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8.9.05

«¡MUSICA, MAESTRO!»




PARA TOCARLO, ENTRE VARIOS Y A LOS 66 AÑOS


Anoche, en su casa de Las Heras, departamento de su Mendoza natal, murió Nicolino Locche, (a) El Intocable, genio, figura del boxeo mundial como arte de no dejarse pegar y castigar a un rival. Logró el campeonato mundial de su categoría ante el oriental Paul Fuji, a fines de 1968, a quien dejó le mormosa y tumefacta toda la parte izquierda de la cara en base a no dejarse tocar y por encima de esa mano meterle una mezcla rara de cross, dando un saltito, un zarpazo de gatito, que le quebraron la moral y no lo dejaron salir a pelear más en el noveno round. Los nipos pidieron que en nombre de las milenarias tradiciones se hiciera el hara kiri. Nico lo festejó con Coca Cola, a la que era adicto, y cigarrillos, a los que era más adictos todavía y le terminaron decretando el final.

Al año siguiente, el sábado 3 de mayo de 1969, defendió por primera vez el título en el Luna Park frente al venezolano Carlos Morocho Hernández, que le llevaba por lo menos una cabeza, flaco como un mimbre y un derecha como patada de burro. Fue el día que se metió más gente. Se acusaron oficialmente 12,5 mil entradas vendidas más todos los colados y entradas de favor. La pelea comenzaba a la medianoche y este cronista, en la popular, justo en la esquina de Lavalle y Bouchard, desde las 7 de la tarde no se podía ni sacar cigarrillos de los bolsillos interiores. Hasta que comenzó el primer encuentro preliminar hubo que entrenerse haciendo girar a manotazos condones marca Velo Rosado, inflados, que eran impulsados entre vítores y gritos de todo calibre.

La subida de Nico fue apoteósica, con bata celeste y blanca. Las ceremonias previas y al estar todo listo, el apagado de las luces del estadio, sólo las del ring, retirada de banquitos, gong, el juez que hace la seña para que comience el combate y todos los cementerios confluyeron para aquel silencio sepulcral, cuando una voz lo quebró para siempre y así sellar un momento histórico:

-¡Música, maestro! -gritó uno de algún lado, el Luna estalló en la carcajada y hasta el propio Nico se rio.

Estaba terminando el segundo round, el venezolano lo venía arriando a piña limpia, mejor dicho: venía espantando todos las moscas y mosquitos de los alrededores, cuando justo casi al llegar al rincón mencionado, metió por abajo de la izquierda levantada del Intocable un mandoble tan impresionante de derecha, vaya uno a saber si cross corto o upper cut abortado, el caso fue que le dio justo en la punta de la mandíbula izquierda y lo sentó de culo.

Ahí sí que fue grande el silencio. Nico escupió el protector, se fue parando despacio, la protección llegó hasta ocho y levantó apenas los brazos. Morocho Hernández se le fue al humo como un toro y le tiró hasta con la toalla. Nunca se escuchó con tanta felicidad el gong. Paco Bermúdez vino a buscarlo con un balde agua para hacerlo reaccionar. No podía ni caminar. Lo llevaron al banquito de los sobacos.

Salió al tercero y siguió el vendaval. La fiesta comenzó poco después y cuando en el duodécimo el caribeño lo volvió a arrinconar, esta vez con Nico sentado en la segunda cuerda, cosa que le encantaba, del rincón de Corrientes y Madero, el otro le debe haber tirado no menos de cincuenta piñas desde menos de medio metro. No le pegó ni en los brazos. Fue tan grande la desazón que bajó los suyos, quedó totalmente expuesto frente a un Intocable que le sonreía y lo invitaba a seguir probando, pero no lo golpeó, aprovechándose, y con la cabeza y los hombros gachos el otro se volvió para el centro del ring, totalmente quebrado, vencido.

El juez lo instó a que levantara la guardia y diera combate porque si no le contaba. Fue al cuete. Ya no era un hombre. Era un pobre pelele que no había recibido ni una cachetada y no podía con su alma. Las cuatro tribunas bramaban:

-¡Ooolé! ¡Ooolé! ¡Ooolé!

Ese genio murió ayer. Empedernido fumador, tomador de Coca Cola y wisky, reacio al gimnasio y proclive a cuanto prostíbulo se le cruzara, así fuera necesario cruzar la cordillera por el camino de San Martín y seguir la joda en Santiago de Chile, toda esa indisciplina atlética pudieron lo que no pudieron los rivales. Perdió el título en 1972, en Panamá, con un oscuro e ignoto rival que peleó contra un fantasma del Intocable y no tuvo inconvenientes en derrotarlo de una manera casi vergonzosa.

Diez años después, desde el flamante gobierno de Alfonsín le tiraban la soga de un inventado puesto oficial de asesor boxístico de la SIDE (sic) porque su estado era ruinoso. De salud y monetario. Había quedado atrás cuando Paco Bermúdez, maestro de maestro y hacedor de campeones mundiales siempre dentro de la escuela del español Ignacio Ara, bien parados, izquierda en punta, la mano derecha alta, cubriendo la cara, apelaba a todas las radios del país y pedía «por favor, Nicolino, volvé al gimnasio, te tenés que entrenar algo, la pelea es el sábado, te lo pido como un padre, como un amigo». Andaba de putas, enfiestado, vaya a saberse en qué provincia o qué país.

Ayer murió a los 66 años quien había alcanzado la cima a los 29, subido a un ring como amateur y profesional un total de 137 veces al ring a no dejarse pegar y solamente en 14 le pudieron dar algo y las perdió. La pelea con Fuji, en diciembre de 1968, la tendrían que pasar en las escuelas para mostrar que las dotes y la inteligencia sirven de sobra para triunfar sobre la fuerza bruta. Que del deporte donde hacen pucherito las buenas conciencias pequeño burguesas el gran Nico hizo un arte depurado, un Julio Bocca con guantes, a pesar de su físico retacón, con menos cintura que una talquera, cabezón, cara de rasgos gruesos, la nariz aparatosamente achatada y los arcos superciliares, por lo débiles y de tantas cortaduras y costuras, prominentes como un primate.

A la hora de la despedida, Nico, los que todavía vivimos y tuvimos el inmenso privilegio de ser testigos presenciales, como en aquellos primeros minutos del domingo 4 de mayo de 1969, en tu homenaje un solo grito:

-¡Música, maestro! [AR]