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26.5.05

UN CLUB DE COMPUTADORAS MUY FAMILIAR


HOMEBREW COMPUTER CLUB

Hace treinta años, en un garage de San Francisco, una treintena de muchachones, atraídos por una sugestiva convocatoria, empeza a cambiar la historia cultural.

Entretelones de lo que fue el Homebrew Computer Club, el grupo al que originalmente perteneció Steve Wozniack y muchos otros pioneros. Por lo menos allí se gestaron una docena de multinacionales.



Se cumplieron veinte años desde que en un garage de San Francisco una treintena de muchachones llamados despectivamente destripadores (rippers) por el stablishment mantuviera la primera reunión de lo que dio en llamar se el Homebrew Computer Club (HCC), grupo que se convertiría en la vanguardia decisiva para que la computadora personal fuera lo que es hoy.

Si nombrecito ya se las trae, como se puede ver en detalle en la nota aparte respectiva, al pasar lista a aquel primer grupo de pioneros, entre los que estaban Steve Wozniak y Bob Marsh, no resulta para nada aventurado señalar que aquella lluviosa noche del martes 5 de marzo de 1975 tuvieron su origen, entre otras multinacionales, Apple, Proc Technology y ComputerLand.
Para la tercera reunión, unas semanas después, la sede inicial empezó a quedar chica. Se tuvieron que muda a la Mansión Coleman, un tradicional edificio victoriano que servía como escuela. Tampoco tardó demasiado en ser rebalsado. De ahí se fueron al auditorio del Standord Linear Accelerator Center, que terminaría siendo su sede tradicional. En mayo de 1975 congregaban a casi ochocientos adherentes y para mantener algún orden se distribuían y sentaban según subgrupos, entre los que ya se destacaba el de Wozniack y sus muchachos de la Apple.

La decisión trascedental de aquella primera reunión fue concluir con entusiasmo y paroxismo que la Altair 8800 que habían pergeñado la asociación de Leslie Solomon, El Tío Sol, editor de Popular Electronics, y Ed Roberts, dueño de un tallercito de calculadoras llamado MITS, era exactamente el futuro que ellos andaban buscando.

Cómo fueron a parar allí aquellos trentidós primeros miembros que darían vuelta como un guante la cultura moderna y darían inicio al posindustrialismo no tiene desperdicios. Fred Moore, entre otras debilidades, mantenía contactos con algunas publicaciones del underground tecnológico y era poseedor de un listado de fanáticos de toda calaña a los que convocó, ya bajo el nombre de HCC, que no se sabe a quién se le ocurrió, bajo las siguientes consignas:

¿Está usted construyendo su propia computadora, una terminal o una máquina de escribir con televisión? ¿Un dispositivo de entrada/salida o alguna otra caja negra digital?
¿Está usted arrendando servicios en alguna máquina de tiempo compartido?
Si es así, podría gustarle venir a una reunión de personas con intereses parecidos, cambiar información e intercambiar ideas, hablar de negocios de suministros, ayudar en trabajo de un proyecto, cualquiera que sea.

Eso fue todo. Moore dejaría en una frase cuál era el monto del capital sobre el que giraban: "«Rascábamos el fondo de los bolsillos para comprarnos una Altair», dijo, en relación a los 496 dólares que costaba la inversión.

En la primera reunión, Steve Dompier, que tendría a su cargo extraerle los primeros compases de Yesterday, de John Lennon, a la Altair, como demos tración palmaria de que el catafalco servía para algo, informó del cruce del mapa de los EE.UU. para llegarse hasta Alburquerque y constatar in situ donde la fabricaban. La impresión que le dejó el boliche, una ex sanguchería al lado de una lavadero de ropa a domicilio, no fue de lo mejor, pero ya llevaban vendidas casi dos mil y esperaban vender no menos de un millar más en marzo.

La batuta de las reuniones cada vez más multitudinarias no tardó en ser llevada por Lee Felseenstein, llamado El Ingeniero de la Contracultura, un rebelde impenitente que acunaba el sueño de terminar con el liderazgo de la IBM e instaurar en su lugar «el sacerdocio de las computadoras». Una frase suya lo pinta de cuerpo entero: «Un año era toda una vida en aquella época», supo recordar.

En apenas tres años desarrollaron la industria de las computadoras personales, diseñaron disqueteras, monitores, disquetes, inventaron la hoja electrónica de cálculo, los BBS, el procesador de texto, pero por sobre todo el software, un pivote cultural que no tardó en convertirse en el ombligo de la nueva era. Una industria sin humo y casi no ocupa casi espacio, la que para colmo no tardaría ser declarada por gobierno de valor estratégico, a la altura de una ojiva nuclear.

En un principio no pertenecían a los productos de fabricación seriada. «Uno trataba fundamentalmente con empresarios: egos, sólo un montos de egos», diagnosticó Ed Faber. Alguien que estaba con un pie al costado, observado todo y mirando el momento oportuno
para subirse a la marcha triunfal, también aportó lo suyo al diagnóstico general de lo que fueron los orígenes: «Cualquiera que gaste su vida en una computadora es bastante anormal», se le escuchó confesar al entonces muy joven flacuchento, carita llena de gratos y mucha caspa, llamado Bill Gates, quien ya se aprestaba a negociar talentos ajenos y encaramarse por lo menos, si no entre los genios que cambiarían la cultura de la modernidad, en el primer puesto de la revista Forbes con 45 mil millones de dólares de fortuna personal. [AR]

[N. de la R.] Salvo algunas correcciones para su actualización, esta nota fue publicada en marzo de 1995 en el Suplemento de Informática del matutino La Prensa.