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21.7.05

QUILMES NO TIENE UN PASADO CERVECERO



TODAS LAS ROSAS ROJAS PARA ISABEL PALLAMAY

Presentada oficialmente en la última Feria del Libro, la novela de Carlos Patiño titulada La Pallamay. La indescifrable estrella de los indios Quilmes (Mondragón Ediciones, Buenos Aires, marzo 2005), exhumó una faceta más de la historia urticante no sólo en cuanto a una vuelta de tuerca más de la metodología empleada en la tarea colonizadora y evangelizadora de la Madre Patria, sino la épica de un personaje nativo, de los legítimos dueños de la tierra, que de movida fueron bautizados píamente como indios, creyendo que habían arribado al paraíso hindú de las especies aromáticas y delicadas para los banquetes regios, después bárbaros y salvajes, infieles, herejes y otros rótulos caritativos, para terminar siendo considerados más sabiamente Los Antiguos por don Atahualpa Yupanqui.

El autor tiene una larga trayectoria de poeta y formó parte del legendario grupo Barrilete, que por los 60 se arracimaban en las mesas del fondo del ya desparecido Café El Colombiano, en el epicentro de la llamada Corrientes Liberada, y a cuyo frente estaba Roberto Santoro, uno de los nombres que engrosa la lista de los desaparecidos. Nacido en el mentado barrio porteño de la Posta del Caballito, pero afincado en esta zona del sur del conurbano bonaerense desde hace más de 40 años («soy quilmeño por adopción», nos chungueaba en un mail al respecto, cuando le cambiamos la nacionalidad de un teclazo), al frente de talleres literarios para sobrevivir más o menos, durante cinco años Carlos Patiño se sumergió en la documentación y los meandros de una historia que le contaron en la sobremesa de una reunión en la ciudad más mentada por la cervecería y maltería que montara el barón alemán Otto von Bemberg, la primera industria del rayón y otras telas sintéticas de la norteamericana Ducilo, que también produjo todo el 2-40 diclorohexano con que la aviación norteamericana desfolió todo el norte de Vietnam, particularmente la arboladura del delta que tiene como nacimiento el Mekong, hasta dejarlo como un paisaje lunar y que la naturaleza no será capaz nunca de volver a engendrar; también, otrora, la mítica Bernalesa, la algodonera más grande de Latinoamérica que además de la bondad de sus productos y de quemar los pulmones de las obreras por el polvillo, sólo paliado por un vaso de leche pasteurizada, supo dar líderes sindicales formidables. amantes formidables de formidables vedetes ahora candidatas a aposentar lo suyo por un partido neoconservador de inspiración menemista y dejar para la historia el yo me borro; la legendaria Alpargatas que trata de boquear una resurrección. Todo sin contar con que si la paqueta oligarquia porteña levantó en Mar del Plata una réplica del originalmente paquete Biarritz para evitar los sofocones tórridos del verano, como quedaba tan lejos y al principio ni siquiera había tren, en Quilmes tendieron una línea especial del tranway con el N° 22, desde Retiro, e hicieron una costanera y una rambla con piletas de agua salada sacadas de las napas que tiene abajo de la tosca el viejo Mar Dulce, que es la réplica de Bristol y podían ventearse todos los fines de semana apacibles, con una obra de ingeniería que no solamente ha soportado la inclemencia de todo tipo de sudestadas y gobiernos, si no que persiste en mantenerse y nostalgiosamente evocar las noches cálidas para ir en familia después de la cena a ver pasa el vapor de la carrera a Montevideo que salía de la Dársena Sur exactamente a las 22:00 de cada día.

La tarea le llevó cinco años al escritor y hasta revisarse línea por línea bibliografía sobre ornitología y fitogeografía de por aquellos años, de aquel latifundio conocido como los pagos de la Magdalena y que abarcaba de esta ciudad campechana al sur de La Plata hasta Avellaneda y que perteneció al abuelo de don Cornelio Saavedra. El tema es más apasionante que el misterio de una novela de suspense porque justamente no es una novela de ese género y hace a la historia, al pasado y a nuestra identidad. Por empezar, el pago fue reformado por orden de la metrópoli para instalar la Reducción de la Santisima Trinidad y de los indios Quilmes, el final de un largo peregrinar con los últimos bravos guerreros que fueron los primeros en resistir con guerra de guerrillas, no se rindieron nunca y estaban afincados en los Valles Calchaquíes, hoy jurisdicción de la provincia de Tucumán, y donde antropólogos y arqueólogos de la UBA han reconstruído casi perfectamente el último pucará con que intentaron defenderse.

Argentinos desde siempre, de movida hay discrepancias sobre el número aproximado, no exacto, de esos nativos que fueron traídos a pie durante casi un millar y medio de kilómetros, de un clima seco, de montaña, a la humedad y mosquitos de las barrancas de la margen sur del Mar Dulce. Las discrepancias son duras en el número neto de los que salieron y llegaron. De movida, oficialmente, actualmente los cicerones del lugar con atracción turística, dependientes del gobierno tucumano, con formación universitaria, hablan de un exterminio casi total en el lugar debido a un suicidio masivo de los quilmes (incluso no se sabe por qué allá y aquí se la ha empezado a escribir con k, algo que encrespa a Patiño con razón porque no tiene asidero, es de pura paquetería, más fashion quizá) con tal de no entregarse. Otros hablan de un destierro primario de unos 250 guerreros con su grupo familiar básico, alrededor de un millar. Patiño se toma de los documentos españoles originales que hablan de la expulsión y extrañamiento de por lo menos 3.500 en total.

Un comienzo más que resbaloso, no se puede negar. Y que tiene un segundo capítulo, no en la novela, sobre el origen aún incierto, desconocido, inabordable, de los quilmes, porque en la historia escolar que nos vendieron, más falluta que moneda de cobre en casi todo, se los hizo siempre aparecer como calchaquíes de pura cepa y de movida sólo se sabe que en esos valles fue donde terminaron afincándose, que venían del norte, algunos sostienen que cruzaron la cordillera, azuzados por los araucanos, que ya habían pasado por Perú y por Bolivia en sus dermarcaciones actuales, en la quebrada de Humahuaca también tuvieron sus agarradas porque no eran lo que se dice justamente calmos y terminaron en los valles que se abren al sur de Cafayate y hasta Santa Marta, en la provincia de Catamarca, afincándose y operando por los aldedores de lo que hoy es Amaicha del Valle y todavía más al sur, donde hay una población llamada Quilmes en su honor, pero el Pucará está un poco más al norte de la subida al Abra del Infiernillo, el punto más alto del cordón oriental y donde las arboladas, casi selváticas laderas que van a dar al viejo San Miguel de Tucumán fueron zona de operaciones del ERP en los '70.

Precisando el resumen hecho de la charla mantenida en directo por Radio BP, sobre el particular nos precisaba Patiño en un mail posterior de cuál era su versión al respecto: «Eran una de las naciones originarias del actual Perú, un poco más acá, al sur, de la ciudad sagrada de los Incas. Huyeron de su dominación -rebeldes y libertarios al mango- como huyeron o pelearon hasta morir en contra de cualquier dominación de cualquier conquistador. Antes. la muerte. Y esto sí es historia que más de uno debería aprender.»

Para colmo de las cerrazones los Quilmes no hablaban quechua, ya más que sospecha de su origen inca, sino un cacana, que era una forma dialectal, popular, algo degradada del otro y del que no han quedado rastros. Sobre esta particular, en el mismo mail el autor de La Pallamay nos desasna con gran criterio de la oportunidad y bien pedagógico: «Hablaban lengua cacana, perdida en el tiempo, y sus liturgias eran quichuas, por herencia, porque ellos, definitivamente, según toda la documentación histórica creíble, eran una de las naciones originarias del actual Perú, un poco más acá, al sur, de la ciudad sagrada de los Incas», aclara para luego rescatar un hecho que para muchos forman parte del cotillón, que no hacen la historia, pero que son la historia: «He leído, pero cuya verdad histórica no me consta, que algún jesuita -ellos se ocupaban de estas cosas, por eso tiene síntomas de verosimilitud- había hecho un pequeño diccionario equivalente entre la lengua cacana y el español. Pero -según esta anécdota o leyenda, vaya uno a saber- resulta que el jesuita entró en su casa y al salir vio que una cabra se estaba comiendo su libro. Y que se lo comió. Y así desapareció definitivamente la lengua cacana. Si tenemos en cuenta que los libros de esa época eran vegetales en su mayoría, y que las cabras comen cualquier cosa, la historia cobra entidad.» Recórcholis, buen provecho. Y sobre todo habida cuenta que con el posmodernismo la cultura no está teniendo mejor destino. Quizá peor: a los chicos les enseñan a comer hamburguesas y ser genios de los videojuegos antes que a mantener la sana costumbre de leer los libros. Si por lo menos se los engulleran, igual que la salvaje cabrita...

De su presunto desprendimiento del tronco inca o de resistir a quedar bajo la férula de este imperio que llegó a tener una extensión desde el sur ecuatoriano hasta lo que hoy en nuestro territorio es el poblado de Tilcara, es tomada la forma en que se los trajeron, hasta la actual ciudad balnearia, elegida por la bondad de sus planes por los ingleses para bajar las tropas y artillerías en el primer intento de invasión la vieja Gran Aldea, a principios del siglo XIX: caminando, fuertemente custodiados. Plagas varias, no precisamente buena hotelería, alimentos y algún que otro suicidio mermó bastante sensiblemente el número inicial del contingente erradicado por la fuerza y como única forma de someterlos.

Los que llegaron fueron asentados en lo que actualmente es el terreno de la parroquia principal, Ridavavia y Mitre, más exactamente en los largos salones que separan de la Escuela N° 1 y el Palacio Municipal. Carlos Patiño, en una larga charla por Radio BP, señaló que existe documentación que entre otros sometimientos, con piedras de las tosqueras que aún existen por alrededores, aprovechando su natural habilidad para hacer pircas y pucarás, usando las irregularidades naturales de la piedra para trabarlas en perfecto e inamovible nuevo equilibrio, ellos fueron los encargados de levantar buena parte de la Iglesia de la Inmaculada Concepción, patrona del caserío que se fue convirtiendo en ciudad, que ahora está allí y durante décadas pidieron plata para un revoque no llegaba nunca, como también la Catedral frente a la plaza de Mayo donde como en un acto de suma piedad, pero en una edificación aparte, dejaron poner un mausoleo con los restos repatriados del masón y hereje Francisco José de San Martín.

Isabel Pallamay nació en la reducción que después, como localidad, en algo que se agregaría como una cuota más de tanto misterio, llevaría el nombre genérico de la tribu de su gente y a los 14 años, en 1703, como la costumbre imperante entre ellos, con la llegada de la primera menstruación las niñas dejaban de serlo y pasaban a la mayoría de edad, Isabel, cuyo verdadero apellido sería una deformación del original Pachamay, según lo averiguado, y como su padre era cacique, compareció ante las autoridades locales de la metrópoli colonial a exigir la distinción y el tratamiento correspondiente.

Todo un desplante. Las ideas antropológicamente imperantes en todas las culturas nunca fueron demasiado favorecedoras de la condición femenina. Después de no pocas idas y venidas, sin embargo, le fue concedido. No vale la pena contar aquí los pormenores y usurpar la tarea minuciosa y rigurosa del narrador. Isabel Pallamay, madre de dos hijos y su marido, murió a los 38 años en una época en que la expectativa de vida, el tratamiento infrahumano, la epidemia, la sífilis, los mosquitos, chinches y piojos si no la acortaban todavía más, la hacía mucho menos llevadera. Hay también un manto de misterio en torno a la extinción de todo el grupo familiar. Algunas versiones que no pasan de eso, ya que no hay asideros documentales, hablan abiertamente de asesinato.

Pero el poeta investigador metido a novelista para cubrir con recursos narrativos la gran cantidad de baches de los rastros que ha dejado la realidad, llegó un momento que necesitaba ponerle un final y no lo encontraba. El mismo autor, en el mail ya citado antes, detalla este tipo de embotellamientos, típico de una obra de ficción en estas puro, digamos, y también en uno donde se recurre a los recursos de la ficción para recrear la historia perdida, diluída, invisibilizada: «Estuve casi un año tratando de llegar al final de la novela y no le encontraba la vuelta. En literatura importa más el cómo que el qué, es decir, cómo digo tal cosa que quiero decir. O necesito decir. En este caso, cómo narrar algo tan melodramático como la muerte de Isabel, su marido y sus hijos, sin que sea precisamente melodramático o novela para tevé. Le di vueltas y vueltas y vueltas, borroneé y borré posibilidades durante largos meses y de pronto, jugando al Carta Blanca -que es mi modo de pensar y agarrar concentración ante esta pantallita del monitor- LO VI. Terminadito y listo para envolver como regalo. Claro, sólo faltaba escribirlo, otra pavadita. Y otros largos meses de borroneo. El monólogo final estuvo siempre ante mis ojos, como el asesino está siempre ante los ojos del lector en las buenas novelas policiales anglosajonas, pasión de mi niñez y adolescencia (La Biblioteca ORO, ¿te acordás?), pero el lector no lo ve, por la habilidad del cómo del escritor. En este caso, yo no lo vi no porque me fuera escamoteado hábilmente sino por gil. La Pallamay está siempre escrita en tiempo presente, lo que sucede sucede en el momento en que el lector está leyendo. No es un racconto histórico, nostalgioso, o sucedidos en pasado, El libro comienza con una frase: "Yo soy la memoria de Isabel Pallamay y mi memoria es la memoria de mi nación". Entonces es la memoria de Isabel la protagonista de la novela. Y el narrador. Y si todo sucede en tiempo presente, ¿por qué no poner la voz de Isabel Pallamay en tiempo presente, es decir, hoy, en nuestra época, si la memoria no tiene tiempos? Y eso hice, lo obvio, lo que pedía la novela y yo, por torpe o por miope como soy, no encontraba. Isabel habla en presente, le habla a los quimeños de hoy, les cuenta su historia y sus pensamientos. Habla de Rivadavia, de San Martín, de la tevé, de los boliches en donde se toma la cerveza que lleva misteriosamente el nombre de su nación, en las camisetas de los equipos de fútbol, que llevan ese nombre a todo el mundo, etc. En este contexto, no resultó melodramática sino poética su muerte contada por ella, por la propia Isabel, vàlido porque quien habla es su memoria, no ella. Esto aminora el impacto emocional y salta lo melodramático del asunto. O por lo menos es lo que creo... ».

En este contexto es donde la cacica desliza el deseo que la recuerden con una rosa roja en el negro y alto enrejado que circunscribe el atrio donde píamente, bajo lápidas de mármol tallado, descansan cristianamente popes de la religión con sede en Roma.

Seguramente el libro no será un best seller. Aunque afecte los pocos poblados bolsillos del ex integrante de Barrilete, ojalá. Pero semejante exhumación de la historia, su divulgación entre los actuales habitantes de Quilmes, sobre todo a través de la publicación local Los Indios Kilmes, que como adelanto publicó el mencionado monólogo final y otras expansiones caras a políticos ultrasensibles a todo lo que sea mercadotecnia y mediático, hizo que en el último aniversario de la localidad sureña se descubriera un monolito en el lugar, recordando el sesgo medio cholulo, pero en el fondo fundamental y esencialmente histórico, de la única mujer cacica en esta parte del mundo. Lo que no estaba en el programa fue que a partir de entonces las mocositas de la siempre llamada ciudad cervecera que debe su nombre a un pueblo que fue exterminado sin jamás haberse rendido, entre las chicas de los últimos grados del ciclo primario y las que inician el secundario se ha hecho costumbre ir y ponerle una rosa roja a Isabel Pallamay, alfombrando la reja que les marcó los límites de una ignominia a la que bajo ningún punto de vista pudieron ser merecedores. Las quilmeñitas honran así a la hermana mayor que defendió la dignidad de los suyos y de la especie, más allá de las etnias si calchaquíes, diaguitas, incas, aymarás, arios, celtas, sajones o semitas.

Según Carlos Patiño, ahora se viene la segunda, como en las chacareras, y no en forma de tomo, porque en el acto formal del monolito estuvieron presentes organizaciones indigenistas y otras no gubernamentales entre las que ha cundido la idea de llevar adelante un petitorio y movilización para que la tradicional calle principal, hoy peatonal, de Quilmes, Bernardino Rivadavia, más allá de todas las polémicas en torno a nuestro primer presidente, sea rebautizada con el nombre que en realidad siempre tendría que haber tenido si no viviéramos, como seguimos viendo, de olvido en olvido:


ISABEL PALLAMAY
del mismo modo que nunca hubo razón aparante para ponerle Quilmes a Quilmes como Pigüé o Cutral Có se llaman así por los aguos del lugar. Quilmes fue, es y será Quilmes. Por eso la arteria principal, idenfectiblemente, tiene que llevar el nombre de su primera y última cacica, la que siendo casi una mocosa se alzó y reclamó por sus derechos y dignidad.
El apoyó unánime de las jovencitas escolares del distrito ya está. ¿Necesitan más? Allá vamos y también el reconocimiento para la labor de Carlos Patiño, de cuyos valores literarios se encargarán los especialistas en la materia porque desde el punto de vista cultural e histórico ya ha cumplido en demasía con el empeño. Ahora les queda la posta a las autoridades y demostrar cuánto realmente se han independizado de Fernando VII°, porque si el balance se hace tomando los parámetros de otros ámbitos... [AR]