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29.6.09

EL PERIODISMO COMO BORRADOR DE LA HISTORIA

Reproducción facsimilar de la edición en 1993 de Planeta, colección Espejo de la Argentina.
La muerte física de Juan Feliciano Manubens Calvet, el Señor de Traslasierra, se produjo en marzo de 1981, en pleno Proceso militar. Pero ya desde antes se habían hecho aprestos para apoderarse de una herencia calculada en unos 300 millones de dólares. Por lo pronto, el año anterior, con el general Jorge Sasain al frente del temible IIIer. Cuerpo de Ejército que tan eficazmente supiera comandar el general Menéndez, hubo un operativo con cobertura mediática de Tiempo Argentino y todo sobre la estancia de Pinas, la más grande de un paño de toda Sudamérica, que supiera ser de Lisandro de la Torre, y luego de su quebranto económico, político y suicidio la adquieriera Juan Feliciano, por un tiempo con la ayuda de dos socios.
Todo fue a consecuencia de la valiente denuncia de un maestro primario, a cargo de la escuelita del establecimiento, quien había encontrado que hacía cuarenta años que había peones que dormían envueltos en ponchos encerados, a cielo abierto, en las sierras, el personal ojalá que en negro porque cobraban en especies del almacén de ramos generales del patrón y contaban hasta un cementerio propio, sin registro alguno, aunque para nada con los destinos siniestros de la época.
La capataza Luisa Ester Vera y Juan Feliciano fueron procesados por reducción a la servidumbre. La primera se pasó dos años en la cárcel del Buen Pastor, donde iría a parar por el mismo tiempo la paraguayita que quiso ser pasada como hija natural para quedarse con todos los bienes. Por la edad y el derrame cerebral el Señor de Traslasierra transcurrió sus últimos días en su casa particular de Villa Dolores desde donde podía, con el pulso tembleque, correr el visillo del living y verle la espalda al vigilante que celosamente evitaba cualquier intento de fuga del feroz malhechor.
El paso siguiente, para algunos de una lógica implacable, fue que el testamento del que en en vida no había tenido descendientes por haber quedado estéril a los 18 a consecuencia de una parotiditis desapareció de la misma forma y junto con todas las otras que desaparecían, en especial seres humanos. El 92% de la fortuna tenía como destino el pueblo de Villa Dolores. El 8% restante se prorrateaba en algunos particulares, entre otros, dicen, para Margarita Woodhouse, (a) La Machaca o La Inglesita, casi medio siglo reducida a la condición de concubina porque Juan Feliciano amaba tanto al casamiento como a los curas.
El tercer manotazo fue hacer aparecer una paraguayita que encima de no tener documentación alguna (no es metáfora ni exageración: era una IN-DO-CU-MEN-TA-DA) la patrocinaba nada menos que Guillermo Antonio Borda, prócer del Derecho Civil y funcionario de dictaduras militares. Las declaraciones del mencionado, en la tapa de La Nación de entonces, afirmando a rajatabla que si bien momentáneamente la pobrecita carecía de cédula de identidad, algo que bien mirado es un detalle de morondanga para reclamar semejante fortuna, todavía siguen impresas y el juez que la mandó en galera, después de aceptar el escrito de eximición de prisión de sus abogados, se ve que no lo leyó o no tuvo tiempo porque ya estaba estudiante cómo defender al general Menéndez cuando se produjera el retorno de la institucionalidad.
Las irregularidades del llamado Caso Manubens pueden llenar más tomos que la Espalsa. Ahora, si algo demostró la paraguayita es no haber sido miserable: en una tarde donó el 160% del 100% de la herencia a cambio de un piojoso millón de dólares y su alma pía la llevó a regalarle hasta un porcentaje a monseñor Picci, que había sido mano derecha de monseñor Plaza, y otro 10% al nuncio apostólico monseñor Calabressi, para que se lo hiciera llegar al Papa. Ha sucedido, se puede probar y no sólo cuesta creerlo, sino escribirlo...
Los sobrinos y sobrinos nietos Manubens, que en vida se habían prodigado con el tío, ida y vuelta, tanto cariño como el perro y la cebolla, se quedaron formalmente con la admnistración de semejante cantidad de bienes, rodeados de un verdadero ejército de abogados cuando al mismo tiempo varios de ellos lo eran. Más allá de cualquier otra opinión que se pueda formar sobre su actitud y procedimientos, que la corajear, la corajearon. Se fueron en un avión cualunque al Paraguay de Stroessner y se consiguieron no sólo los documentos truchos de la supuesta heredera, sino que encima certificaron la falsedad de la firma de Juan Feliciano con peritos oficiales paraguayos. Y digan lo que digan, Juana Gonzàlez Civils, nombre real de la susodicha, tiene un récord imbatible: su nacimiento está anotado en un Registro Civil de Asunción, el mismo donde a los 18 tuvo que ir a trabajar, allí mismo se casó a los 21 con un compatriota y a los 23 anotó como corresponde a la hijita nacida de la unión de ambos. A los 26 realizó un trámite que excede el surrealismo: volvió a nacer bajo el nombre de Dolores Manubens. Sus compañeros de trabajo y vecinos la empezaron a llamar Juanita Manubens, sobre todo a partir de haber salido en la primera plana del tabloide color Patria, órgano oficial de Stroessner, acompañada de un cura y sus socios argentinos. ¿Alguno puede siquiera equipararse o conoce de otro ser humano por los alrededores del planeta que haya hecho algo semejante?
Con Alfonsín en el gobierno, los Manubens radicales desde Juan Feliciano que fue intendente en Villa Dolores ganándoles mano a mano a los conservadores en 1940 por primera vez en la historia, un mínimo de normalidad institucional les auguraba cierta velocidad por más que al aparato administrador de justicia del país se le escapen las tortugas, se le ahoguen los pescados y se le vuelen las gallinas. Estaban en lo mejor cuando se le da por aparecer en Córdoba al misionero Antonio Maidana, asegurando también ser hijo natural como consecuencia de la amistad de Juan Feliciano con el dueño de la estancia cerca de Posadas donde su madre había sido servicio doméstico casi toda su vida. Se traía el ADN en un frasco y ya para entonces, un elemento mucho más nocivo: la parafernalia mediática.
No duró mucho. Misiones está muy cerca de Paraguay para ser verdad, por estos días se encadenó a la catedral de Posadas con uno de sus hijos, se hace llamar Manuel Manubens y tiene pendente en La Docta una causa penal que en cualquier momento los jueces actuantes encuentran en algún cajón, no tienen nada que hacer y lo meten en cana. Por las dudas, como el abogado que tenía prefirió renunciar, unos días antes de las elecciones lo nombró letrado al desde hace pocas horas senador nacional Luis Juez, un elemento telúrico cuya envergadura jurídica nadie pone en duda, tampoco que le va a sacar el sayo de encima, pero es una garantía que va a hacer cagar de risa a todos los Tribunales.
Tras que éramos pocos, desde este último otoño, en algo parecido a una campaña mediática con epicentro en Río Cuarto, han hecho su aparición quienes aseguran ser nietos naturales de don Juan Feliciano. Son tres, andan entre los 40 y 60 años y se traen una prueba de ADN al 50% que según el estudio riocuartense que los patrocina, uno de los más importantes, es una y otra gota de agua con el del multimillonario. Ahora, no la pregunta del millón, sino la de los millones: ¿dónde está el ADN de Juan Feliciano? Respuesta leguleya: lo consiguieron extraoficialmente.
En medio de estos elencos y hechos que superan de lejos al peor culebrón, nadie puede evitar pensar al unísono: otro curro, estos se van a caer más rápidos que los anteriores. Y si hay alguien que hay que tener cuidado por dónde puede saltar la liebre es el cazador más avezado. El responsable de esta bitácora, en marzo de 1983 trabajando para la Revista 10 de Editorial Perfil, se trajo a toda tapa y foto a toda hoja a Blanca Rosa Guzmán, presentándola sin ningún remilgo como la VERDADERA HIJA NATURAL DE JUAN FELICIANO MANUBENS CALVET en unión ocasional con una adolescente que trabajaba de doméstica para su familia, de nombre Rosalinda. Los pueblos no saben ni se enteran de lo que no quieren saber ni enterarse. El rastreo para llegar a esa modesta casa de Río Cuarto, muy cerca de la cancha de Estudiantes, había sido una carrera de postas por todo el Valle de Traslasierra, arrancando de punteros radicales de Juan Feliciano, flamentes viudas de estancieros recién suicidados, transportistas de hacienda, amigos personales, etc. Cuando la señora abrió la mirilla de la puerta al porch de la casa de la calle Ituizangó, a las 3 de la tarde, el sacudón fue inevitable: estaba ya cansado de ver fotos de Juan Feliciano en todos los ángulos, pero eso no era una foto sino una voz imperativa que me interrogaba acerca de lo que quería, no muy elegante que digamos, 500 kms. en el último tramo, lleno de polvo, sin afeitarme y con una facha ni para hacer casting en Río Cuarto, ni soñar Hollywood.
Su abogado, el hombre que nos llevó, el fotógrafo, el yerno, la nietita, su hija, algún que otro vecino curioso, se nos hizo la hora de la cena y estábamos verdes de tomar tanto mate. Lo dijo más de una vez lo de su hermana ya muerta, el cariño por el primo que para ella había sido un hermano y que también estaba muerto. Ahora, rastreando los apuntes, hay muchas cosas que coinciden. El rencor de Blanca Rosa contra su padre estaba a flor de piel y dijo con gesto acre que por lo menos José Manubens había venido a buscarlo a su hijo y se lo había llevado a trabajar a unos obrajes que tenía en el Chacho. Algo hizo que en semejantes horas de charla, que se recuerde o haya quedado grabado, no esté el nombre de su hermana ni la su hijo natural Manubens. Sí bastante clarito que cuando lo había necesitado por lo menos, sin darle el nombre como hubiera correspondido, lo había venido a buscar. Ahora en las versiones a los saltos como galope de gusano que están corriendo, si cometió un homicidio, si estuvo dos décadas a la sombra, si murió poco más que cuarentón, como afirman reiteraamente las coincidencias son varias: los nietos serían nietos naturales del doctor José Manubens Calvet, varios períodos senador radical por Córdoba, no del terrateniente Juan Feliciano, y se cerraría el círculo gestaltiano en cuanto a la duda de aquellos primeros momentos en torno a si Blanca Rosa había mentido. Era tan coherente su historia de vida que la única alternativa era que no fuera hija natural, sino sobrina, hija de José. En todo caso, el apellido Guzmán ha vuelto a aparecer en Río Cuarto, hay una causa abierta para aspirar legalmente a una herencia e historias de vidas no sentimentaloides porque los de la Torre, los Manubens Calvet, los Guzmán y tantos otros conforman el friso de una historia que es del país, del país feudal, de los despojos y de una administración de justicia cada vez más decadente, a tal punto que el Martín Fierro ha pasado a ser vanguardia garantista. Porque ya ha pasado un cuarto de siglo largo que se hizo público que la herencia natural de Manubens Calvet estaba en Río Cuarto. El viejo Lisandro solía decir que no hay peor sordo que el que no quiere oir. [AR]