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16.9.05

HOY JUSTO SE CUMPLE MEDIO SIGLO




«DEBEN SER LOS GORILAS, DEBEN SER»



Hoy se cumplen 50 años desde la irrupción de la Revolución Libertadora. Un irresoluto país que estaba muy lejos de haber superado dicotomías como unitarios y federales caía en otra sinrazón mucho más profunda, definitiva: peronismo y antiperonismo. Si el primero es algo idefinible por naturaleza, porque los estados de ánimo suelen resbalarle al raciocinio, encuadrándose por entonces en lemas tribuneros como «ni yanquis ni marxistas, peronistas», aunque quizá la mejor provenga de su propio riñón («el hecho maldito del país burgués», de John William Cooke, un dirigente vernáculo con nombre de filibustero inglés y que entregó su vida al delirio de tratar de tejer lazos entre la mazamorra oscilante siempre de acuerdo al enemigo de turno con la Revolución Cubana, cuando si algo tuvo y sigue teniendo de coherente el peronismo es su naturaleza profundamente antisocialista, caudillista, biclasista y estanciera), lo que no tardaría en ser llamado gorilismo vino a aportarle la imprescindible otra pata para montar a la sinrazón, el odio y como único motivo de existencia en torno a la dedocracia de un caudillo con neto arraigo popular, sin duda, pero un valor que no significa nada per ser ya que durante el siglo XX los hubo mucho más y cada cual más nefasto.

Popular por qué y para qué, en todo caso preguntarse.

El epicentro de la rebelión estuvo en Córdoba. Ya en el Facundo Sarmiento le había echado el ojo a esa condición bifronte entre lo bárbaro domado por los jesuitas y La Docta que había dado al Manco Paz y a Dalmacio Vélez Sarsfield. El general ultracatólico Dalmiro Videla Balaguer estuvo al frente. En Corrientes, en un segundo plano, aparecía un Pedro Eugenio Aramburu que no tardaría en copar los primeros planos. Por agua se lanzó un energúmeno como Isaac F. Rojas, quien al pasar por Mar del Plata y practicó tiro al blanco con las baterías de la flota contra los depósitos de combustibles como si tratara de un ejercicio de calentamiento precompetitivo para dejar en claro que para lo único que tenía ideas claras era para odiar al otro y hacer exactamente los mismos sandeces, pero de signo inverso.

La muy poco relevante Fuerza Aérea quiso aparecer como leal en un primer momento, el mal tiempo que duró hasta el 19 de setiembre, con muy bajo plafond de nubes, no dejó despegar a lo principal de su dotación y los pocos que despegaron pasaron a engrosar una categoría nacional que haría flor y nata: los panqueques., bautizados así, muy poco imaginativamente, porque se dieron vuelta en el aire. Frente a cantidad de locales sindicales, sobre todo la UOM, en la capital y el Gran Buenos Aires, sobre todo, bajo la lluvia, una masa fiel de trabajadores esperó en vano las armas prometidas y guardadas, algunas, en los sótanos del edificio Alas donde funcionaba el primer canal de tevé y era el cuartel general del propagandismo del régimen regenteado por un tal Apold.

La irreductible posición de la Iglesia, que fue el elemento aglutinador y relevante para producir un cambio en la Casa Rosada, fue junto al odio mucho más racista hacia los cabecitas negras que clasista, lo único más o menos coherente. Un regimiento que arrancó leal al gobierno constitucional desde Santa Rosa de Toay, La Pampa, para combatir a los marinos insurrectos, en el trayecto cambió cinco veces, dirimiéndose la condición del cumplimiento del deber constitucional al golpismo a piñas entre los principales oficiales. El Proceso, la casi guerra con Chile y Malvinas, veinte años después, ya mostraban el cuño del desastre anunciado gracias a la anomia, falta de principios, ideologías amorfas productos de collages cipayos de todo cuño, anarquía y personalismos inconducentes que procuran evitar la falta total de un conciencia nacional, como también la falta de objetivos claros hasta como sectores por naturales totalmente reaccionarios, antipopulares y antinacionales.

La inquina que los había llevado a vivar el cáncer en 1952, cuando la vida de María Eva Duarte entró en su fase terminal, un odio feroz y bárbaro los llevó a arrasar como hordas a estatuas, bustos, carteles y demás exabruptos de la carnestolenda peroniana. Mucho peor el remedio que la presunta temida enfermedad. El ícono del cadáver embalsamado de la Abanderada de los Humildes, en la CGT, es un historia tan asquerosa y tétrica que avergüenza recordarla. Llegar a levantar la Biblioteca Nacional para demoler el lugar físico donde había muerto la ex actriz, hija natural reconocida por un estanciero, oriunda de Los Toldos, para que la chusma y la plebe, según los argumentos, no lo conviertiera en un santuario profano muestra bien a las claras que la patología reemplazó cualquier ética e ideología y que la presunta religión oficial, a cargo del déficit oficial, era profana y sectaria. Un personaje como El Capitán Gandhi, allegado a uno de los marinos golpistas, se pasó por los pasillos del Departamento Central de Policía con la calavera putrefacta de Juan Duarte, el súper cuñado y súper secretario privado del que pasó a ser el Tirano Prófugo o el Dictador Despuesto, con tal de nombrarlo, para probar lo que sus cofrades de los services lo habían suicidado. Veteranos sabuesos, acostumbrados a cualquier horror, vomitaron ante el paso del Hamlet esmirriado.

Con tanta o más ferocidad de la que los peronistas habían puesto en perseguir políticamente a los contreras, como se los denominaba, preferiblemente comunistas, como fue el caso de Atahualpa Yupanqui, a quien en el Departamento Central de Policía le destrozaron la mano derecha, poniéndosela debajo de una máquina de escribir y saltándole arriba, obligándolo luego a exiliarse en París, en 1946, o encarcelando periódicamente a Osvaldo Pugliese, el destierro revanchista de Libertad Lamarque o la ida de Niní Marshall por una pavada que dijo por radio y de lo que no encontró manera de arrepentirse y pedir perdón, la persecución fue feroz y alcanzó su punto límite con la masacre de José León Suárez, un aseinato en masivo de militantes de base, y el fusilamiento de los militares Valle y Cogorno, los que se alzaron al poco tiempo con suerte nula.

El Uruguay fue el exilio preferido de un amplio surtido de lo más fósil y reaccionario de la política argentina. Los últimos en llegar triunfantes, vía aérea, fueron los pilotos que alcanzaron a escapar luego de desovar la carga genocida sobre la Plaza de Mayo el 16 de junio de aquel mismo año, una epopeya criminal de la que no se tenía noticia desde que la aviación nazi había hecho una experiencia piloto con una ciudad abierta como Guernica, durante la Guerra Civil Española. Los civiles fueron sacados por agua desde el Tigre a Carmelo o en vuelos directos a Montevideo por la infraestructura para el contrabando a gran escala, institucional, desde Paraguay, de whisky White Horse y cigarrillos Chesterfield, aparte del aparato de juego clandestino, que tenía montado el Cacho Otero, por entonces el capo di tutti capi del Delito Organizado en el país con sucursal en la Asunción que ya había hecho suya para quedarse un largo tiempo el Colorado Stroessner, desde el primer momento un amigo íntimo de Perón y sobre todo del malogrado Juancito Duarte para algunos negociados con carne. La paquetería, buenos apellidos y rancias estirpes exhibidas por los libertadores que segaron de un tajo la ignominia argentina de la Segunda Tiranía, como si después de don Juan Manuel la Argentina hubiera sido el paraíso de la democracia, los derechos humanos, las buenas costumbres y el desarrollo industrial, tuvo también su momento cúlmine cuando en un acto solemne al Cacho le impusieron la Orden al Mérito del Libertador por los patrióticos servicios prestados.

Lo peorcito había reemplazado a lo bastante malo y el país emprendía definitivamente, por propia voluntad, la fatalidad de su destino.

En el atardecer del 16 de junio, desde el dichoso balcón, Perón había anunciado que los últimos aviones habían pasado huyendo y que sólo los cobardes huyen. El no huyó; se exilió en una cañonera paraguaya que estaba en reparaciones en el Riachuelo. Con la primer escala técnica en una de las más sangrientas y retrógradas dictaduras que supo padecer la vapuleada Latinoamérica, comenzaría un periplo que tuvo su segunda escala en la Caracas de Pérez Jiménez, a la que derrocó la masonería centroamericana encabezada por el costarricense Figueres, después hizo un breve alto en Panamá, no precisamente bendecido por un gobierno progresista, donde conoció a una riojana espiritista, ex bailaora flamenca, que sería su tercera esposa, y encontraría merecido solaz en un Santo Domingo regenteado por la que aparece con el récord inigualable de haber sido la peor tiranía del sur del Río Bravo, el paradigma del despotismo y la bestialidad, mal que les pese tanto a los nazis como a los que se pasan recordando sus proezas, como fue el régimen de Rafael Leonidas Trujillo, secundado por un muy eficaz coronel croata, que no tardaría en hacerse muy amigo de la pareja argentina, el coronel Boganovich, quien al mando de una flota de los famosos escarabajitos de la Volkswagen había inaugurado en el continente lo que dos décadas después se implantaría a gran escala en la argentina: la chupada, desaparición y asesinato de los adversarios políticos.

Por último, para evitarle más compromisos a los pobres barbudos de la Revolución Cubana, habría supuestamente rechazado una amable invitación a alojarse en la isla, proveniente de los comandantes Fidel Castro y Ernesto Guevara, siempre al tenor de los entusiastas soñadores y seguidores de John William Cooke, y se acomodó para una larga estadía en las afueras de Madrid, en el barrio Puerta de Hierro, en una residencia especialmente construída con los fastos necesarios y a la que bautizó 17 de Octubre para conmemorar la pueblada que lo puso en la primera línea de la política argentina en 1945. Aparte de su esposa, con el nom de guerre religioso de Isabel, lo acompañaban dos delicisosos caniches, uno blanco y otro negro. Un elenco estable muy singular, matizado por constantes visitas no menos singulares, pronto se vería completado por el ex cabo de la Policía Federal José López Rega, también conocido con los alias de El Brujo o el Hermano Daniel, a cargo de toda la parte exótico, cultos esotéricos, magia negra y contactos con el Más Allá cuando todavía no había ni visos de Internet o naves Discovery., teórico de la existencia de las Tres A que formaban para designios superiores Asia, Africa y América, en este último terreno la Argentina con un triángulo propio interior, la antigua civilización de la Atlántida enterrada y el Ser Celeste y Blanco, obviamente superior en todo lo que a racial significa, pronto a aparecer.

El generalísimo nunca ni siquiera lo invitó a tomar un café, no fuera el mundo a creer que tenían algo que ver con los caniches, el bombo y todos los demás. Una cosa es ser gallego y otro caer en ese tipo de sotilezas.

Las fantochadas de la que pasó a llamarse la Libertadura, por las democráticas y humanitarias prácticas aplicadas, particularmente contra los sectores más débiles y más empobrecidos de la población, que habían resultado los más favorecidos por la redistribución del ingreso de cerca de un 20% del PBI llevado a cabo por el primer peronismo, y un atisbo de participación social y política a través de un CGT con un cúpula digitada de manera corporativa desde siempre, tuvo una gran puesta en escena en la restauración de la Constitución de 1853, en reemplazo de las reformas peronistas del 49, y la prohibición total, sobre todo a nivel oficial de utilizar las palabras Perón, Evita, peronismo y cualquier derivado. Las nomenclaturas oficiales, rituales, religiosas, típica de sectas de primates, fueron Segunda Tiranía y el Tirano Depuesto.

El antiquísimo dicho de que peor el remedio que la enfermedad pasó a ser un habitante más con ciudadanía propia.

A los tres años, por el compromiso asumido antes la metrópolis de volver a gobiernos elegidos por las urnas, sale elegido Arturo Frondizi al frente de escisión de la vieja Unión Cívica de Leandro N. Alem y con el apoyo de Perón, según un pacto secreto celebrado en Caracas. Frondizi efectivamente le puso fuerza de ley a la amnistía más amplia que conozca la Argentina, de las muchas de todo calibre que ha tenido, pagó con la omisipon pero su incurable camaleonismo y el caos en los sectores dominantes hicieron entrar al país en una serie de intentos de golpes, chirinadas, zapateos, cuartelazos y demás que culminaron con su expulsión, la entronización de la triste figura del rionegrino José María Guido para cumplir un interinato y la asunción del radical Arturo Illia, con una esmirriada cantidad de votos merced a la proscripción peronista que se expresó de manera abrumadora con el voto en blanco.

En 1966 la división aparente entre azules y colorados terminó con el violetismo de Onganía, el ascenso de los cursillistas al poder y segundo intentó fachistón desde Uriburu. El final de la autodenominada Revolución Argentina serían dos formidables Cordobazos,merced al resurgimiento del espíritu de La Docta, el comienzo del país peruano, al decir de José Ingenieros, el surgimiento de la guerrilla y el por fin tan anunciado como temido regreso del General, en medio de una masacre.

Hoy se cumplen cincuenta años que a un desatino nunca definido en torno a un turbio caudillo del más rancio populismo conservador apoyado masivamente por los trabajadores, sobre todo en un primer momento el proletariado campesino convertido en urbano por algunos atisbos de desarrollo industrial que nunca se concretaron, se pretendió desplazarlo con la nulidad espiritual e ideológica que llevan todos los anti. De ahí en más, peronismo y gorilismo demostrarían que sólo tienen en común disputarse como perros el botín porque son el anverso y el reverso de una misma moneda, la reedición ya totalmente caduca de la falsa antinomia entre unitarios y federales que terminó en un simulacro de organización constitucional federal en un país cada vez más unitario y caminando por el filo de la cornisa de la disolución. [AR]