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7.6.05

MURIO EDUARDO PEDRO ARCHETTI, (a) El Lali




SEGUIRA SIENDO EL CIENTIFICO SOCIAL MAS IMPORTANTE Y ORIGINAL DEL ULTIMO MEDIO SIGLO


El pasado domingo 5 de junio, en Oslo, capital del reino de Noruega, en cuya universidad era profesor full time de Antropología Social, bordeando los 60 años, como consecuencia de una tumoración maligna en el aparato intestinal, borgiana, cortazarianamente, falleció el santiagueño Eduardo Pedro El Lali Archetti, sociólogo de la UBA y licenciado en Ciencias Políticas en La Sorbona, el científico social argentino de mayor relieve y originalidad de las últimas décadas, particularmente por sus estudios sobre la masculinidad y los códigos de honor en el tango y los cantitos de las tribunas futuboleras. (Para ver una bibliografía más o menos completa deste autor hacer clic en el subrayado.) A fines del siglo pasado, en tren de remozarse y quitarse las tradicionales jinetas que la han orlado y deshonrado, la Academia Nacional de Historia la emprendió con una nueva versión oficial de nuestro pasado. Fue cuando el miembro Tulio Halperin Donghi propuso que se añadiera al deporte como disciplina fundamental y fundante en nuestra vida cotidiana, materia prima de la macrohistoria y también poseedor de una historia y de una cronología propia, como le adjudica Pierre Bordieu. No recibió elogios, precisamente. A tal punto la resistencia de los atávicos que puso como condición que se aceptara la propuesta innovadora bajo apercibimiento de presentar su renuncia indeclinable. Ahí sí, una vez conseguida la aprobación a regañadientes por la incursión del olor a traspiración y trementina en claustros tan sagrados como vetustos, el académico no dudó en proponer también quién, a su juicio, tenía que ser el autor de ese material primero y fundamental. A Archetti lo sorprendió mal parado la nominación: -Por un lado, no se puede negar, uno se siente orgulloso -confesó a los más cercanos en una de las visitas periódicas a Buenos Aires-. Pero por otro también es cierto que me hizo sentir un poco cadáver, que me empezaban a salir las telarañas y me convertían en fósil, ya con ese olor del zumo viejo de los claustros, cuando todavía creo puedo vivir un poco más. En el encuentro personal con Halperín, quiso saber los motivos que había tenido éste para señarlo de esa forma: -Nunca voy a olvidar, doctor, el examen que rindió cuando fue alumno de mi cátedra. Me llamó la atención no sólo los conocimientos, sino su visión de la historia para alguien que quería ser sociólogo. Y le soy muy sincero: he seguido su carrera, artículo a artículo, paper a paper, en Europa, y no sólo vi que aquella no era una simple impresión. No puede ser otro el que tenga que hacer este trabajo. Nacido en Santiago del Estero capital, el único hijo varón de un médico patriarcal y caudillesco del partido de Alem, El Lali se licenció en sociología en la UBA, donde también integró la selección nacional de fútbol como marcador lateral derecho. Desde muy chico, a despecho del cariño intransferible por el pago natal, el padre había sido muy concreto con respecto al futuro que le podía esperar en esa provincia (mejor ni hablar, por más mistol, aloja y chacareras que se le pusiera), incluso hasta Buenos Aires podía resultarle estrecha, a alguien que ya mostraba inclinaciones tan decididas: Francia fue el destino anunciado. En 1968, más encima con toda la cobertura de un amor juvenil como compañía, se fue a un París revuelto e incandescente, a estudiar Ciencias Políticas. No regresaría nunca más. Se quedó afincado en el Viejo y Primer Mundo para siempre. Pero como peso muerto de su historia personal le quedaría una tonada provinciana que no lo abandonó hasta el último día, el cariño infantil por el Estudiantes de su pago natal y su adscripción posterior a River Plate, a las gallinas, en una doble militancia que sería materia de más de una profunda reflexión en la edad madura y duplicidad insalvable que adjudicó a la vigencia de que nacional, en la Argentina que no es otra cosa que un gran partido de fútbol, es la hegemonía a rajatabla de la que Atahualpa Yupanqui calificara de Ciudad Gringa y que él -en el para quien escribe esta nota, es de lejos su mejor y más logrado trabajo- la motejara a Buenos Aires como la Capital de la República de la Pampa Húmeda. El Puerto Unico, en otras palabras, y su matizada variedad de patios traseros. En París fue donde conoció a la espigada y muy hermosa Kristi Anne Stolen, una antropóloga noruega, hija de exportadores de bacalao y nacida en una islita paradisíaca en medio de uno de los tantos fiordos del norte de la península escandinava, donde el mar gris y frío es más frío y gris y la noche larga es más noche y más larga. Resulta imposible acceder realmente a la intimidad de pareja alguna, pero no sería nada raro que El Lali haya transado jugar de visitante, incorporarse a la Universidad de Oslo donde ella ya era docente y llegaría hasta la actualidad a uno de los puestos académicos más altos y jerarquizados, a cambio de preservarse a todo trance su cotos privados de caza, la materia de todas sus preocupaciones, tanto inmediatas y pasionales como reflexivas: el fútbol y el tango. Las mujeres de todas las latitudes suelen hacer gala de mayores aptitudes para la concesión. Porque para alguien proveniente de un origen cultural tan disímil, la sola mención de ambos; es más, no ya el fútbol, que goza en esos niveles sociales y latitudes de la peor de las consideraciones, sino el deporte todo, como buena intelectual ortodoxa, le tuvo siempre un rechazo visceral. De la pareja nacieron dos hijos: Alexandra y Cristopher. Ella sigue siendo bailarina profesional de tango; el querubín llegó a ser campeón juvenil europeo en varias especialidades de las Olimpíadas de Invierno. Lo que se hereda no se hurta y no figura en las bibliotecas. Mientras que en Europa no tardó en ser incorporado al Gran Slam de las ciencias sociales, no habiendo prácticamente congreso, simposio o encuentro que no lo contara como invitado, en Argentina su consideración prácticamente nunca salió de un pequeño grupo, salvo el último tiempo, cuando su ya comentada incoporación a la historiografía oficial y la publicación en castellano de su obra más ambiciosa, de mayor envergadura, como es Masculinidades. Fútbol, tango y polo en la Argentina, editada en castellano en el 2003, fueron registrados en los muy sensibles scanners de los que no dejan pasar novedad que suene a importante. Se quedarían en las enunciaciones, por supuesto. Porque la versión primera fue en inglés, cuatro años antes, a cargo de la Berg, de Oxford, Gran Bretaña. (Ver datos más precisos en también cliqueando el subrayado.) Sobre este particular hay hechos que la ortodoxia considera extraculturales o extracientíficos, periodísticamente de cotillón o, lisa y llanamente, alcagüeterías. Bien, metamos las manos en la KK. El Lali yiró y fue amablemente maltratado por las principales editoriales de Buenos Aires, tanto las genuinamente nacionales como las meras sucursales de las multinacionales hispánicas. Todas, sin decírselo explícitamente, por el contrario, con el cabronismo de sacárselo de encima llenándolo de elogios y poniéndolo en los cielos, el tema era interesantísimo, su tratamiento reoriginal muchísimo más, todo un hallazgo, pero ellos no viven de posteridad y a la gente la gusta Paulo Coelho, le dijeron lisa y llanamente que eso no le iba a interesar a nadie, salvo a los desocupados mentales que huronean por esos arrabales pintorescos del conocimiento humano como pueden ser la antropología social y cultural y otros retortijones vecinos. Los ingleses leyeron los originales, para variar no consideraron lo mismo que los súbditos de su ex colonia y lo sacaron en una edición de semilujo, con tapas duras y encuadernación cosida, a la antigua. El conocimiento de lo humano no tiene nacionalidades ni límites y los problemas del dichoso Dios Mercado se balancean. Siempre entendieron que lo deportivo es sumamente importante, máxime cuando la versión moderna de algo cuyo origen, función y finalidad social todavía no está clara, tuvo su origen entre ellos, justamente con los albores del capitalismo industrial y lo diseminaron de la mano de la masonería. Y si todavía eso traía el aditivo del tango, algo que los tiene entre lo fascinante, la atracción y una comprensión parecida a la egiptología, warm welcome, sir. Cuando aquí por fin alguien se dio por enterado, se produjo un fenómeno curioso: hubo que traducirlo del original inglés. Archetti contó que se había negado a reescribir su propia obra en castellano. La tonada santiagueña no la iba a perder jamás, pero sí el dominio de la lengua de Cervantes y todo lo que eso significa. Ya hacía mucho tiempo que por trabajo y convivencia cotidiana, no solamente en Oslo, donde también hablaba el noruego, no sólo escribía en este otro idioma sino que por lo tanto pensaba en inglés al haber convertido a la de Shakespeare en su segunda lengua materna, mientras que la de Cervantes se le había vuelto cada vez más esquiva y era en la otra donde se sentía más cómodo para desarrollar el pensamiento y el conocimiento. Esta transculturalización, en alguien de semejante lucidez y pensamiento crítico, sin dramatismos, no dejaba de ser un dilema y , para colmo, tenía una encarnación bien terrena, entrañable, familiar. Su padre, fallecido joven, quien le había aconsejado que para gente como él, en un país sin destino cierto, no podía ser otro que la France de los años esplendorosos de la oligarquía y manteca tirada al techo, se opone a una madre, en este momento casi nonagenaria, quien sola sigue resistiendo, a todo trance, en medio de la decrepitud de la muy vieja, cada vez más decadente y nunca muy próspera Santiago del Estero. ¿Abandonar el pago? Ni insinuarlo. Ahí está toda su vida y todo lo que ha logrado que fuera suyo. En las postrimerías del siglo pasado, cuando ya las bondades de la Segunda Década Infame boqueaban, El Lali visitó por última vez su provincia justamente para ver a la madre y volvió con tal depresión que se juramentó no volverla a pisar, cosa que cumplió a rajatabla: -Es intolerable ver tanto derrumbe -dijo en alguna sobremesa-. Y que a uno no le sirva ni cultura ni libros para explicar esa lacra que es el juarismo. La pobre señora, muy entera, nada de achaques de su edad, por amor al único varoncito aceptó el sacrificio de tener que entrar a bajar a Buenos Aires para verse y para nada disfrutar la dicha de las humedades y la polución sonora y ambiental cada vez que El Lali recalaba por trabajo o rebañaba unas vacaciones cortas, personales. La obra intelectual de Archetti da formalmente comienzo, para nosotros, cuando ya llevaba una década larga en Europa de publicaciones varias y trabajos de campo para organismos internacionales tanto en Africa como en América Central. Fue Kristi la que se dejó caer por Argentina para una investigación de campo en las muy peculiares poblaciones rurales del Chaco santafesino que solamente saben descubrir los europeos y la que a la vuelta encaró muy seriamente a su marido en torno a la negativa de éste con la problemática de la cultura de su país, a la que encontraba riquísima y que él había mamado. Lo creía un contrasentido y la persuasión hizo que hasta lo que en ese momento habían sido mecanismos de negación, encarar el dolor de revolver lo que él creía haber dejado atrás y enterrado para siempre sin mayores pompas ni lágrimas. En 1984 aparece Ethos & Fútbol, un paper que en versión mimeografiada se convirtió inmediatamente en TXT obligatorio para los alumnos de antropología de la UBA. Esa primera mirada va a determinar la originalidad y creatividad de Archetti: ni asomos tanto del pernicioso populismo de toda laya como del academicismo críptico de casi todos sus colegas en todas las especialidades, que muchas veces inconcientemente y otras no tanto, narcisísticamente se escriben para ellos mismos, para demostrar cuánto han leído y discuten la discusión de la discusión, en bodoques tan aburridos que no pasan de ser compilaciones de la última bibliografía de moda. En el caso argentino, para colmo, una forma más del cipayismo y del neocolonialismo. El gusto futbolero, la conformación tanto de la identidad individual como social, en ese entretejido de mitos, ritos y símbolos, una alquimia tan decisiva en lo masculino como imposible de controlar y de dominar aparece como una constante de semejante permanencia que se puede cambiar de mujer, de pago, de partido político, de profesión y hasta del objeto de preferencia del deseo sexual, pero no de equipo de fútbol. Por lo menos no hasta entonces, ya que la anomia y la disolución de la posmodernidad no amenazaba llegar hasta tanto. Además por encima de otras diferencias culturales, que separan los terrenos para compartir, entre los hombres de cualquier pelaje es terreno común casi obligado en cualquier latitud que contiene como unión hasta los enfrentamientos más agrios y disputas no siempre teóricas. Varios trabajos más, en revistas culturales porteñas y latinoamericanas, como algunas de Ecuador y México, lo fueron aproximando, fue una especie de entrenamiento y de movimientos de approach, para por fin esperar un año sabático, cargar unos pocos petates, conseguir que un viejo compañero de facultad le prestase un departamento en el Barrio Norte, y durante todo 1994, a rigurosas ocho horas diarias, con un alto intermedio para un té y una traviatta con jamón, llegar a un récord no exactamente deportivo, pero también deportivo y difícil que haya algún otro que se lo equipare: leerse de pe a pa, desde que salió hasta el último número, avisos comerciales incluso, toda la colección de El Gráfico. En la Editorial Atlántida de los Vigil, por supuesto, no lo dejaron entrar. No era periodista de la casa, menos que menos periodista, y eso es propiedad privada. Los intelectuales con sus devaneos que vayan a joder a otro lado. Marcado a fuego por la generación a la que pertenecía, tomaba notas a mano, en un cuaderno escolar y a la noche, después de una ducha, pasaba todo en limpio a la PC. Un trabajo de hormiga, de traspirar la camiseta por toda la cancha. Si no fuera por los resultados que aparecieron después, el trajín tuvo bastante de aquellos récords en serie sobre cualquier cosa que se intentaban batir bajo el primer peronismo y demostrar que no había nadie mejor en el mundo, tratara de lo que se tratase. El Lali, sin embargo, bastante jadeante, dio pruebas acabadas de haber quedado al borde de un estropicio: -Juro solemnemente que jamás en mi vida volveré a leer una crónica deportiva -fue la primera y única conclusión en lo personal, cerrada la última tapa y en lo demacrado del rostro todo el cansancio. La perspectiva que le daba su nuevo afianzamiento y morada como que le hizo doler las falencias de nuestro nativo burgo salvaje, como hizo a uno de sus personajes Marco Bellochio. Al poco tiempo de haber comenzado el trato personal, terminamos con otros del mismo rubro en un bolichón bastante infame del Abasto, cuando todavía ni planes del shopping casi obsceno que lo ha reemplazado. Entre busecas, minestrones y algún guiso carrero, todo rociado con urticante vino de la casa, la conversación terminó recayendo en un raro consenso unánime entre argentinos que se precien de tales: el bache intolerable, imposible de rellenar por más entusiasmo y delirios que se pusiera, que significaba carecer de una historia social del fútbol nacional. En la rueda estaba Héctor Palomino, que venía de terminar un trabajo colectivo sobre la AFA, que todavía circulaba en printings con impresoras de matriz de puntos y que mucho después se convertiría en libros, y los balances que se hacían era lo imprescindible para semejante tarea de un equipo multidisplinario, años de trabajo haciendo buceo en el polvillo de ignotas publicaciones circunstanciales, rastrear el origen de clase, sociocultural y demás de cada club, torneo, los entrecruces con las políticas regionales y nacionales. La ansiedad que nos ganaba a todos frente a semejante perspectiva quimérica, utópica, desubicada como pickle en torta de novia, era el total convencimiento compartido que el fútbol por esencia conforma una vía de acceso al conocimiento general de lo histórico del mismo calibre que lo económico, político o cultural en el sentido restringido más usado de este término, y que encima, por sus particularidades, permitiría a asomarse a ámbitos riquísimos, inabordables desde otros accesos. Al Lali le hubieran sobrado méritos como para haber sido una de las cabezas para intentar esa tarea, entre la aventura y la travesura, sin contar la trascendencia y el dejo amargo que es tener conciencia de pertenecer a un país que no sólo le interesa bien poco conocerse, sino negar en todo lo que puede su pasado. En algunos momentos muy precisos, ocasionales, espontáneos, era fácil apreciar que esto era algo que a Archetti le dolía muy hondamente, sobre todo a él, más que nadie, por la inevitable comparación diaria del lugar donde vivía y el ambiente en que se movía. En una época donde todo se tiende a homologar, donde es a diario cada vez más notoria la macdonalización, la banalización de la cultura, como dijo el francés Christian Bromberger cuando estuvo acá de visita, a un promedio de cuando mucho diez asistentes por conferencia, a Archetti el grueso de sus colegas lo sobajearon lo suficiente para que supiera que ser original y creativo tiene su precio. Sobre todo porque los demás lo aprecian, lo valoran, lo sopesan, y se vuelve notorio, aunque no se nombre, lo intrascendente y mediocres que resultan los otros. La elaboración de Estilo y virtudes masculinas en El Gráfico, la creación del imaginario del fútbol argentino es algo que en honor al autor y a la materia que trata se puede calificar de trabajo hecho por deporte. Claro que en la vieja acepción del término, cuando lo lúdico y el amauterismo de los sportman eran tabúes inviolables. Cuando todavía se pretendía revivir lo esculpido como friso en el templo de Zeus: el triunfo en la porfía no puede ser sino acorde con lo bello y, por lo tanto, con lo justo. El contrapunto entre los discursos de Borocotó y Jorge Luis Borges para extraer como una filigrana los dos arquetipos argentinos por excelencia, como son el compadrito y el hincha, no sólo debe ser elogiable por los méritos del autor. De lejos, es mucho más: era necesario culturalmente contar con algo así. En medio de algún que otro vapuleo, al autor de esta nota ahora desgraciadamente devenida en necrológica, le tocó leer una de las versiones del borrador y estar obligado a dar una opinión, sí o sí, ni itentar zafar con comentarios de circunstancias. -No te lo van a perdonar nunca, Lali -se le dijo sin anestesia-. Los futboleros, ilustrados o no ilustrados, mucho peor los progres populistas, jamás van a admitir que venga otra racionalidad que les demuestre que ellos son una mera parte del circo y no los hacedores, la fuente de toda razón y justicia. Sé que no te es alentador pero preparate para lo peor: creo que te van a bombear a muerte. Ahora puede ser que uno tenga la mirada teñida por lo que se está inmerso, pero quiero saber tu opinión sobre algo que realmente me empezó a picar desde que lo empecé a leer: ¿es impresión mía o entre el compadrito de Georgie y el hincha del uruguayo no queda una rendija para el perfil exacto del barrabrava como herededero legítimo, como el arquetipo vigente y sintetizador de todo lo otro? Sonrió franca e infantilmente orgulloso: -Es correcto lo que dices. Pero es un trabajo que no me corresponde a mí. -Quedás en deuda, en todo caso. No me invites a hablar o a escribir sobre esto porque te lo digo en público. -Y yo también te voy a contestar en público lo que pienso. Lo mío llega hasta aquí. Ahora ya está. Nunca más. Desde el domingo biológica y legalmente comprobado, pero en los hechos desde un tiempo antes por la convalescencia que preludió el final. Las mesas nunca han tenido dos patas y el tríptico es el número cabalístico por excelencia. La deuda ha quedado pendiente. Como también un sillón vacío en el Gran Slam de las ciencias sociales del primer mundo. Los archettitos hace rato que tenían listo el traje negro bien planchado y como en las redacciones de los diarios y las agencias internacionales, las necrológicas de las personalidades de renombre están escritas desde mucho antes de que se pesquen un resfrío. The show must begin. Pero lo que natura non da las ciencias sociales non prestan. Por encima de cualquier consideración, El Lali supo contar no sólo con un talento creador en la configuración genética original, que de hecho se mejora con una buena formación académica y experiencia personales, pero ese tipo de materia prima no se consigue en las mejores casas del ramo, sino con una dramática historia personal que le permitió vislumbrar y reelaborar críticamente, justamente desde la distancia, un sesgo para nada desdeñable del ser argentino. Como Borges, como Cortázar, ese alejamiento, todo ese extrañamiento, en vez de vaciarlo y tratar de rellenarlo con elementos de otro origen, le sirvieron para intentar comprender el drama de su lugar de origen y con un laceramiento que en los últimos tiempos parece habérselo vuelto hasta somatizable. Por eso, nunca nada de pirotecnica cultural ni biliotecas completas en la lengua central de moda como bibliografía. Hay una tarea sin cumplir y un lugar que ha quedado vacío. Sobran los motivos para creer que ambos son tan irreversibles como lo que sucedió en Oslo el pasado domingo 5, cuando por fin había empezado a asomar un poco de sol y se estaba viniendo el verano. La desarticulación, anomia y disolución creciente llevan a pensar, sin bolas de cristal mediante, que una obra medularmente singular como la de Eduardo Pedro Archetti, (a) El Lali, como la de tantos otros va a quedar ahí, cerrada, y cada tanto, recurrible para una fotografía de época superada, dejada atrás, como son las citas bibliográficas en todos estos intelectuales que modestamente todos los días se sientan a escribir no sólo el libro que explique el devenir humano y la cultura milenaria, si no a culminarla y dejar para el resto la enjundiosa tarea de adorarlos por el resto de los siglos. La paradoja de este santiagueño que se fue tan lejos es que a larga lo terminó haciendo para estar más cerca, «con toda su tierra adentro», como en la zamba del Cuchi y el Barbudo Castilla. [AR]