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6.10.11

SE CAYO LA MITAD DE LA MANZANA



Ayer, en su California natal, falleció Steven Paul Jobs, de 56 años, uno de los pilares de la Revolución Informática que se iniciara en San Francisco, en 1975. En agosto de este año ya había dejado entender que su fin estaba próximo y se había retirado parcialmente. El cáncer de páncreas lo tenía a mal traer en los últimos cuatro años y había sobrevivido exitosamente a un trasplante de hígado en el 2009. El estado físico deplorable que mostraba en la última foto que le publicaron desató una ola de indignación. Steve Jobs, como le decían, no se merecía algo así. Con él, como si fuera poco, desaparece la persona, el nombre personal de objetos y procesos, y las marcas quedan totalmente apropiadas del anonimato rasante que rige en el posmodernismo.
Su verdadero nombre era de apellido Jandali, el estudiante de origen sirio que lo engendró junto con Joanne Schieble, una estudiante de posgrado soltera, pero fue dado en adoptación a Clara y Paul Jobs, que lo criaron en un poblado de lo que dos décadas después comenzaría a ser el Sillicon Valley, un enclave en el que el joven Steve tendría mucho que ver. Deja cinco hijos, uno de ellos prematrimonial, y un halo para la leyenda. En febrero de 1975, cuando en un viejo cine abandonado de San Francisco empezaron las reuniones del Homebrew Computer Club, apenas había cumplido los 20 y la yunta con el descendiente de judíos polacos Steve Wozniack yha eran conocidos como Los Steves y se cuchicheaba que darían que hablar.


No defraudarían a los chimentos. En 1976 presentaban la Apple I, que fue un verdadero fiasco, pero se esmeraron su poco para mejorarla y antes de 1978 aparecía la Apple II hasta hoy considerada por la ingeniería como la mejor computadora personal que pergeñaron manos humanas. Ya por entonces había 200 marcas de PCs con sus respectivos sistemas operativos y la gigantesca IBM, en el Operativo Capricornio secreto con Microsoft, aprestaba a tirar el zarpazo en los 154 países donde había echado bazas. La respuesta de Los Steves fue la Macintosh, la famosa pantalla blanca, el sistema por íconos donde el mouse reemplazaba a la línea de comandos, pero si bien mimada por sus excelencias, diseño y  calidad en costos no podía competir. Se vio relegada a quedarse con la fama  y el 10% del parque computacional mundial, haciendo pie firme en la industria gráfica, la publicidad y los progre de billeteras regordetas.
A Jobs llegaron a echarlo de Apple. Wozniak, el más díscolo y explosivo, antes había decidido a dejar todo y dedicarse a su berretín favorito como es volar con ultralivianos aunque ya más de una vez huya tenido que intervenir Dios para no tener que separarlo con espátula del suelo y que quede algo para el velorio. Para colmo de males, a unos malpensados de la Xerox se les dio por pensar que ese sistema operativo tenía demasiados parecidos con uno que habían registrado ellos en la guerra de las fotocopiadoras y andando Wozniack cerca no había que ser muy mal pensado. No era un misterio para nadie que su misma madre,  cuando pelecharon fama, había recibido a los periodistas con lo mejor su cocoliche polaco judío mechando un inglés trogodlita y dicho muy suelta de cuerpo: "Yo sabía que mi hijo terminaba en genio o en cárcel." Ante semejante panorama, metieron un ejército de abogados y peritos. Se acumularon rumas de cuerpos y se le desgastaron las huellas dactilares contando los billetes para pagar el juicio y los daños y perjuicios contra esa parejita de párvulos inocentes, incapaces de matar una mosca, aunque la demanda no hubiera sido por homicidio de insectos. Sea como sea, el momento crítico fue duro, pero William Henry Gates IIIº, más conocido por el alias del Bill Gates, no pudo poner una zarpita en el paquete accionario y ni siquiera mojar el pancito en el sistema operativo. ¡Aire, che! La revolución para pasar la cultura humana del sostén físico, sobre todo el papel, a uno digital, no pasa por figurar en el marcador de la revista Forbes.


Jobs siguió solo y con suerte variada. Volvió a Apple, se dedicó a los famosos celulares tipo tableta que hoy están en boga, trastornó el concepto de los derechos de autor, sobre todo en música, pero nunca pareció entenderse que él nunca fue ni quiso ser un revolucionario en el sentido de la propiedad, si no en lo tecnológico, un rubro que hasta el último día lo tuvo en la vanguardia. Como muestra la gráfica y el video de más abajo, la tirria con el casposo de Seattle nunca tuvo cuartel. Lo natura non da, la guita non presta. Y como la Argentina de Borges no es la única donde la gente mejora sensiblemente con la muerte, a esta hora, en todos los formatos, como un toque populista recurren al viejo garage de los Jobs convertido en planta industrial de los primeros días, pero ni pío de los métodos de financiación y menos que menos del Capitán Crunch. Este sujeto no cabe en ninguna de las categorías conocidas. No se bañaba, se tomaba hasta el pulso, se inyectaba hasta agua destilada y andaba de un lado a otro de los EE.UU. en una station vagon pintada con un look psicodélico, así nos ahorramos espacio. Adelante, fuera donde fuera, le abría camino un auto particular y por atrás, otros dos lo secundaban. Los tres llevaban la dotación completa de agentes del FBI. Con Los Steves eran como hermanos de leche y les había cedido, sin pago de royalties de ninguna especie, la fabricación libre de la Blue Box. El aparatejo era una caja azul, como su nombre lo indica, y adentro tenía un chip y un circuito, asomaban dos cables con los respectivos cocodrilos, y mejor que nada desde una teléfono público, si se contaba con la agenda de algún yupie gordo de multinacional, preferiblemente de noche y más que nada los fines de semana, se discaba y se podía hablar con canilla libre a Europa, la URSS, Groenlandia, no se escatimaba en tarifas. Los Steves la fabrican en serie y los pibes, avisados por su circuito propio, la compraban por su necesidad de comunicación y de paso hacerle algún que otro agujerito al sistema. Se desconoce el número exacto de descompesaciones cardíacas, saltada de tapones y otros trastornos de los dueños reales de los números cuando la Bell, la ITT y las otras, inclementes, les mandaban la factura mensual con cifras de seis dígitos.
No hay motivo para el asombro o el desengaño. Ya lo escribió Honorato de Balzac que no hay revolución que no tenga que pasar por el crimen. Lo que puede pasar, como en este momento en la Argentina, que se pasa por el crimen y no hay ninguna revolución ni en veremos. Estos hijos de Vietnam, como se los llamó, se los catalogaba como rippers (destripadores), cartoneros tecnológicos, diríamos hoy, porque revolvían los basurales de la gran industria electrónica de entonces, buscando chips en desuso, circuitos desechados, cualquier cosa que les abrigara la esperanza de poder tener una computadora personal. Los Steves estuvieron en esa desde el primer momento y por eso, cuando en enero de 1975, salió el ejemplar del Popular Electronic con la Altair 8800, aunque para cualquier neófito era una batata infernal que no tenía ni pantalla ni teclado, mandar un giro de casi 400 dólares y encima armar el kit como el cabildo del Billiken, ellos supieron leer que el futuro estaba allí y se fueron como mosca al dulce.
El destino o lo que sea quiso que los Jobs adoptadores lo criaran en lo que hoy es el Silicon Valley. El inmigrante sirio, su padre biológico, Abdulfattah John Jandeli, hoy tiene 80 años, pero jamás quiso provocar un reencuentro por temor a que creyeran que lo motivaba el olor del dinero. Siguió minuciosamente la carrera del hijo pródigo por los medios masivos de comunicación y sobre todo Internet. Una generación revuelta, amorfa, con orígenes de los más variados y fines también de los más variados. Y que por ciertas adicciones, sobre todo a las anfetas, para no dormir y el día fuera más largo, más que a la Mary Jane, el establishment los mirara como descastados, pero hicieron una revolución y sobre todo el soft fue elevado por el Ministerio de Defensa a la misma categoría que tienen las ojivas nucleares para el poderío del imperio.
Jamás se lo propusieron. Dirk Hanson escribió a principios de los '80 que se estaba frente a una utopía informática o a una pesadilla electrónica electrónica. Para colmo, en el camino se cruzó el Linux y ahora, a la hora de los recuentos finales, se encuentra que en una de las máquinas de Jobs se albergó la primer web. Y a todo esto, ¿qué es de Wozniak? Lo localizaron los de la AFP, gordo como una bola, casi sin habla y alcanzan a balbucear por la buena nueva que acababa de enterarse: "Es como cuando murió John Lenon", alcanzó a decir.