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16.6.05

«¡MIRA COMO CAEN PAQUETITO E'IERBA!»




APENAS AYER, HACE MEDIO SIGLO


El 16 de junio de 1955, a media mañana, de manera sincronizada y sin que nada los detenga, como quien sale a dar una vuelta para ver cómo el fierro anda de frenos, cuatro docenas de máquinas voladoras aeronavales, entre bombarderos pesados Catalina y cazabombarderos Gloster-Meteor, provenientes en su gran mayoría de la base de Punta de Indio, se lanzaron en picada sobre todo lo que estuviera cerca de la Casa Rosada y dejaron caer entre 400 y 500 toneladas de explosivos. Es el día de hoy que como en tantos otros episodios de los llamados oscuros en un país no caracterizado justamente por la claridad, se desconoce la cifra exacta de víctimas fatales, ni qué hablar de los heridos de toda consideración. Los datos más optimistas hablan de un mínimo de 113, entre los que se cuentan 7 miembros de los Granaderos a Caballo, emblemático y vistoso cuerpo de élite creado por San Martín y que cumpliendo por única vez con el juramente de defender hasta dar la vida al presidente argentino, así se vieron obligados a hacerlo.

Otros la hacen trepar por encima de los 400. Muchos eran niños. Una bomba de media tonelada le dio de lleno a un troley repleto de colegiales de un primario estatal, porque no se concebía otra cosa, las blancas palomitas de los discursos docentes y lugares comunes a destajo, que habían ido a visitar la Catedral y el mausoleo donde supuestamente está guardado el hereje masón don Francisco José de San Martín, pomposamente bautizado el Padre de la Patria siempre a la hora de las formalidades, la pompa y lo espectacular, meta garrote e intolerancia cuando se van las visitas molestas. El grueso mármol que desde entonces tapiza la fachada del Ministerio de Economía, sobre Hipólito Yrigoyen, quedó como cariado de viruela, pero a fuerza de las ráfagas de las ametralladoras pesadas que en las alas llevaban los aviones livianos y que lo encararon de frente, en un lugar donde el supuesto blanco patriótico no podía estar jamás y que le saca la careta para siempre a las proclamas de entonces y las justificaciones que hasta hoy se escuchan.

Siempre se dijo que el objetivo era matar a Juan Domingo Perón en su segundo mandato constitucional que flameaba por la crisis económica y las internitas, más una oposición visceral, enconada, resentida y multiplicado su resentimiento por el practicado desde todas las bocas de expendio por entonces oficiales. La otra especie que circuló que más allá de la fallida puntería que dio más por los alrededores y civiles que en el despacho oficial que da a la esquina nororiental de la vieja mole, fue que el que lo salvó con el tiempo justo fue el entonces embajador de Estados Unidos de Norteamérica con un líder de la Tercera Posición que había bajado notoriamente el copete, recibido al hermano del presidente Eisenhower y ya firmado los contratos petroleros con la California Co. Otra especie que circuló hasta abulonarse en el imaginario colectivo era que en el asiento trasero de copiloto de uno de los Gloster iba el muy paquete doctor Miguel Angel Zavala Ortiz, quien llegará a ser el canciller del efímero y endeble gobierno del cordobés Arturo Illia a quien lo tumbaría una confabulación militar con el apoyo de la cúpula sindical peronista y echado del despacho presidencial por la Guardia de Infantería usada para apalear al descontento universitario que poblaba las calles, y que tuvo que retirarse con tanta soledad y patetismo que lo hizo en un taxi que se animó a cargarlo en la calle, a la altura de la explanada de Rivadavia. Antes, entre los empujones, sin ser MacArthur, el doctor Zavala Ortiz, que había ocupado el cargo siempre reservado a los más pulcros representantes de los intereses dominantes, con el aliento en la nuca de los pertinaces polizontes, había alzando un puño amenazante y proclamado con el estilo radical tan característico: «¡Volveremos!». Sucedería, por cierto. A uno le zamarrearían el bote con un golpe económico después de haber bailado con la más fea al encarar la postración los derechos humanos y atreverse a sentar en el banquillo de los acusados a la cúpula militar genoicida y al otro lo tuvieron que sacar en helicóptero porque si no hubiera incapaz de volver solo, hasta se hubiera extraviado, con un país postrado y en llamas.


El General salió ileso. Pasado el chubasco, arrestado el cabecilla, un contralmirante de apellido Olivieri y rendido el Ministerio de Marina, por entonces muy cerca de la Dársena Norte, desde donde habían mantenido fuego de fusilería constante y su jefe, volado la cabeza de un tiro antes de entregarse, la multitud enardecida que por todos los medios se había ido acercando y convertido en un enjambre a la histórica plaza y sus alrededores, desde el famoso balcón, el carismático líder comenzó su alocución de manera histórica: «Compañeros, los últimos aviones pasaron huyendo», dijo entre un ulular incesante en relación a los Gloster que habían buscado refugio en Uruguay, por entonces un reducto de los contreras a los que luego se rebautizaría gorilas. Y agregó, sin saber que estaba escupiendo al cielo: «Sólo los cobardes huyen». Tres meses después no habría tanta improvisación ni arrrebatos por ganarse de mano y él mandaría a su comandante Franklin Lucero a rendir la plaza, anunciarlo por cadena nacional, y se embarcaría en una chatarra, en un despojo paraguayo llamado cañonera que apenas si flotaba y estaba en reparaciones en un muelle del Dock Sud. Fueron días nublados y lluviosos. Sobre el horizonte del río que es llamado río por mandato del imperio inglés se recortaba la flota de mar al mando almirante Isaac F. Rojas, dispuesto a volar las destilerías y, con ellas, a toda la ciudad, si hubiera sido necesario, como ya lo había probado practicando tiro al blanco con las de Mar del Plata, a la pasada. Al ser trasbordado a un todavía más choto hidroavión, el fuerte oleaje casi termina con el hasta entonces invencible hombre fuerte en el fondo marrón y fangoso. Su destino inmediato fue la Asunción de su muy amigo y protegido, el Colorado Stroessner, siniestro personaje que se mantendría cuatro décadas a sangre y fuego en el gobierno, luego seguiría por la Venezuela de un Pérez Giménez que no tardaría en tener un fin similar, seguiría por una Panamá con las mismas rengueras, haría todavía otra estación en la Santo Domingo del más que siniestro Trujillo, que ya había inaugurado el método de chupar gente con los llamados Escarabajitos de Volkswagen, todo a cargo de un coronel croata que se haría muy amigo de la pareja, sobre de la tercera esposa, una bailadora flamenca oriunda de La Rioja, espiritista, para terminar anclando con gran residencia propia en el Madrid del generalísimo Franco, quien nunca lo invitó ni siquiera a tomar un café.

En aquel aciago discurso de un día mucho más que aciago, porque desde Guernica, durante la Guerra Civil Española, a cargo de la aviación nazi, no se bombardeaba a una ciudad abierta, considera un leso crimen de guerra, El General también a su cargo agregar, al poquito tiempo, como coletazo entre la ira y la impotencia, el famoso «por cada uno de los nuestros van a caer cinco de ellos», que luego resucitará la tétrica fórmula matemática de «cinco por uno, no va a quedar ninguno» de los '70 que en realidad fue como 100 x 1, pero al revés, y aquel día también «a la Marina la vamos a correr con los bomberos, compañeros», reinvindicando la metodología de su camarada de armas, el Zorro Roca, para aplicar las ínfulas separatistas de los genoveses boquenses que izaron una bandera propia, se proclamaron república independiente y el primer acto de gobierno fue entregársela al rey Vittorio Emanuele.


En la desconcentración hubo premonitoria zona blanca. En un episodio también poco claro, donde lo poco concreto es que se vio trabajar a profesionales en la materia, nada más, buena parte de la desconcentración encaró para el Barrio Norte con todo el propósito de colgar oligarcas y contreras, pero en el camino arrasó iglesias porque la cúpula estaba decididamente en contra, sobre todo con un dichoso divorcio que duró horas, y se la emprendió con imágenes veneradas, incendio de reclinatorios, confesionarios y banderas papales, una hordalía que quería responder de manera multiplicada a la famosa procesión de Corpus Christie del 11 de junio anterior, donde con el crucifijo a la cabeza y los dedos en V, por Cristo Vence, quería el santo y seña de todos los antiperonistas del más diversos pelajes, había puesto de manifiesto que ya la cosa se venía con todo y que iba a ser a sangre y fuego. Muy curiosamente, y para nada delirante la asociación, dado su origen de clase y el neto cuño gorila de sus familias, van a ser los montoneros como agrupación masiva, en expresiones callejeras, y la JP de la Tendencia, lo que años después reivindicarán el gesto manual con el significado Perón Vence.

En los sótanos de la muy cheta Iglesia del Pilar, con el acompañamiento rítmico de las manos sobre los muebles, el impecable arreglo coral de uno de los Gómez Carrillo y las voces de la casa, se grabará la Marcha de la Libertad, objetivamente de muy buena factura, para contrarrestar la murguera carnestolenda de La Marchita que había grabado Hugo del Carril, repetida hasta el hartazgo en honor del Primer Trabajador y «combatiendo al capital».

En la plaza la gente había reclamado a gritos el fusilamiento de los responsables, el paredón que inauguraría un Rojas de permanentes anteojos negros por su fotofobia y que los zaparrastrosos cubanos institucionalizarían al emprender con la primer revolución a fondo del continente, tranformándose en un hueso indigesto para la ya primer potencia del mundo, casi en sus propias barbas, a menos de 150 kms. de la todavía no tan esplendorosa Miami, que llegará a ser el estiercolero de lujo de todos lo noveaux riches del sur del Río Bravo, empezando por prominentes seguidores del General.

No hubo tales penas capitales. Los principales jefes marinos fueron condenados a cadena perpetua que duraría unos pocos meses y se desmanteló a la Infantería de Marina y a la Base Punta de Indio. La flamígera verborrea del líder para calmar a los suyos, la real mano blanda para tratar de detener lo que ya era imposible de detener, desembocó en otro impase que tendría sucesivas repeticiones, masacres e indefiniciones.

La respuesta popular, sin activistas profesionales ni presiones mediáticas, había sido impresionante, como también lo serían en los días grises de setiembre de ese año, cuando los obreros, en las puertas de los sindicatos, esperaron las armas prometidas que nunca llegaron. A partir del mediodía, sobre todo en las líneas férreas del sur, las formaciones estaban sepultadas con un mar de gente trepado a las locomotoras, en los techos y rebalsando las subidas y los paragolpes. Haciendo flamear banderas argentinas y ropa, mostraban por qué les decían Los Descamisados: a pesar del frío invernal, iban en cuero, la cara al viento, gritando con fiereza y sin cesar «¡La vida por Perón! ¡La vida por Perón!».

Para muchos sería algo más que una mera consigna. Pagarían con la propia un no muy claro amontonamiento de ideas que propuganaba justicia social, que le había dado participación política real a los trabajadores, un mucho más equitativo reparto del PBI, cantidad de escuelas y hospitales, pero un despilfarro demagógico, blandengue, a la hora de sentar la infraestructura de un país para su despegue industrial y no perder el tren de la historia.

Quienes a pesar de nuestra niñez fuimos pasivos testigos de aquellas jornadas, podemos afirmar que la gente salió a pelear y lo hizo con todo lo que tenía: lo puesto y unas monedas en el bolsillo. Estaban con Perón. Carecían de estructura y organización políca, ni hablar de entrenamiento militar, pero fueron a la plaza, a donde caían las bombas, a la primera línea de fuego para defender no sabían cómo lo que consideraban que era de ellos por derecho propio. Un amigo de mi padre, convencido peronista, al que una de las últimas pasadas de los aviones agarró como a tantos otros en Avenida de Mayo y Perú, teniendo que buscar refugio en las galerías y las entradas de los edificios, contaba de ese espectáculo inédito en un país que a veces cesa de excesivamente candoroso, como la de un muchacho de traza indudablemente pobre y provinciano, que al ver cómo se habrían las compuertas y salía la bomba, comentaba:
«¡Mirá! ¡Mirá! Están tirando paquetito e'ierba», porque en el aire era eso lo que parecían, paquetes de Salus o Nobleza Gaucha, sólo que al dar contra el suelo, lo ensordecedor de la explosión y la lluvia de esquirlas dejaba en el suelo un tendal de cuerpos desangrándose.

«Ay, patria mía», como dijeron tantos y la última fue Beatriz Guido, justamente autora de la novela El incendio y las vísperas, donde se intenta desde la literatura abordar lo que se resiste a ser comprendido por la razón. [AR]