situación material, salvo permanecer en el lugar, ha cambiado drásticamente. Tienen poleras y bermudas de algodón, medias especiales contra los hongos, calzado, se afeitan, usan desodorante y dentífrico, camas inflables. Se entretienen con Play Station, proyectan videos que les mandan en chips, mantienen videoconferencias con sus seres queridos y autoridades, 74 palomas diarias suben y bajan con víveres, vituallas y mensajes. Ahora van a tener tevé en directo, ven los partidos del Cobresal en diferido y en una de esas en directo van a poder ver la presentación de La Roja dirigida por el Loco Bielsa en Ucrania.
Con Internet a la velocidad de la luz ayer guardamos deliberadamente silencio como conmemoración válida de entrecasa. La información empezó a decir desde la mañana temprano que fue una verdadería romería la marcha de Copiapó a la mina en todo tipo de vehículos, descontando los que no se mueven del Campamento Esperanza que levantaron familiares, funcionarios y rescatistas desde el mismo viernes 6 de agosto. Cerca de las 14:00 en el lugar y en todos los lugares poblados de la larga lonja de tierra entre la cordillera y el océano el aire se llenó primero con la canción nacional chilena y luego los bocinazos. Ellos se deben haber abrazado y llorado. ¿El famoso milagro del 22 de agosto, cuando se constató que estaban vivos, ya se ha devaluado a una desgracia con suerte?
En el video que abre esta entrada el minero sobreviviente apenas unas semanas antes de la catástrofe, sin dramatizar, habla muy claro del informe de situación no solamente en la San José. Para tratar de vivir un poco mejor los mineros deben decidiir afrontar cotidianamente lo peor. La información es confusa y se habla de un mínimo de 200 dólares a un máximo de 1600. Eso los convierte en asalariados privilegiados en un Chile con una media de 250 de ingreso promedio. Pero las miserias humanas necesariamente afloraron junto con la tremenda solidaridad y los grupos familiares comenzaron a quebrarse, sin contar el lugar común reidero del que se le destapó que en lo amoroso corría a dos puntas y las dos siguen firmes, esperando apropiarse de lo que ciegamente creen que les pertenece por derecho propio desde siempre y para siempre. Otros grupos familaires también se disputan y tironean los plus de las ayudas que han llovido. Estremecedor es el hecho de una adolescente, hija de un matrimonio anterior del minero que está allá abajo, ella con tres medio hermanos producto de la unión de su madre en la nueva pareja, y que se presentó ante la prensa y el campamento como la verdadera hija, no tanto para apropiarse indebidamente de alguna donación como de la eternidad de las imágenes y la ilusión de la consideración de tener un padre famoso, fuera del seguro NN de las estadísticas.
Cosas del encierro, a uno le ha aflorado la vena poética, el de la bitácora del principio sigue con los apuntes diarios y de España le llueven ofertas por la exclusividad de los originales, pero hasta se están terminando de mudar unos 3 kilómetros más abajo, 30 metros más hondo, para mejorar las condiciones del bendito refugio, y se han dividido en tres grupos con sus líderes naturales, manteniendo una actividad organizada de unas 12 horas diarias de trabajo organizado. El recuerdo de esta efeméride, que será borrada seguramente por la del día de la primera salida a la superficie, si es que antes no ocurre algún otro acontecimiento, se dio con el marco de una situación drásticamente mejor y aunque está dentro de lo probable que puedan surgir inconvenientes, las nuevas condiciones materiales les va a permitir hacerles frente mucho mejor pertrechados.
Corrección: pertrechados, simplemente. Porque hace un mes estaban en bolas y a los gritos, como Tarzán, inaugurando para la especie humana un acontecimiento inédito que ninguno de ellos hubiera elegido si les hubieran preguntado. "La mina tiene una falla geológica, del lado de adentro de la montaña", le explicó el ex minero Dartéz, con una pierna menos, al movilero de la tevé. "En uno de los bordes hay un precipicio interno inmenso: tirás una piedra y no cae nunca. Otro error es que al agua que se tira no la sacan toda de la mina, sino que se la arroja en el nivel 335, en una especie de laguna, y eso es fatal porque se filtra y empieza a romper el pegamento entre roca y roca”.
Los funcionarios han tenido que empezar a arbitrar para dividir los ingresos en disputa. La sobrevivencia antes del 5 de agosto último permitía tener bajo tierra no a los minerales, sino a cantidad de irregularidades en las relaciones humanas de muchos de ellos. Ahora han aflorado, lógicamente exacerbadas por la situación dramática que está lejos de haber desaparecido a pesar de los cambios para mejor que se han operado. La avalancha informativa, desordenada, no autocensurada pero sí aplacada por la ideología natural del stablishment que lleva todo periodista adentro, por ejemplo, ha dejado pasar de largo la cantidad de mujeres, casadas legalmente o no, concubinas, amancebadas, amantes part time, lo que sea, que son temporeras en la recolección frutihortícola de la zona, la otra riqueza junto con la minería. Con la llegada salvadora del pinochetismo, que le sacó a Chile el fantasma terrible del comunismo, se aquerenció en Chile, particularmente en la zona donde ahora ha sucedido esta desgracia como si antes hubiera sido una sucursal de Disneylandia, la United Fuit Co., un nombrecito que los mejor informados no sentían desde los '50, en las novelas de Miguel Angel Asturias, como sinónimo mismo de países bananeros, superexplatación, imperialismo, etc., etc. Con ella llegó la tecnología de punta, los abonos a la tierra y los pesticidas para que cada metro cuadrado de tierra rindiera al máximo. También, claro, llegó la contaminación ambiental. En los primeros años de los '90, sin tanta prensa como las bondades del neoliberalismo, la OMS en Chile registraba 30 mil nuevos seres con tres brazos, muñones, sin piernas, un solo ojo, etc. Humanoides, si se quiere buscar un califactivo no muy inclemente, porque mejor no hablar del sistema neurológico que los convertía en células con algo de vida.
El nuevo fenómeno social fue el de las temporeras golondrinas, en una zona central de Copiapó hasta Temuco, en una cantidad que oscilaba entre 30 mil y 40 mil mujeres jóvenes, medio difícil censarlas arriba de las cajas de los camiones y una chatarra de buses que las transportaban de un lugar a otro con un precario mono al hombro, las más pudientes con una rotosa valija de cartón. El resultado era algo conocido pero invertido en materia de género. El único franco de la semana consistía en pasarlo en el boliche del pueblo, mamarse, conseguir algo de sexo como se pudiera y darse también con lo que se pudiera, armas blancas y botellas preferentemente. En estos casos se impone la intervención de la autoridad y los carabineros, no caracterizados nunca por los buenos modales con los pobres, se encontraron con el atavismo de que no es lo mismo moler a palos a una mujer que a un hombre, sobre todo con algunas que habían aprendido a pegar y tener la potencia de Mike Tyson, cuando en el mejor de los casos, entre dos o tres las tiraban al piso y las reducían, al pretender arrastrarlas para su detención se encontraban que unas manos como garfios se le metían entre las piernas y en cualquier momento podían terminar como el zángano que goza del postrer honor de poseer a la abeja reina. Testigos presenciales, no sin humor, narraban batallas épicas, dignas de cualquier superproducción norteamericana rememorando la antigüedad que se había vuelto realidad cotidiana y contemporánea. De eso no se ocupó mucho nadie. Ni la prensa chilena ni la extranjera. ¿Ya pasó?
Las ganancias de la United Fruit Co. y sus sucedáneas chilenas, de la Anaconda y de la San Esteban, dueña de la San José, sufrieron un incremento cariocinético en sus ganancias. Chile pasó a la vanguardia en la exportación de minerales, sobre todo el cobre, salvo la etapa pálida del bajón en la cotización internacional, y sus frutas, consecuencia de un tierra ardiente y también rica químicamente, se distribuyeron por toneladas al norte del Ecuador dejando un balance más que favorable en materia de comercio exterior. También subieron al podio. No había como el monetarismo de los Chicago Boys.
Ayer hizo un mes del derrumbe en la veterana San José, que tiene un siglo de vida y ha conocido todos los sistemas de explotación. Del mineral y de los hombres, se quiere decir, pero siempre dando sus generosos frutos en materia de depósitos bancarios. "El tiempo pasa", como en la canción de Pablo Milanés, y no tanto nos vamos poniendo viejos, como constata el cantautor cubano, sino que la situación esencial del ser humano no parece cambiar de manera tan acelerada como la tecnología, por ejemplo, que permite ahora este tipo de comunicación. "Los tiempos y las distancias me arriaron lejos", cantó el entonces joven Atahualpa Yupanqui en la década del '30 a la moza del Porzuelo, "lo que ayer fue esperanza, hoy es recuerdo." Y cuando menos se lo quiera acordar, Los 33, como ellos quieren que los llamen, también pasarán a engrosar ese paisaje tan poblado de la memoria.
Ojalá sea pronto para evitarles en lo posible todo sufrimiento humano. Pero lo que hay que tratar de acordarse es que en las primeras jornadas, cuando todo era angustia, confusión, esperanza desesperada y demás, porque el drama minero es viejo y así lo dejaron asentado Jaime Dávalos y el Cuchi Leguizamón. La prueba está en el clic a la consolita de abajo con el Dúo Coplanacu.
MOTIVOS POR LOS QUE EL POETA HIZO LA PERA EN VIVO Y EN DIRECTO A LA CITA EN SU ALDEA NATAL
por Amílcar Romero
Esta mañana, al cumplir el ritual diario, insípido como todo ritual, de abrir el mailing con las últimas noticias, me encuentro con el para nada amable moquete del titulito que anunciaba textualmente, lo más orondo con toda esa rotundidad que suelen tener las palabras, sobre todo las impresas:
A los 69 años, murió el escritor Rodolfo Fogwill
Primero que nada, Rodolfo Enrique, si vamos a las puntualizaciones documentales de un mundo donde a los chicos se le ponen dos nombres y al segundo se lo tiene para joderse la vida cada vez que se debe llenar un formulario o una solicitud de crédito. Además, si vamos a una decisión personal que tuvo alguna repercusión pública en su momento, siempre sospeché que por razones más urticantes que las frívolas o epatantes que querían demostrar, Fogwill a secas. Había decidido cagarse en cualquiera de los dos primeros, una decisión que no lo había tenido como protagonista, mucho menos como creador. Una especie de circuncisión nominal no demasiado habitual en un país recurrentemente demasiado habitual. Por lo demás, como si fuera poco que escribir tonteras es gratis y no hay que pedirle permiso a nadie, me acabo de meter en la red para dar cuenta que Quique, ni Rodolfo, ni Rodolfo Enrique, ni Fogwill pelado no van a estar más. Es de una simpleza que espeluzna. Me acuerdo cuando lo conocí a Bioy y sin un terror para nada aparentado se llevó por delante con la idea de la muerte y concluyó con que al fin y al cabo era eso, no otra cosa: nunca más todo. Al inventario precario, improvisado le agregó versos de Shakespeare y los pechos de una mujer. Me preguntó si recordaba el cuento de Horacio Quiroga, creo que A la deriva, donde el protagonista agonizante se va acercando a ese punto. Bioy terminó sumamente angustiado. Pero por otro lado, tranquilizaos, no voy a hablar de literatura. No piesno. No soy quién a pesar de que tengo un mínimo de conciencia de lo que significa este hecho íntimo, normal, biológico, socrático, como es morirse y que a mí todavía no me ha ocurrido, lo que le habría evitado a la red cargarse con más gansadas de las que tiene multitud de caños rotos, arroyos maldonados con torrentes de boludeces y redes sociales. Ya habrá voces autorizadas, mejor dicho, socialmente consideradas autorizadas para hablar sobre el tema y de paso salir en la foto a upa del prestigio del otro, del que crepó y no puede decir más ni pío. Mi relación con el hecho consiste, primero que nada, en lamentar muy francamente que se haya producido casi 24 horas antes del regreso de Quique vivo a su pago natal, a nuestro pago natal, a leer poesías en lo que durante toda nuestra vida fue el Palacio Municipal de Rivadavia y Sarmiento, hoy sede de un museo y de la Casa de la Cultura, dependencia oficial que sabe disimular bastante bien una tara genética de ese tipo. Los dos hechos están ligados y estúpidamente por razones personales sospecho que hay más de una causa. Lo voy a decir sin anestesia ni más meandros: Quique se murió sin volver a su Quilmes natal, vivo, se quiere decir, como hecho postrero, dato que a los universalistas de la literatura, estoy seguro, les produce un gesto de asco, por lo menos de desdén que se saque a relucir semejante pelotudez. Y cursilona, como si fuera poco. Hasta con cierto tufito freudiano, si se quiere. Pero ocurre que el Quique al que aludo, visión totalmente barrial que tengo de Fogwill, no la puedo ni quiero eludir porque buena parte de nuestras niñeces transcurrieron más o menos juntas, o por interpósitas, algo que no se puede y no tengo por qué arrumbarlo. Y además fue a ese Quilmes al que no podrá llegar de vuelta mañana por sus propios medios se debe a que no ha sido justamente por una decisión propia, aunque sí, que si antes no había vuelto, fue por decisión propia. En primer lugar, pienso, porque le importaba un carajo y haber nacido en Quilmes o en Calamuchita le debe haber dado lo mismo, jamás debe haber tenido importancia alguna para su historia personal y una carrera que hoy lleva a hablar públicamente de su trascendencia sin que el pago chico haya tenido algo que ver porque creo que a lo largo de toda su obra ni siquiera lo nombra o si lo hizo fue tangencial. Quique Fogwill se circuncidó el lugar en que nació muchísimo antes que el Rodolfo Enrique. [No es tanto así. Sin desfallecer en el rastreo y leyendo de través, como dicen hoy en las editoriales que él tanto odiaba, hay un TXT donde aparece una mención por lo menos explícita y tenía que venir por el lado del agua, como no podía ser de otra manera: "El sabalero entra al cuartel contando como propia cualquier historia que le sintió decir a un marinero o a un peón de muelles que como él mismo nunca tripuló nada más allá de los playones de Quilmes, o de la Banda Oriental del Uruguay en el mejor de los casos", una referencia más que tangencial y aludiendo a una pesca que se hacía en busca de ese aceite denso, con un tufo rechazante, asqueroso, que rezuman los sábalos, a los que se arrastra con redadas de fondo, combinando botes y caballos justamente por lo poco que siempre calaron esas playas desde nuestra Rambla hasta el Boca Cerrada, en la Selva Marginal, pasando por lo más hondo de la bahía, a la altura de Hudson.] Me consta. Este verano, en una cabaña de Mar Azul, con uno de los responsables de este (ahora) abortado retorno por medios propios, quilmeño paladar negro, integrante de uno de los grupos organizadores, mentiría si de Araca la Poesía o El Ojo de la Ballena, aunque creo que del primero, de sobremesa y botellas tres cuartos entre nos, salió el asunto de la quilmeñidad, mejor dicho, de la ostensible no quilmeñidad de Fogwill. Los que recordábamos hechos puntuales de la infancia, más allá de las fechas, un poco concluimos que Quique en realidad nunca fue quilmeño. Ni tampoco de su aparente antagónico, el internacionalismo proletario que por unos años se extendió tipo sarampión. Estuvo signado por algo que equívocamente podría ser descrito como una universalidad para uso personal, quizá para refugiarse de tanta soledad que siempre le costó cargar. Para los que estábamos allí, bastante antes de terminar con el stock vinífero, definir la singularidad de nuestro lugar de nacimiento, el comienzo del entretejido de nuestra identidad social, como le hubiera gustado decir al Licenciado en Sociología Rodolfo Enrique Fogwill (UBA), estaba inevitablemente asociado a una niñez con un reloj colectivo, no de los que usa el común de las gentes: a las 07:00 y a las 11:00, a las 13:00 y a las 17:00 la sirena de la cervecería cruzaba el aire con su sonido de remiscencias marinas y un aluvión de 5 mil obreros, a pie o en bicicleta, era absorbido o vomitado por los portones que daban a la calle 12 de Octubre, la de los corsos de carnaval y la de las vías del tranvía 22 de Retiro que iba hasta la costa y que allí se desviaba para de noche en tranways planos, con verdaderas jorobas de cajones, camellos traqueteantes con la campanilla de alarma, llevar el líquido elemento a la Santa María de los Buenos Ayres. Como si fuera poco, no había semana que el viento del este y del sudoeste no impregnaran el aire del aroma denso, tibio, hasta pringoso, de la malta y la cebada. Son signos imborrables, más allá de la inserción social desde donde nos tiraron al mundo, nivel cultual y aspiraciones. Porque la palabra sudestada, para nosotros, nunca fue una palabra, a lo sumo canoas tiradas por mancarrones, cargadas de mujeres tapadas con lonas y las pocas pilchas que querían salvar, más el olor a perro mojado que adquiría la gente y esas caras de mansa tristeza y resignación.
Mañana lunes, en un recital de poesía a las 20:30 para el que se rogaba puntualidad, como reza el afiche que se reproduce a la cabeza, un edificio con toda la pompa francesa de nuestra mejor etapa de tirar manteca al techo, está en lo que los lugareños, mitad en joda y mitad en serio, llaman La Manzana de las Luces de Quilmes, pegado a la Escuela Nº 1 Bernardino Rivadavia donde Quique cursó la primaria por la época que Evita fue a reinaugurarla en un revoleo que sacó a toda la ciudad a la calle a pesar de ser día laborable de semana, y el otro edificio, dejando a la espalda al Río de Solís y yendo para el poniente, en la esquina está la Catedral consagrada a la Inmaculada Concepción, patrona del distrito, por lo que todos los 8 de diciembres o tomábamos la comunión o la sacaban a pasear cada más esmirriados cortejos de veteranas empobrecidas en número y empobrecidas de mantillas que en algunos tiempos supieron ser suntuosas, tipo parapeto en la plaza de toros, y que hoy la mayoría de las veces son reemplazadas por democráticos y pobretones pañuelos. Enfrente, sobre la plaza principal que denota el origen pueblerino que Quilmes se niega a abandonar a pesar de sus 700 mil habitantes actuales, todavía no se había montado una feria de artesanías donde resaltan las velas de todos los colores y los precios. Ahora, las cursilerías turísticas para folleto municipal se terminan cuando se saca a la luz que a la Catedral la levantaron los idólatras quilmes que fueron desnaturalizados y traídos a pie en 1666 por don Alonso Mercado y Villacorta, por orden del vasco Juan de Garay el arzobispo de la entonces Santa María de los Buenos Ayres. Allí, en esa manzana donde Quique no alcanzó ni alcanzará nunca a leer algunos de sus poemas, como tampoco a cumplimentar el rito quizá huero que alguna canción popular consagra que siempre se vuelve a los lugares donde se amó la vida, abajo de la Catedral, de la escuela donde fue de guardapolvo blanco y el Palacio Municipal creo que Art Noveau, están enterrados los quilmes, entre ellos la cacica de caciques Isabel Pallamay, única en su género al sur del Río Bravo e hija del mítico don Martín Iquín, quien el lunes 26 de octubre de 1665 por fin se tuvo que rendir incondicionalmente al sitio que la había impuesto Mercado y Villacorta para doblegarlo por hambre y sed en el pucará y así capear la temible guerra de guerrillas con la que le había resistido tantos años. A la red he subido por otros motivos, pero viene a cuento, un parte de guerra colonialdel susodicho que es bastante ilustrativo sobre nuestro pasado, al que seguramente Quique conocía más de lo que uno puede presuponer prejuiciosamente y a la mayoría le importa un comino, que es lo más juicioso. Como sería terriblemente injusto, debido a todas las cosas que dejamos de saber, que ignorara después de dedicarle la vida a tratar de comprender la sociedad y su funcionamiento, como también las multiplicadas connotaciones de las palabras, como sentenciara Borges, que al día de hoy no se sabe qué quiere decir quilme, no quilmes, porque a la ese la trajeron los gallegos, ni en qué idioma porque se ha perdido todo rastro y, como ironiza alguna catedrática tucumana, vaya uno a saber en qué museo europeo nos vamos a encontrar algún día, de casualidad, con las claves, si es que las encontramos y no las tiraron como trastos inútiles de tan vetustos. Como tampoco su origen porque los quilme nunca fueron de los Valles Calchaquíes, lo más cerquita Copiapó, del otro lado de los Andes, como lo dejó anotado el jesuita Lozano (ir a la referencia), y más que probablemente todavía del otro lado del Pacífico, la Polinesia o China, con diez mil años de cultura, como dejaron apuntado Felipe Nieva de la Universidad del Tucumán, o el autodidacta Roberto Bravo, de Cafayate, quien comenzara con estos menesteres de escarbar la tierra en Aimaná, cuando con Quique recién nacíamos o estábamos en trance de hacerlo. Para uno de los poetas de los grupos que organizaron el ya abortado recital de mañana, "la tragedia de los quilmes es uno de los secretos mejor guardados en la historia de América" y que es el único caso de paraje, población, pueblo o ciudad "que lleva el nombre de los vencidos". Ver el prólogo de Marcelo Marcolín a La huella de los quilmes, libro de Carlos Patiño, donde también insiste en que eran del sur del Perú.
Para los cabuleros queda cómo se van a cruzar estos orígenes y la muerte de Quique. Cada cual que abreve de donde guste. De todas maneras, la fundación de la Reducción de la Santísima Trinidad y los Indios Quilmes, sobre unos bañados de más de 10 mil hectáreas que le compraron y canjearon a don Juan del Pozo y Silva, abuelo de Cornelio Saavedra, obedeció a más que cristianos y loables propósitos: aprovechar las excepcionales condiciones de la dureza y extensión de los bancos de arena de las playas que también van a atraer a los ingleses para desembarcar la primera vez y que en una de esas le trajeron a Quique más de un dolor de cabeza jineteando uno de los tantos veleros que tuvo, pero en aquel entonces no era para solaz y esparcimiento de los practicantes de yatching sino para introducir contrabando de artículos suntuarios burlando la desde siempre pobre custodia y control oficial, matizado con el negocio de los esclavos africanos negros que regenteaba en el entonces imperio holandés. Ese lecho excepcional por lo poco que cala, cuando un poco más adentro, en el Canal Internacional mantenido a dragado puro anda por los 26 metros, fue decisivo para que el irlandés charteado como almirante de la independencia, Guillermo Brown, con dos cascarrias que apenas si se podían mantener a flote, pero con gran capacidad de maniobra y algunas otras cosas, se metiera por entremedio de los formidables cruceros de los siempre odiados ingleses, que no podían maniobrar porque o panceaban contra el fondo o se quedaban medios varados, y ahí les daban hasta con las alpargatas, inagurando lo que bien podría constituirse en la primer guerrilla flotante, y la batalla de Quilmes gozar de los sobrados méritos propios que tiene para figurar como una proeza inmaculada. Ver detalles.
En los '90, el primer relevamiento arqueológico, a poncho como siempre, debajo de los pies donde iba a leer poemas y donde concurrió a hacer los primeros palotes, salieron a relucir las osamentas, la orfebrería de metal con que se adornaban los pechos sobre todo las mujeres, licores europeos escondidos de las requisas, cerámicas que reconstruyeron con la arcilla blanca de esta orilla la original de los valles ya que alcanzaron a levantar entre seis y ocho hornos para cocinarlos luego de pintarlos con su iconografía heredada a través de la tradición oral y abajo de la principal librería céntrica, la de El Monje, a menos de dos cuadras de la catedral y a 9 metros de profundidad, maxilares con los molares gastados hasta el borde del hueso, lo que para los antropólogos forenses de la Universidad de La Plata es de sobra demostrativo de las hambrunas, de que trataban de saciarse el hambre chuponeando los cueros de vacunos y caballares hasta dejarlos como una badana.
Caja chica, le dirían después, de la que andaban escasos Su Eminencia Reverendísima, el vasco y Mercado. Ahora ocurrió que las volteretas que da la historia hizo que en esa catedral se llevara a cabo la primera reunión de las Viejas Locas, cuando la cosa ardía en serio, pero a cargo de la diócesis estaba monseñor Jorge Novak, no el sotanudo colonial y colonialista que asentaba su sebosidad frente a la Plaza Mayor y el Cabildo, posiblemente también de la orden de los mercedarios catalanes.
A Quique, si tuviera que resumir con toda la irrespetuosidad de lo improvisado, más en un momento así, lo conocí desde siempre porque eran esos años de la infancia de los que se tiene memoria, pero no conciencia. No sé si era exactamente su casa natal, pero él vivió siempre en la mitad de cuadra donde Nicolás Videla se hace cortada entre la avenida Hipólito Yrigoyen y las vías, a dos cuadras de la estación y a la vuelta de la casa de mi abuela donde de forma inconsulta me llevaban casi todas las benditas tardes casi a la rastra. Mi primo hermano, mucho mayor, después médico y también habitué del Club Náutico, paraba con la barrita que se había formado en esa cuadra y que como un contrapeso me tenían que aguantar porque es una época donde la diferencia de edad traza abismos y es motivo de esgunfios varios. Quique, por los mismos motivos, estaba justo en el medio: era el jamón del sánguche. Recordaríamos, ya un poco más grandecitos, pertenecer con legítimo orgullo a esa secta universal de La Soledad de los Hijos Unicos. Quique estaba entre esos otros pibes por un motivo meramente geográfico. Era tan rancho aparte que hasta vivía en el único edificio de departamentos de dos plantas de la cuadra en una época en que vivir en un lugar así, caro y paquete para los valores de la época, era poco menos que ser marciano. El suyo era el del primer piso, con un gran balcón a todo lo ancho, y su pieza daba a la calle. Sus padres eran dos seres sumamente elegantes, sobre todo una madre que bordeaba lo esplendoroso, más que nada en unos maquillajes de camerinos y un vestuario no impecable sino que parecía siempre de estreno, más un aroma que era un halo con un rango considerable de acción, pero ambos resultaban muy ajenos a nuestro ambiente algo más suburbano y marchito. Ellos resultaban casi extranjeros, más esporádicos que visitas del campo. Que cuando mucho, como en el caso de la madre, permanecía a la mañana en la casa, no aparecía hasta el mediodía en el balcón, generalmente en batas que veíamos en los figurines con hojeaban nuestras madres con esos suspiros ante lo vitalmente inalcanzable, y a la siesta, en un auto que la pasaba a recoger religiosamente por la avenida, partía con un rumbo que sospechábamos Buenos Aires, es decir, otra galaxia a pesar de las escasas tres leguas que durante años, ida y vuelta, a pie, Isabel Pallamay se hizo para reclamar por sus derechos reales a la máxima autoridad de su nación y de tener en contra la desconsideración del género, su condición de salvaje idólatra y como si fuera poco el estigma de lo indómito. El padre, en cambio, impecablemente vestido, se sabía apenas que era empleado de lujo de algo que sonaba o se llamaba en extranjero, lo recogía todas las mañanas más o menos temprano un auto con chofer y era el menos visible. Se iba con ese primer sol que sólo tienen las mañanas por muy escasos minutos. Es la imagen más adecuada. Y era un tipo macanudo, agradable, de un trato tan refinado como cariñoso, con el que nos sentíamos instintivamente solidarios y que, llegado el caso, sentíamos que había que ayudar de cualquier modo.
La institución patriarcal ahí, sin embargo, era la abuela. Aquella señora algo rechoncha y de unas canas de un blanco puro como sólo la idealización puede concebir, fue la que realmente lo crió a Quique y las veces que nos invitó a merendar, aunque en realidad, para decir lo correcto, no merendábamos, nosotros tomábamos la leche mucho antes que Piluso, y la agradable señora que siempe había sido casi anciana porque no era vieja en lo que nosotros entendíamos por el término, y ofrecía con absoluta naturalidad un trato tan exquisito como las masas, masitas y dulces con que alfombraba una mesa con un mantel de un blanco tan impecable como sus cabellos. Resulta imposible borrar recuerdos de este tipo y características. Tampoco hay motivo alguno para hacerlo, menos que menos en estos momentos. Quique hacía la suya. Casi siempre andaba solo. Muy raro que se trenzara en uno de los escasos picados que se armaban en ese trecho de Nicolás Videla. Y además era lo que ortodoxa y futboleramente se denomina un tronco. Mucho más de lo que supo ser por méritos propios el autor de esta bitácora, lo cual si ya no es mucho decir, como que está todo dicho. Aparte, era un potentado: no sólo era prácticamente el único que tenía patines, sobre los que rodaba como una alondra haciendo lo que se llamaba La Palomita, sobre un solo pie, torso inclinado adelante y los brazos abiertos como alas, sino que hasta me parece que eran Made in USA o algo así, cosa de oligarcas, aunque en esa cuadra el poder adquisitivo no se caracterizara justamente por lo esmirriado, pero no eran tampoco gente del centro centro histórico de Quilmes y menos de los chalets coloniales de las barrancas o del barrio inglés que circunda al Saint George.
Después que volví a Buenos Aires para estudiar en Filosofía y Letras el encuentro con Quique fue otro. A decir verdad, yo ya no era yo ni Quique tampoco el mismo. El me proveyó generosamente de toda la bibliografía de primer y segundo año para sociología, sobre todo un mamotreto carísimo, impreso a rotrapint, recopilado por Jorge Graciarena, un TXT de TXTs fundamental e iniciático donde, por ejemplo, un aprendía que en las sociedades hay un orden normativo y un orden fáctico. De lo dicho al hecho hubieran dicho nuestros antepasados, pero acá era una nomenclatura más académica, para ocultar lo zafio que resulta desayunarse con que nuestro país es simplemente fáctico y lo normativo, a lo sumo, tangueramente, una herida absurda. Lo habían titulado De la sociedad tradicional a la sociedad de masas y se completaba con selecciones enjundiosas de la disciplina nacida al calor del positivismo (Spencer, claro, y Durkheim con la anomia y todo eso que le sucedía a otra gente por haber alcanzado el geriátrico de la civilización, la vieja Margaret Mead metida entre salvajes que mandaban a menstruar a los techos de las chozas a las mujeres cuando había que dormir y muchos otros, salvo argentinos, argies por ningún motivo). Quique ya navegaba, todavía vivía en Quilmes, perdón, porque quizá solamente dormía, algo que asocio de esta manera porque fue para la época en que le conté lo del Negrito Funes, integrante de la barrita original que en la vida termina siendo la única, aunque el diminutivo llama a engaño porque había sido desde la cuna un juanón del tamaño de un placard y carnes flácidas. Conocía los detalles del final porque mi primo había sido parte de la tripulación encargada de rastrearlo con los bicheros, por el canal de los barcos grandes, para el lado de Hudson y Punta Lara hasta que las trancadas no fueron camalotes, troncos del fondo y algún otro obstáculo. La hinchazón del cadáver volvió chica la cubierta del velero que no era de los grandes y las horas en el agua habían hecho que el Negro Funes, aparte del hedor, adquiriera algo así como una coloración cercana a los tizones sobrantes de los asados, con algo de hiriente en lo opaco de la textura, cuando llevan varios días expuestos a la intemperie. No hizo referencia a si ya le había tocado alguna peripecia semejante en los cruces del Río de Solís. Lo que sí me acuerdo es que no hizo comentario ni esfuerzo alguno en disimular que la historia, tétrica de por sí, le había pegado en una parte honda que no tenía exclusivamente que ver con el cariño y la profundidad que hubiera alcanzado con su amigo de correrías de otrora, aquel Funes que le danba el changüí de unos patines batata, Made in Sarandí, sobre todo a la hora de hacer El Trompo, en cuchillas, estirando una pata como un cosaco ruso en una balalaika con mucha cuerda y mucho vodka, o saltar limpito el cordón de la vereda y darle por el serrucho de las baldosas hasta hacernos estrilar la mollera. Aparte dejamos de vernos un tiempo por ritmo, estilos y objetivos de vida bastante disímiles, hasta que la pandemia de las revistas literarias de los ´60 me llevó a pedirle si no me daba algo para publicar. Conocidos en común me sorprendieron con la novedad que curtía el vicio de la poesía y no lo hacía en forma recatada, menos que menos a escondidas. Nos pusimos a tomar café en la que seguía siendo su habitación de la infancia porque a no ser por alguna foto y los libros universitarios conservaba todo el ambiente que yo le conocía de siempre. Me desconcertó totalmente cuando a la hora de la elección final, como usaba para copia un papel muy traslúcido y croqueante, se puso a contrastar a través de la luz de la puerta-ventana lo que podía ser el perfil orográfico del margen derecho que la poesía no respeta como premisa sine qua non para aspirar a tal condición y en un momento, para colmo, me sacude: “¿Cuál te gusta más?” Me dejó atónito porque no sabía qué escala de valores tomar, si un poema es más bello o profundo porque es más parejito, en cuyo caso tenía que elegir la ortodoxia de los endecasílabos o los alejandrinos, cosa que no ocurría, le daba al verso libre de corrido, desblocaba estrofas, hasta que al final decidió no darle ni cinco de bola a mi ignorancia topográfica y eligió uno que, a mi modesto parecer, era lo más parecido a lo que después la vida me llevaría a conocer como un electrocardiograma vulgar y silvestre.
Lo que sí me viene fácil a la memoria, seguramente relacionado con esto por alguna hilacha bastante debilucha, enclenque, y es que una vez que nos encontramos, cuando había echado una racha buena, lo que se dice buena sin exagerar, la más esplendorosa que tuvo, lo cual era mucho decir porque desde el nacimiento había residido siempre muy lejos del Reino de la Necesidad, llegué a donde en ese momento vivía y lo interrumpí en el frenético desenfreno de romper la paqueta envoltura de un envase muy grande. Cuando quedó al descubierto el contenido no pudo reprimir la más infantil, regresiva de las sonrisas placenteras. Era un gato en la primer relamida después de la sardina. Sacó el traje de agua pieza por pieza, se lo exhibió a cuanto le daban los brazos, se lo puso sobre el torso como hacen las mujeres con los vestidos y por fin me preguntó: "¿Qué te parece? ¿Te gusta?" Era margarita a los chanchos. Lucía inmejorable y caro, por lo pronto. "Siempre quise tener uno y por fin lo conseguí", anunció. Ahí me enteré que era un traje de agua, que se llamaba así, imposible recordar la marca y el Made in, cómo conservaba la temperatura del cuerpo casi milagrosamente y que le causaba un placer inmenso. "Che, disculpá la intromisión: eso tiene pinta de caro. ¿Es sólo la apariencia?" Casi se entristeció; lo amaba y no hacía nada por disimularlo. Además, si había algo más lejos de la fanfarronería y la ostentación ése había sido siempre Quique. "Mirá, en lo de la guita no quiero ni pensar. Porque si lo pensaba no lo compraba nunca y yo quería tener uno y ahora lo tengo, es mío y lo voy a disfrutar." Tenía un velero de no se cuántos metros de eslora y cuántas cuchetas, supongo que el más grande que tuvo, porque después vino el debacle de ir en chirona, acusado nada menos que de malversación, una figura leguleya que en el caso de Quique a mí se me ocurrió de manera rupestre que el juez había contrastado los cheques sobre alguna ventana y no le caído en gracia los dibujitos que hacían los ceros y las firmas. "Voy a ver si mañana o pasado me rajo del laburo, consigo alguno que me haga pata y cruzo el río", anunció sin abandonar esa regresión de chico goloso, encantado con el chiche nuevo. "No veo la hora de usarlo. Me cago en los clientes, burgueses de mierda. Incluso no sé si esta noche voy a poder aguantar y soy capaz de llenar la bañadera y meterme adentro para probarlo." Nunca volvimos a hablar del agua, que yo recuerde. Los encuentros se hicieron más esporádicos. Había de por medio casamientos más o menos legales y constituídos, hijos y esas cosas. Incluso en pleno Proceso, aunque lógicamente abortó, hubo el registro a nombre de los dos en Marcas y Patentes del nombre Identikit, una idea editorial que él iba a financiar y yo dirigir. En asuntos de marketing le iba muy bien o quizá mucho más que bien, la idea original era hacer un obvio Identikit Policial, otro Identikit Artístico y algo a lo que él le atribuía singular valor, sobre todo comercial: Identikit Político. “Esta forrada de los milicos no aguanta”, vaticinaba. “No saben ni dónde están parados y van a terminar volviendo a tocar timbres en los comités.” La idea que nunca ni siquiera llegó a arrancar porque para variar el nombre estaba registrado en todo rubro y amenazaron con acciones legales, se completaba con que cada tema elegido y bien documentado se le daba a un escritor, a un prosista, para que novelizara y los datos adquirieran una vida que la llamada prosa periodística, con suerte, embalsama.
El primer título que le puse sobre la mesa, con autor y todo, alguien que había estado desde el primer minuto en el asunto, llegó realmente a entusiasmarlo: el Caso Penjerek. El responsable estaba tan caliente con el asunto que hasta se había dado el lujo hasta de redactarme oralmente el comienzo del informe: "Me desperté ansioso, diría que hasta contento. Había soñado que estaba viva, que había estado con ella en un kibutz cerca de la frontera más beligerante y se había convertido en una judía tetona y fea, en una idish mame del montón." A continuación venía lo de la guerra solapada de solicitadas entre las colonías judías y árabes en Argentina, algo que había pasado desaopercibo para el 99% de la dichosa Opinión Pública, y ni qué decir la variante del delirante republicano comunista gallego casado con una pendeja a la que se montaba su hijo de 20 años, pero también Pedro Vechio, el zapatero de enfrente de la estación Florencio Varela, torturado hasta hacer saltar los tapones para que se hiciera cargo y al que públicamente le cargaron el sambenito de todo. Como es obvio, el zapatero odiaba al gallego como todo peronista odia a un bolche, sentimiento que era la reversa por parte del gallego comunista que no podía concebir a un peronista que no fuera facho y, en este caso, encima, mojaba también el pancito en su plato joven, cosa que era científicamente cierto, todo aderezado con el blindaje de los mecanismos de negación que le permitieran sostenerse en el dogma necesario que al principal quintacolumna lo tenía adentro de la casa y encima le daba de comer porque era de su propia sangre.
Semejante puterío en semejante historia lo hizo sonreír con aquella cara netamente europea, pecosa, de rasgos chicos y finos, relamiéndose. "Ponete contento, Quique: desde el vamos se nos va a venir toda la colectividad encima con el Mossad a la cabeza", le anuncié. "Los otros datos que hay son ají quitucho en ayunas." Ni se inmutó: "Ojalá. Pasaríamos a ser gente importante, qué te parece." Por lo que me acuerdo, pero no de los motivos, en materia del Identikit Político lo tenía marcado a Paco Manrique como algo muy, pero muy suculento, y había que pensar muy bien y elegir mejor a quién se le daba el tema porque para él la cosa daba cerca, cerca de La Comedia Humana en versión argentina, ya que el término sudaca no estaba aún acuñado. Y el Artístico también lo desquiciaba, algo que me dejó perplejo en un personaje como él, evidente que tenía de su imagen un clishé algo prejuicioso. Sobre todo se le puso entre ceja y ceja un título: el Identikit de Mirtha Legrand, por aquellos años toda fruncida, frívola hasta el relajo y rositas rococó. Lo anunciaba y mentalmente lo disfrutaba como un gato maula. Le tenía anotados unos resbalones de antología, a la altura de las circunstancias, pero de los que son muy difícil reponerse. Sin embargo, ahora aparece que hubo un tiempo, algo anterior, cuando vivía con una chica modelo en un departamento medio antiguo, pero más que nada umbrío, de la calle Paraguay al fondo, cerca de las BodegasGiol, a principios de los ’60, donde fui a verlo una tarde y sobre el escritorio había, si nos atenemos a la época, una inquietante y desgastada 45. Lo desteñido parcial del empavonado era lo que más resultaba chocante. Vio que la miré, se me debe haber notado la reacción: “Hay que vivir acorde a los tiempos”, comentó con esa sonrisita algo cínica que solía tener. Y sacudió sobre el pucho, más que perentorio: “Che, ¿y vos no andás en nada?” En colectivo, a veces en subte, y no se ahondó más en el tema porque si nunca había sido saludable hacerlo, menos que menos en esos tiempos que a mí me han quedado como un hueco, máxime cuando una de las partes es un paracaidista y la información queda flotando de manera torpe y peligrosa. Como diez años después, enterado de mi casamiento con una exiliada chilena, ofreció sus buenos oficios de contactos que podrían llegar a servir en una época en que se no se sabía qué podía y qué no podía ser útil, aparte por supuesto de zafar y por lo menos sobrevivir.
Le toqué el timbre mucho antes de lo esperado. Como peludo de regalo yo había caído en un operativo en la esquina de mi casa, en Almagro. Me habían allanado durante tres horas y con un bebé de 23 meses estábamos durmiendo en casa de amigos. El flanco débil era entonces mi mujer, a quien la contingencia de amistades de su país habían llevado a que figurara en una de las primeras planas de El Mercurio, por razones alfabéticas, encabezando una lista de Elementos Peligrosos. Traducido a lo que desde este día parece casi la era de los dinosaurios: equivalía casi, casi una sentencia de muerte. El dichoso EP que tiraba el visor de la terminal electrónica con que iban dotados todos los patrulleros una vez que le tipeaban el número de documento y le daban ENTER. El encuentro sucedió en las oficinas de la marketinera que tenía en un piso de la avenida Santa Fe, estoy seguro que pasando Pueyrredón, y el gancho corría que en el edificio en que estaba viviendo, por ahí cerca, porque era también en el Barrio Norte, tenía el privilegio de compartir varias veces por semana el ascensor con un encumbrado jefecito de Coordinación Federal. Lo más bicho, sin esperar respuesta, el tipo le había sacudido un día que si necesitaba algo estaba a sus órdenes: “Lo que sí le pido, y confío ciegamente en su responsabilidad, es que no me vaya a traer a un guerrillero hecho y derecho, señor Fogwill”, le había aclarado. “Llamame pasado mañana”, me dijo. “Si tengo algo solamente te voy a decir que pases por acá a esta hora o si se me embola el día, esperá, te pido por favor. ¿Tuviste alguna otra novedad?” Yo fumaba como un escuerzo y le hice pata en el asunto. El tipo le había dicho que lo de mi mujer no era tan grave, pero estaban los viajecitos por países socialistas, que aunque nada del otro mundo en los hechos, siempre les despertaban inquietudes y fantasías de entrenamientos militares, especializaciones en explosivos sofisticados y de control remoto, etc. El cusifai consideraba lo más prudente que una vez bien bañado, afeitado y vestido, yo me presentara como si nada en el Departamento Central a pedir una renovación de pasaporte: “Además, con la situación que vivimos y en la situación que está esta gente nunca se sabe cuándo lo puede realmente necesitar en serio”, le había dicho muy cirujano este Boogie El Aceitoso de vecino. “Como es obvio, señor Fogwill, cuando le digan que lo vaya a retirar, no va a ser un trámite digamos de los comunes, ¿se entiende? Le van a decir que hay algún extravío u otro problema, que espere y lo van a llevar aparte, a una oficinita que hay ahí, al costado. No va a pasar nada. Pero tiene que ir; no hacerlo puede levantar otras sospechas o suspicacias inútiles. Que para su tranquilidad, dígale a su amigo, el día que tenga que ir que ponga a buen reparo su familia, que avise a abogados y periodistas por si hay alguna complicación, que no la va a haber. Por lo que a mí me dejaron saber están algo intrigados por lo de los viajes y en uno o dos días de conversaciones, en una de esas antes, se puede aclarar todo y santo remedio.” Se quedó mirándome. Creo que nunca le había visto y que no volvería a verle esa seriedad en el gesto: “¿Qué vas a hacer?”, preguntó al final. “Primero me gustaría saber tu opinión y qué harías vos en mi lugar”, contesté. Puso cara de que le resultaba difícil trasegar semejante boludez: “Son decisiones personales, muy personales, querido, y yo no manejo todas esas variables", contestó contrariado, más que de mala gana. "Hagas lo que hagas, por favor te pido, te ruego que me tengas al tanto.” Lo último que vi fue el gesto desolado que le quedó en la cara. No fui. Cantidad de razones que no vienen al caso me hicieron tomar la decisión que si tenían algo de qué hablar me vinieran a buscar ellos. Yo no tenía realmente nada que contarles y que no supieran. Dejamos bastante de vernos. Era solamente lo ocasional: la redacción de alguna revista, un negocio de computación donde arreglan impresoras, el segundo patio de entrada donde está la radio de las Madres. Me había regalado, en su momento, una primera edición de Los Pichiciegos, dedicada, que he tenido a bien extraviar o por lo menos no encontrar. Durante esos encuentros no había demasiada materia de diálogo, lugares comunes recurrentes, sobre todo la salud de mi primo hermano, sana y coherentemente ultraconservador, católico y poseyente, alternando el juramento hipocrático con el engorde de novillos para redondear unos ingresos suculentos, una mujer tradicionalmente quilmeña y radical que los nuevos vientos habían llevado, como es lógico, a ocupar una judicatura en un fuero lo menos comprometido posible, y nada más. Si tuviera que rescatar alguna charla por lo suculenta fue la de un día cuya fecha no puedo precisar ni por aproximación, en que personalmente se le notaba que no estaba nada bien. Alguna de esas crisis, más que seguro, a las que solemos ser propensos con los años encima. Estaba singularmente ácido, por lo menos, o con mayor grado de alcalinidad que cuando abordaba este tipo de temática. “En este país no hay nada más barato que el talento”, sacudió porque sí, me acuerdo perfectamente que a santo de nada. “Lo que vos no tomás en cuenta es que se ha formado una costra, más que una clase social, basada en la tecnología de gestión de esta etapa del desarrollo capitalista y les importa un carajo la ideología del dueño. Son eficaces. Trabajan para un Comité Central como para un Estado Mayor. Les da lo mismo Nueva York que La Habana. No hay valores ni sentimientos.” Sí es seguro que fue hace bastante más de veinte años, que nunca lo pude olvidar porque tiene algo ulcerante y que es algo, como ahora, que vuelve a erupcionar y que vaya a saberse en qué estrato del inconciente me sabe a dispepsia. Quique tenía una versión globalizada de la realidad antes que nos vendieran el globo que nos volvió más aldeanos. Teorizaba lo universal desde la manija del pocillo de un café y un día, en otro depto donde pernoctaba otra etapa de soltería circunstancial, se despachó no sólo que había empezado a estudiar alemán sino que entró a leerme con todo entusiasmo el My english book de Molinelli Wells pero en deutsche. "Che, parala, ¿querés? Eso es gutural, no es humano". Hubo un poquitín de desprecio en la réplica: "Tenés tapiados los oídos, tesoro. ¿Por qué te creés que los grandes genios de la música son alemanes?" Y ahora las noticias dicen que Quique ha muerto. No pudo dejar el cigarrillo y el cigarrillo lo dejó a él. Bastante aislado del mundanal ruido no supe nada de lo que normalmente se deja saber en estos casos, normalmente cuando comienza la cuesta abajo irreversible, salvo cuando unos días atrás el mailing de estos grupos de poesía de nuestra Patria Chica me hicieron saber que por fin Quique iba a volver al pago que nos vio nacer. Para el humor que curtía hubiera sido bueno chicanearlo que iba a leer poesía en el lugar que supo ocupar el primer alcalde de Quilmes, un coronel llamado Ciriaco Cuitiño, Aníbal Fernández que tuvo que partir desde el mismo trono en el baúl de un auto con el aliento de la DDI local en la nuca y donde la esmirriada mitología lugareña tiene instalado el mito urbano del intendente de turno, del mismo palo en la interna peruca, pasado de rosca en ingestas varias, que se llevó puesto a un boliviano con el auto, lo envolvieron en diarios, lo pusieron en el baúl y con ayuda oficial lo metieron adentro de un freezer y lo enterraron en alguna parte de la pampa húmeda. (Ver la crónica de una asqueante secuela en La Nación.) También, por qué no, ya en el colmo de lo pueblerino, con lo indeleble que son los recuerdos de la infancia, si se acordaba de aquella noche de agosto de 1950 (tenía que tenerlo registrado, él vivía más cerca que yo y tengo claras todavía las ráfagas en el frío cortante del invierno), cuando se inauguraron las Zonas Blancas y los parapoliciales de un comando de la bonaerense mataron a Jorge Calvoy al casero del local del PC. De vez en cuando, como la semana pasada, me metía en la edición online de Perfil y le leía la columna. Una prosa ascética, concisa, impersonal con respecto a esa imagen inamovible que tengo de él. Hará cosas de diez días me hizo sonreír con una que anunciaba indirectamente que estaba rengueando para ese viejo vicio de la sociología que nunca había abandonado. ¿Cómo saber que iba a ser su TXT postrero, su testamento en bytes para que de ahí en más sea un clic con un nudo en la garganta? Por eso la elección del video que añadí al final, con el mismo tema, recurrente, que alguna vez nos juntó para tantos cafés y cigarrillos al cuete. Por que aunque lo veía poco, a las perdidas, de ayer en más Quique ya no está. Ni va a hacerlo más. De en serio, como decíamos cuando éramos chicos. En el formato alondra arriba de sus patines importados ni como Rodolfo Enrique, poniendo al trasluz el serrucho de los poemas como una estética de la topografía literaria, pero tampoco como Rodolfo, menos que menos como Fogwill, de lo cual va a quedar una importante cantidad de volúmenes impresos con lo cual por lo menos le ganó a la perra mortalidad a la que estamos condenados y de lo que tendrán en cuenta los que saben.
En un momento de frivolidad para uso oficial y exclusivo se me ocurrió pensar que hasta había sido capaz de mandarse una de las de él. Que entre las cosas que había dejado ordenado por escrito, presumiento el fin estaba cerca, que lo enterraran en el Quilmes en que no había vivido y había tenido la precaución de poner tierra de por medio. Una guachada, en suma, porque era como tener noción exacta de la muerte: el cementerio que tiene la entrada principal por la calle La Guarda, si hay algún cementerio que se puede calificar de lindo, este es una especie de quintaesencia de lo feo. La muerte no puede haber elegido mejor compañía que ese lugar tétrico, desolado, más plano que la pampa húmeda, con la brisa constante del lado del Río de Solís, esa chatura tan excesiva y la falta de densidad demográfica que lo agobia. No hay finados menos visitados. La soledad está garantida a rajatabla. A sus recurrentes rengueras sociológicas no le hubiera disgustado mandarse un muestreo y demostrar que los fiambres locales tienen un 0,0003 de visitas que los de menor raiting en el rubro. Cuaolquiera que ande con la pálida o con algún sentimiento tanático y quiera tener una avant premiére de lo que es La Parca que vaya se dé una vuelta por el cementerio de Ezpeleta. No lo va a molestar nadie. A Simon & Garfunkel jamás se les hubiera ocurrido escribir ahí The sounds of the silent. Sus vecinos más ilustres, el ya mencionado Jorge Calvo y su camarada, el obrero metalúrgico Angel Zeli, casero del local del PC, al que bajaron como buen bolche tratando de atrincherarse con un armario lleno de libros y lo calzaron de lleno con un balazo en el corazón, que tuvieron a bien inaugurar las Zonas Blancas con los parapoliciales, el bombero voluntario José María Sánchez, un héroe para uso local después con calle propia y todo, que una jabonosa noche de diciembre de 1956, se levantó después del primer bombazo en las vías, a veinte metros escasos de su casa, al segundo caño de la Resistencia Peronista lo encontró él y lo puso como corresponde en un balde con agua y con la rosca para abajo, pero nunca falta el mamerto omnipotente que de macho lo agarró para demostrarle al conglomerado de vecinos que se había amontonado que a La Parca no hay que tenerle miedo y al ponerlo de vuelta, lo hizo al revés, y los diez minutos, cuando la explosión remeció hasta las encías, fue con tanto infortunio que la tapa a rosca como escupida de músico y lo pescó a Sánchez en la carótica, desangrándolo sobre las vías ascendentes a Plaza Constitución. Quique debía necesariamente conocer ambos incidentes, aunque sea de oídas, porque vivía más cerca que yo cuando los parapoliciales ametrallaron comunistas como se caza conejos y lo de los caños fue a una cuadra de donde yo vivía y a dos de su casa. Le completa el Cuadro de Honor un decolorado jefe de barra brava, en su tiempo amparado por el presidente del club y luego intendente del Proceso, raleado tardíamente del Comité Olímpico por esos espasmódicos ataques de democraticismo que solemos tener y todavía sigue como camarista en los tribunales locales.
Los mecanismos de asociación libre, aparte de incontrolables, son insanablemente mogólicos. Se me dio por pensar que la prensa pueblerina, prácticamente house organ del intendente de turno, ni siquiera se daba por enterada de su muerte y que como si fuera poco era capaz que Quilmes va y gana justo este domingo. Que mañana, en vez de disfrazado de poeta y dar el recital en la Casa de la Cultura se pone la mortaja y encara por la avenida Mitre al sur, a buscar algo olvidado de lo materno en esa altiplanicie muda, más que sorda. Incluso como sacándome la lengua frente al espejo o jugando allí conmigo mismo al ajedrez y ser capaz de perder la partida que iba el intendente, la gente de Cultura, apolillados poetas inéditos de los que hay legión y hasta algún pánfilo que había visto la brecha y escrito un discurso pomposo. Pero que de la tevé y la prensa gráfica no iba nadie. Ni siquiera un periódico mural escolar.
Una boludez sin atenuantes que entre sus últimas voluntades estuviera que lo enterraran en Quilmes, en nuestro Quilmes. Típico producto del bochorno y estupor que la muerte nos sigue produciendo, sobre todo a una edad en que los balazos pasan cada vez más cerca. Encima, tras cartón, este domingo 22 de agosto está abatogado, conmocionado porque los 33 mineros que habían quedado enterrados en la mina de Copiapó estaban vivos cuando después de 18 días sin ningún signo nadie daba cinco guitas por ellos en una profesión por la que nadie nada cinco guitas, salvo usufructuar lo que le extirpan a la tierra, y según el jesuita Pedro Lozano los quilmes serían de allí, quizás corridos de más al norte por los incas porque de esos valles los sacaron también carpiendo los araucanos, cruzaron a pie la cordillera y se terminaron instalando en los Valles Calchaquíes, como pretende otro de los poetas que integra uno de los grupos que mañana, si a los recitales de poesía no va nadie, algún paspado y desubicado que no se entere va a quedarse con la ñata contra el vidrio porque es a una hora que al lado de ni Cristo atiende, la catedral está cerrada y por la peatonal quedan los sin casa, algún mamado, chicos recogiendo cartones.
El pálpito seguro era consecuencia que no debía ser sometido al examen de lo probable y lo insólito y fuera de libreto siempre fue lo que caracterizó a Quique. Es la muerte de otro, es cierto, por más que nos hayamos conocido y tratado, pero como que el cementerio de Ezpeleta a todas luces resulta demasiada muerte para Quique. Y esa clave incordiosa que dejaría volver al pago de origen, pero a ese lugar, cuando por horas no lo pudo hacer vivo y dar el recital de poesía en la Casa de la Cultura. La prensa local, cosa que no digan que Quilmes sigue siendo un pueblo con hipertiroidismo, no se dieron ni por enterados que se le había ocurrido ir hasta el intendente, menos que menos que acababan de enterrar en el lugar que lo vio nacer a un escritor incluso más renombrado fuera que en el propio país.
Pero ya no más. Y pensar que lo único que yo tenía que decir, que se me ocurrió que podía decir y que por lo menos lo intenté era anoticiar a algún cristiano que pueda estar interesado en el cartoneo de lo existencial, giraba en torno a que Quique mañana tampoco va volver a nuestro pago chico. Menos que menos muerto, homenajeado en silencio por las autoridades del municipio al que nunca perteneció y llevándose toda la soledad a la sordidez silente de Ezpeleta. De todos los misterios que deja un ser humano, de este otro, tan pequeñito, hubiera sido bueno enterarse si para él tenía alguna importancia. O si había decidido hacerlo porque sabía de la inminencia del otro final, del común, del más democrático, que terminó con él enterrado en un lugar donde lo único que hay es muerte y en un día en que festejaban que de donde dicen que eran los quilmes los mineros enterrados habían dado signos de vida y todas las gentes, en todo el mundo, Internet de por medio, hablan de milagro, hay vida, por lo menos se le ganó un round a La Huesuda, como la llamaba el Cuchi Leguizamón.
A la Patria y a la madre no se las elige. Ellas nos eligen a nosotros. Y en nuestra proverbial soledad de hijos únicos Quique sabía muy bien de esto.
Chile es un país singularmente trágico. Marino, minero y vinero por excelencia está prácticamente asentado sobre una placa geológica en constante desplazamiento del océano hacia el continente desde todos los tiempos. En el llamado Círculo de Fuego del Pacífico tiene el triste honor de encabezar mundialmente las estadísticas con las dos más grandes catóstrofes sísmicas de la historia del hombre: mayo de 1960 y febrero 2010. Hace medio siglo, en el término de 36 horas el sur chileno fue sacudido por más de 300 terremotos en el tramo Temuco-Puerto Montt, tres de ellos los de mayor magnitud que se llevaban registrados. Un maremoto se encargó de poner el broche al malestar del planeta. En la zona carbonífera de Lota-Schwager, con socavones submarinos, los derrumbes no asfixian a los atrapados con polvo, piedra y roca, sino que los ahogan en agua salina. Estaban en huelga con la patronal multinacional como se empezó a llamar con el neoliberalismo a las corporaciones norteamericanas prosiguió mientras se rescataban los cadáveres, se los velaba y bajo la llovizna negruzca se los llevó a pulso envueltos los féretros en pabellones tricolores y rojos. Al frente del cortejo, con la manija del primer cajón, iba un hombre más bien bajo, el pelo más ensortijado por la humedad: el senador socialista SalvadorAllende. Cumplidores de las formalidades a muerte, como siempre, también a la cabeza, pero sin portar ningún cuerpo, iban los directivos nacionales del yacimiento, entre ellos su máximo jerarca. En medio del silencio sepulcral del momento se alzó una sola voz, solitaria, segadora, para ponerle nombre y apellido a la historia. Fue uno de los mineros sobrevivientes el que le gritó al máximo burocratón: -Es dura, pues, la vida, señor González. ¿Para qué más? Una tradición oral, basada en un humor un poco tétrico, aseguraba hasta 1973, dada la regularidad institucional, que gobierno que asumía el poder era saludado por un movimiento telúrico. En setiembre de ese año el desastre no vino de abajo, sino de arriba, en forma de misiles arrojados por la precisión de los Mirage de fabricación francesa. El remezón tuvo la magnitud suficiente como para sacudir al mundo. El Chacal se mantuvo casi dos décadas sin que el popular presagio se cumpliera hasta que por allí, a mitad de los '80, las energías tectónicas se encargaron de hacer saber que estaban remolonas pero no dormidas. La gestión de la doctora Michelle Bachelet no fue saludada sino despedida por una catástrofe atroz. La asunción del multimillonario Sebastián Piñera se produjo entre despojos y con la cuenta de platos rotos impaga. El en la siesta del jueves 5 de agosto por fin se derrumbó parte del socavón de la mina San José, cobre y oro, un poco al norte de Copiapó, en el llamado Norte Chico. 33 trabajadores no pudieron salir y al momento de estarse escribiendo esto no se tienen noticias y los mejores augurios dicen que si las sondas llegan van a llevar varios días más y el acceso definitivo hacia donde están puede tardar varios meses, si es que lo intentan. Ya hay un proyecto de convertirlo en santuario. El capitalismo no necesita que se le derrumbe más ninguna careta. Hace tiempo que no le queda ninguna. En los últimos tiempos lo signa el cinismo y la obscenidad. Los tardíos informes sobre la seguridad reinante en San José escuetamente se resumen en que el emplazamiento no podía estar operando. Era un ruleta rusa. Pero con los seis proyectiles puestos. La impecable instantánea registrada por un cronista gráfico de la agencia noticiosa española EFE, que es la que ilustra esta entrada, da cuenta de la historia singularmente trágica de Chile y los chilenos. Son su banderita al viento, en los comienzos del desierto de Atacama, donde de día hierve el suelo y a la noche la camanchaca, una neblina verde que se aposenta sobre lo arenoso, hace tiritar de frío hasta las piedras, el hombre espera al Claudio de la T-Shirt crucificada. Así suceda el milagro que se espera y desea la naturaleza intrínsecamente inhumana, antihumana del capitalismo, no va a cambiar. La desolación de los recursos, el no escatimar en gastos y explotación tuvo su representación lúdica en el primer videojuego con el boom informático de los '80: el insaciable PacMan. Y esta puñalada artera, que muchos todavía querrán atribuirle a una mala alquimia de sucesos incontrolables, sucede en momentos en que está en auge, muy cerca de allí, de los dos lados de la cordillera, la megaminería, la vuela montañas enteras con toneladas de explosivos, demuele el paisaje y lava los restos con agua pura de las napas subterráneas, reserva para la sed de los que ya se comieron todo en esta parte del mundo, mezclada con cianuro, cosa que lo que quede sea contaminado. Ya hay muchas miradas sobre Santa Cruz y lo que allí la minería significa. Los anteriores a la conquista española ya tenían sabido y advirtieron que con la Pachamama no se jode. Menos que menos se la manosea y ultraja. Y el chileno solitario, esperando en el desierto con una bandera y una remera, ni es símbolo ni es emblema: es apenas un signo de lo que el apetito productivo ignora. De la consolita puesta inmediatamente abajo, que el siseo del viento no va a dejar escuchar con claridad, apenas un poquitito de música para acompañarnos en tanta soledad porque lo sucedido en Chile es chileno solamente para lo noticioso contingente en unos tiempos, empezando por el soporte donde estamos ahora asentado, fagocita datos e info en una carrera desesperada por la inminencia del final.
El Cuchi Leguizamón decía que "la canción es la única eternidad que tienen los pueblos". También lo único que por lo menos no se van a poder robar, aunque ya vengan haciendo a dos manos con los derechos.
Hoy a la mañana anunciaron que si las cadenas de tevé así lo solicitan la gente va a tener que meterse las vuvuzetas en alguna parte que haga rima. Estuvieron prohibidas mucho tiempo, las habilitaron para el Mundial, hicieron el negocio y ahora se dieron que son peor que mosca de letrina y que encima meten un barullo que es como ponerle bafles de recital de rock a docenas del colmenas. Nos hicieron. Por turistas, futboleros y babiecas. Encima traerlas de vuelta es todo un embrollo porque molestan en maletas y bolsos. Revendérselas a los aborígenes va a hacer igual que tratar de ofrecerles cubitos a los esquimales. Tenemos la sospecha que la Sociedad de Consumo no es todo lo honesta que parece.
Se mandaron otro Maracanazo. Que todos los educandos de la escolaridad primaria, cualquiera sea el lugar y el pelaje, tengan su maquinita es una proeza. Y en dos años. Y bajo un gobierno que es una coalición popular presidido por un socialista. Y donde la canción proselitista es El violín de Becho, del gran Alfredo Zitarrosa.
Felicitaciones, hermanos. La bronca por el fulbo seguirá hasta las últimas, pero la del fulbo de Obdulio Varela, que cuando se enteró para que estaban utilizando los políticos la proeza futbolera del 50, dijo: "Si lo sabía, hacía un gol en contra."
Nos gustaría ser un poquito como ustedes, ahora, en estas circunstancias en que apostaron a los chicos, el futuro y al conocimiento.
El Señor de Traslasierra: vacas, millones y política.
Este domingo, por fin, el matutino cordobés La Voz del Interior salió al cruce con un informe especial sobre la situación actual de la meneada herencia de Juan Feliciano Manubens Calvet, que aparte de rondar los 300 millones de dólares y no tener una resolución final, su administración corre por cuenta de los nombrados sobrinos y sobrinos nietos, últimamente asociados a los hijos del ex gobernador Angeloz para la explotación de la soja.
Dividido en tres partes, el informe hace un raconto histórico, ubica al origen de la aparición del apellido Guzmán ya en 1983, como se adelanta acá, en la entrada anterior, y publica el testimonio directodel responsable del hallazgo de Blanca Rosa Guzmán, la verdadera hija natural de Juan Feliciano, la que ahora, si se cumplen las aspiraciones de quienes dicen ser nietos y son avaladas por el ADN ordenado para después de la feria judicial, pasaría a ser sobrina.
Lo que estaría un poco mejor sería que no se tomen otros 29 años. La tardanza no es sólo injusticia; es también negocio para algunos. Si quedan dudas, constate en vivo y en directo los coletazos de esta herencia interruptus en las dichosas leyes del mercado. Pero apúrese porque en este caso nunca se sabe. No por nada tuvo hasta el mismísimo Papa en cuestión y a un presidente de la república. La Guzmán que apareció en 1983, por obra y gracia del ADN, resultó sobrina, no hija natural. Informe. Aunque si nos dejamos guiar por todas las rarezas que están pasando en La Docta sobre estos particulares hay lugar para las dudas. Si hubiera resultado hija dejaba culo para arriba a casi medio centenar de herederos. Desde este modo, es un decir, podía ser más salomónico y conversando la gente se entiende.
En marzo de este año se cumplieron 30 años de la muerte de El Señor de Traslasierra y de la siesta de su herencia en un juzgado civil de Córdoba capital. ¿No es mucho? Bueno, depende cuánto es el monto de la administración del acervo hereditario y entre quienes se lo reparten. ¿Se entiende?
Reproducción facsimilar de la edición en 1993 de Planeta, colección Espejo de la Argentina.
La muerte física de Juan Feliciano Manubens Calvet, el Señor de Traslasierra, se produjo en marzo de 1981, en pleno Proceso militar. Pero ya desde antes se habían hecho aprestos para apoderarse de una herencia calculada en unos 300 millones de dólares. Por lo pronto, el año anterior, con el general Jorge Sasain al frente del temible IIIer. Cuerpo de Ejército que tan eficazmente supiera comandar el general Menéndez, hubo un operativo con cobertura mediática de Tiempo Argentino y todo sobre la estancia de Pinas, la más grande de un paño de toda Sudamérica, que supiera ser de Lisandro de la Torre, y luego de su quebranto económico, político y suicidio la adquieriera Juan Feliciano, por un tiempo con la ayuda de dos socios.
Todo fue a consecuencia de la valiente denuncia de un maestro primario, a cargo de la escuelita del establecimiento, quien había encontrado que hacía cuarenta años que había peones que dormían envueltos en ponchos encerados, a cielo abierto, en las sierras, el personal ojalá que en negro porque cobraban en especies del almacén de ramos generales del patrón y contaban hasta un cementerio propio, sin registro alguno, aunque para nada con los destinos siniestros de la época.
La capataza Luisa Ester Vera y Juan Feliciano fueron procesados por reducción a la servidumbre. La primera se pasó dos años en la cárcel del Buen Pastor, donde iría a parar por el mismo tiempo la paraguayita que quiso ser pasada como hija natural para quedarse con todos los bienes. Por la edad y el derrame cerebral el Señor de Traslasierra transcurrió sus últimos días en su casa particular de Villa Dolores desde donde podía, con el pulso tembleque, correr el visillo del living y verle la espalda al vigilante que celosamente evitaba cualquier intento de fuga del feroz malhechor.
El paso siguiente, para algunos de una lógica implacable, fue que el testamento del que en en vida no había tenido descendientes por haber quedado estéril a los 18 a consecuencia de una parotiditis desapareció de la misma forma y junto con todas las otras que desaparecían, en especial seres humanos. El 92% de la fortuna tenía como destino el pueblo de Villa Dolores. El 8% restante se prorrateaba en algunos particulares, entre otros, dicen, para Margarita Woodhouse, (a) La Machaca o La Inglesita, casi medio siglo reducida a la condición de concubina porque Juan Feliciano amaba tanto al casamiento como a los curas.
El tercer manotazo fue hacer aparecer una paraguayita que encima de no tener documentación alguna (no es metáfora ni exageración: era una IN-DO-CU-MEN-TA-DA) la patrocinaba nada menos que Guillermo Antonio Borda, prócer del Derecho Civil y funcionario de dictaduras militares. Las declaraciones del mencionado, en la tapa de La Nación de entonces, afirmando a rajatabla que si bien momentáneamente la pobrecita carecía de cédula de identidad, algo que bien mirado es un detalle de morondanga para reclamar semejante fortuna, todavía siguen impresas y el juez que la mandó en galera, después de aceptar el escrito de eximición de prisión de sus abogados, se ve que no lo leyó o no tuvo tiempo porque ya estaba estudiante cómo defender al general Menéndez cuando se produjera el retorno de la institucionalidad.
Las irregularidades del llamado Caso Manubens pueden llenar más tomos que la Espalsa. Ahora, si algo demostró la paraguayita es no haber sido miserable: en una tarde donó el 160% del 100% de la herencia a cambio de un piojoso millón de dólares y su alma pía la llevó a regalarle hasta un porcentaje a monseñor Picci, que había sido mano derecha de monseñor Plaza, y otro 10% al nuncio apostólico monseñor Calabressi, para que se lo hiciera llegar al Papa. Ha sucedido, se puede probar y no sólo cuesta creerlo, sino escribirlo...
Los sobrinos y sobrinos nietos Manubens, que en vida se habían prodigado con el tío, ida y vuelta, tanto cariño como el perro y la cebolla, se quedaron formalmente con la admnistración de semejante cantidad de bienes, rodeados de un verdadero ejército de abogados cuando al mismo tiempo varios de ellos lo eran. Más allá de cualquier otra opinión que se pueda formar sobre su actitud y procedimientos, que la corajear, la corajearon. Se fueron en un avión cualunque al Paraguay de Stroessner y se consiguieron no sólo los documentos truchos de la supuesta heredera, sino que encima certificaron la falsedad de la firma de Juan Feliciano con peritos oficiales paraguayos. Y digan lo que digan, Juana Gonzàlez Civils, nombre real de la susodicha, tiene un récord imbatible: su nacimiento está anotado en un Registro Civil de Asunción, el mismo donde a los 18 tuvo que ir a trabajar, allí mismo se casó a los 21 con un compatriota y a los 23 anotó como corresponde a la hijita nacida de la unión de ambos. A los 26 realizó un trámite que excede el surrealismo: volvió a nacer bajo el nombre de Dolores Manubens. Sus compañeros de trabajo y vecinos la empezaron a llamar Juanita Manubens, sobre todo a partir de haber salido en la primera plana del tabloide color Patria, órgano oficial de Stroessner, acompañada de un cura y sus socios argentinos. ¿Alguno puede siquiera equipararse o conoce de otro ser humano por los alrededores del planeta que haya hecho algo semejante?
Con Alfonsín en el gobierno, los Manubens radicales desde Juan Feliciano que fue intendente en Villa Dolores ganándoles mano a mano a los conservadores en 1940 por primera vez en la historia, un mínimo de normalidad institucional les auguraba cierta velocidad por más que al aparato administrador de justicia del país se le escapen las tortugas, se le ahoguen los pescados y se le vuelen las gallinas. Estaban en lo mejor cuando se le da por aparecer en Córdoba al misionero Antonio Maidana, asegurando también ser hijo natural como consecuencia de la amistad de Juan Feliciano con el dueño de la estancia cerca de Posadas donde su madre había sido servicio doméstico casi toda su vida. Se traía el ADN en un frasco y ya para entonces, un elemento mucho más nocivo: la parafernalia mediática.
No duró mucho. Misiones está muy cerca de Paraguay para ser verdad, por estos días se encadenó a la catedral de Posadas con uno de sus hijos, se hace llamar Manuel Manubens y tiene pendente en La Docta una causa penal que en cualquier momento los jueces actuantes encuentran en algún cajón, no tienen nada que hacer y lo meten en cana. Por las dudas, como el abogado que tenía prefirió renunciar, unos días antes de las elecciones lo nombró letrado al desde hace pocas horas senador nacional Luis Juez, un elemento telúrico cuya envergadura jurídica nadie pone en duda, tampoco que le va a sacar el sayo de encima, pero es una garantía que va a hacer cagar de risa a todos los Tribunales.
Tras que éramos pocos, desde este último otoño, en algo parecido a una campaña mediática con epicentro en Río Cuarto, han hecho su aparición quienes aseguran ser nietos naturales de don Juan Feliciano. Son tres, andan entre los 40 y 60 años y se traen una prueba de ADN al 50% que según el estudio riocuartense que los patrocina, uno de los más importantes, es una y otra gota de agua con el del multimillonario. Ahora, no la pregunta del millón, sino la de los millones: ¿dónde está el ADN de Juan Feliciano? Respuesta leguleya: lo consiguieron extraoficialmente.
En medio de estos elencos y hechos que superan de lejos al peor culebrón, nadie puede evitar pensar al unísono: otro curro, estos se van a caer más rápidos que los anteriores. Y si hay alguien que hay que tener cuidado por dónde puede saltar la liebre es el cazador más avezado. El responsable de esta bitácora, en marzo de 1983 trabajando para la Revista 10 de Editorial Perfil, se trajo a toda tapa y foto a toda hoja a Blanca Rosa Guzmán, presentándola sin ningún remilgo como la VERDADERA HIJA NATURAL DE JUAN FELICIANO MANUBENS CALVET en unión ocasional con una adolescente que trabajaba de doméstica para su familia, de nombre Rosalinda. Los pueblos no saben ni se enteran de lo que no quieren saber ni enterarse. El rastreo para llegar a esa modesta casa de Río Cuarto, muy cerca de la cancha de Estudiantes, había sido una carrera de postas por todo el Valle de Traslasierra, arrancando de punteros radicales de Juan Feliciano, flamentes viudas de estancieros recién suicidados, transportistas de hacienda, amigos personales, etc. Cuando la señora abrió la mirilla de la puerta al porch de la casa de la calle Ituizangó, a las 3 de la tarde, el sacudón fue inevitable: estaba ya cansado de ver fotos de Juan Feliciano en todos los ángulos, pero eso no era una foto sino una voz imperativa que me interrogaba acerca de lo que quería, no muy elegante que digamos, 500 kms. en el último tramo, lleno de polvo, sin afeitarme y con una facha ni para hacer casting en Río Cuarto, ni soñar Hollywood.
Su abogado, el hombre que nos llevó, el fotógrafo, el yerno, la nietita, su hija, algún que otro vecino curioso, se nos hizo la hora de la cena y estábamos verdes de tomar tanto mate. Lo dijo más de una vez lo de su hermana ya muerta, el cariño por el primo que para ella había sido un hermano y que también estaba muerto. Ahora, rastreando los apuntes, hay muchas cosas que coinciden. El rencor de Blanca Rosa contra su padre estaba a flor de piel y dijo con gesto acre que por lo menos José Manubens había venido a buscarlo a su hijo y se lo había llevado a trabajar a unos obrajes que tenía en el Chacho. Algo hizo que en semejantes horas de charla, que se recuerde o haya quedado grabado, no esté el nombre de su hermana ni la su hijo natural Manubens. Sí bastante clarito que cuando lo había necesitado por lo menos, sin darle el nombre como hubiera correspondido, lo había venido a buscar. Ahora en las versiones a los saltos como galope de gusano que están corriendo, si cometió un homicidio, si estuvo dos décadas a la sombra, si murió poco más que cuarentón, como afirman reiteraamente las coincidencias son varias: los nietos serían nietos naturales del doctor José Manubens Calvet, varios períodos senador radical por Córdoba, no del terrateniente Juan Feliciano, y se cerraría el círculo gestaltiano en cuanto a la duda de aquellos primeros momentos en torno a si Blanca Rosa había mentido. Era tan coherente su historia de vida que la única alternativa era que no fuera hija natural, sino sobrina, hija de José. En todo caso, el apellido Guzmán ha vuelto a aparecer en Río Cuarto, hay una causa abierta para aspirar legalmente a una herencia e historias de vidas no sentimentaloides porque los de la Torre, los Manubens Calvet, los Guzmán y tantos otros conforman el friso de una historia que es del país, del país feudal, de los despojos y de una administración de justicia cada vez más decadente, a tal punto que el Martín Fierro ha pasado a ser vanguardia garantista. Porque ya ha pasado un cuarto de siglo largo que se hizo público que la herencia natural de Manubens Calvet estaba en Río Cuarto. El viejo Lisandro solía decir que no hay peor sordo que el que no quiere oir. [AR]